El Volga, el río más largo de Europa, es el eje histórico de Rusia. A lo largo de sus 3.500 kilómetros se ensartan algunas de las ciudades más importantes del país, y por sus aguas circularon durante siglos el comercio, los ejércitos y las oleadas de colonización hacia el sur y el este. Los rusos lo llaman cariñosamente Volga-mátushka, el Volga madrecita.
En sus orillas convivieron pueblos muy distintos: eslavos, tártaros, chuvasios, mordovos, alemanes del Volga invitados por Catalina la Grande. Fue escenario de las grandes rebeliones campesinas y cosacas —las de Stenka Razin y Pugachov— y, en el siglo XX, de la industrialización soviética y de las presas que lo convirtieron en una cadena de embalses. Entender el Volga es entender cómo Rusia se expandió desde su núcleo hacia el sur y hacia Asia.
Kazán, hoy capital de la república de Tartaristán, fue la capital de un poderoso kanato tártaro, heredero de la Horda de Oro y de tradición musulmana. Su conquista por Iván el Terrible en 1552 fue un momento decisivo: marcó el paso de Rusia de reino a imperio multiétnico y abrió la puerta a la expansión hacia el Volga bajo, los Urales y Siberia. Para celebrarla se levantó la catedral de San Basilio en Moscú.
Desde entonces, tártaros musulmanes y rusos ortodoxos conviven en la región, no sin tensiones a lo largo de los siglos. Hoy Kazán es uno de los grandes símbolos de la Rusia plural: en su kremlin blanco, declarado Patrimonio de la Humanidad, se alzan juntas la mezquita Kul Sharif —reconstruida en 2005— y una catedral ortodoxa, imagen del equilibrio, siempre delicado, entre las dos culturas.
Fundada en 1221 en la confluencia del Volga y el Oká, Nizhni Nóvgorod fue durante siglos la gran plaza comercial del interior ruso. Su feria anual, la Makárievskaya, era la mayor del imperio: un punto de encuentro entre los productos de Europa y los de Asia, que hizo célebre a la ciudad en todo el mundo comercial del siglo XIX.
En la época soviética cambió de nombre —se llamó Gorki, en honor al escritor Máximo Gorki, nacido allí— y se convirtió en un centro industrial y militar cerrado a los extranjeros; a esta ciudad fue desterrado el disidente y físico Andréi Sájarov. Recuperó su nombre histórico con el fin de la URSS. Su kremlin de ladrillo rojo, asomado sobre el Volga, sigue siendo uno de los grandes miradores del río.
Volgogrado se llamó Stalingrado entre 1925 y 1961, y ese nombre está grabado en la historia mundial. Entre agosto de 1942 y febrero de 1943 se libró aquí la batalla de Stalingrado, uno de los combates más sangrientos jamás librados: la ciudad quedó reducida a escombros en una lucha calle por calle, y allí el ejército alemán sufrió su primera gran derrota y el 6.º Ejército fue rodeado y aniquilado.
Stalingrado fue el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental: a partir de ahí, la iniciativa pasó al Ejército Rojo, que ya no dejaría de avanzar hasta Berlín. El costo humano de la batalla se cuenta en cerca de dos millones de bajas entre ambos bandos y los civiles. Hoy la ciudad está dominada por la colosal estatua de la Madre Patria en la colina Mamáyev Kurgán, uno de los grandes memoriales de la guerra.
En el extremo sur, sobre el mar Negro y al pie del Cáucaso, Sochi es la excepción climática de Rusia: un rincón subtropical de palmeras y playas, protegido de los vientos fríos por las montañas. Se hizo famosa en la época soviética como la gran ciudad-balneario del país, destino de los sanatorios y vacaciones de los trabajadores, y residencia de veraneo de los líderes del Kremlin, incluido Stalin.
Esta región del sur, ya en el borde del Cáucaso, tiene una historia compleja: en el siglo XIX fue tierra de los circasianos, pueblo que sufrió la expulsión y la limpieza étnica tras la conquista rusa del Cáucaso, un episodio que hoy se recuerda como una tragedia. En 2014 Sochi acogió los Juegos Olímpicos de invierno, la gran vidriera internacional de la Rusia de Putin, con las montañas nevadas de Krasnaya Poliana a pocos kilómetros de la costa cálida.