Ekaterimburgo no nació de una aldea ni de un monasterio, como tantas ciudades rusas, sino de una decisión industrial. A comienzos del siglo XVIII, Pedro el Grande necesitaba hierro y cobre para sus guerras y su marina, y los montes Urales, la larga cadena que separa Europa de Asia, estaban repletos de mineral. En 1720 el zar envió a la región a Vasili Tatíschev, un estadista ilustrado, para organizar la minería y la metalurgia. Tatíschev eligió un punto a orillas del río Iset y propuso levantar allí una gran fábrica siderúrgica.
La obra clave fue una represa —la que hoy los habitantes llaman con cariño la Plotinka— cuya construcción se completó en 1723 bajo la dirección de otro personaje decisivo: Wilhelm de Gennin, un ingeniero de origen alemán al servicio de Rusia. El agua embalsada del Iset daba fuerza motriz a los martillos y fuelles de la planta. Aquella fábrica amurallada, con sus talleres, sus obreros y su guarnición, fue el germen de la ciudad. Se la bautizó Ekaterinburgo en honor a la emperatriz Catalina I (Ekaterina), esposa de Pedro el Grande, y a la vez bajo la advocación de santa Catalina, patrona de la minería.
Durante todo el siglo XVIII y XIX, Ekaterimburgo fue el corazón del imperio metalúrgico de los Urales: hierro, cobre, oro, piedras semipreciosas y malaquita salían de sus minas y talleres. Por aquí pasaba además el gran camino de Siberia, la ruta terrestre que unía la Rusia europea con el vasto oriente, y por él marchaban también los presos y desterrados camino de los penales siberianos. La ciudad se convirtió en una encrucijada entre dos mundos, la puerta de Asia.
Pocas ciudades tienen una geografía tan cargada de símbolo como Ekaterimburgo. Los montes Urales son la divisoria clásica entre Europa y Asia, y la ciudad se asienta justo en su vertiente oriental, a un paso de esa línea imaginaria. Para los rusos, cruzar los Urales siempre significó algo: dejar atrás la Rusia europea y adentrarse en la inmensidad siberiana, once husos horarios de bosques, estepas y ríos hasta el Pacífico.
Esa condición de umbral quedó marcada en el paisaje. En 1837, cuando el futuro zar Alejandro II recorrió el país siendo heredero, acompañado por su tutor, el poeta Vasili Zhukovski, se erigió cerca de la ciudad el primer obelisco que señalaba la frontera entre los dos continentes. Con los años se sucedieron distintas versiones del hito —una de mármol coronada por un águila dorada, destruida tras la Revolución; otra de granito en 1926— y hoy varios monumentos jalonan la divisoria. El más visitado, a unos 17 kilómetros del centro, se ha convertido en un rito para los viajeros, que se paran a horcajadas de la línea con un pie en Europa y otro en Asia.
El empujón definitivo al crecimiento de la ciudad llegó a comienzos del siglo XX con el ferrocarril Transiberiano, la colosal línea férrea que desde 1891 empezó a tender los rieles que unirían Moscú con el Pacífico. Ekaterimburgo quedó en su trazado, y con el tren llegaron la industria moderna, los bancos, el comercio y una burguesía próspera que llenó el centro de mansiones. Cuando estalló la Revolución de 1917, era ya una ciudad pujante de los Urales… y estaba a punto de entrar en la historia por la puerta más trágica.
El episodio que dio a Ekaterimburgo un lugar imborrable en la historia ocurrió en el verano de 1918, en plena guerra civil rusa. Tras la Revolución de febrero de 1917 y la abdicación del zar Nicolás II, la familia imperial —el zar, su esposa Alejandra, sus cuatro hijas Olga, Tatiana, María y Anastasia, y el zarévich Alexis, un niño enfermo de hemofilia— fue sometida a arresto y trasladada de un lugar a otro. En abril de 1918 los bolcheviques los llevaron a Ekaterimburgo y los encerraron en una casa requisada a un ingeniero llamado Nikolái Ipátiev, la que se conocería como la casa Ipátiev, rebautizada con siniestra frialdad 'casa de destino especial'.
En la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918, con las tropas anticomunistas (los 'blancos') y la Legión Checa acercándose a la ciudad, y por temor a que la familia fuese liberada y se convirtiera en bandera de la contrarrevolución, el sóviet local ordenó la ejecución. Nicolás II, su mujer, sus cinco hijos y cuatro sirvientes fueron bajados al sótano con el pretexto de una fotografía y allí fusilados y rematados. Fue el final brutal de la dinastía Románov, que había reinado en Rusia durante más de tres siglos.
Los cuerpos fueron trasladados a las afueras, a un paraje boscoso llamado Ganina Yama, donde los verdugos intentaron destruirlos y ocultarlos en el pozo de una vieja mina; después los enterraron en un lugar cercano, Porosiónkov Log. Durante décadas el paradero exacto de los restos fue un secreto. Solo tras la caída de la URSS, en 1991 y de nuevo en 2007, se hallaron y se identificaron mediante pruebas de ADN. La Iglesia ortodoxa rusa canonizó a la familia en el año 2000. Hoy, sobre el solar de la casa Ipátiev se alza la Iglesia sobre la Sangre Derramada, y en Ganina Yama, un monasterio con siete capillas de madera, una por cada víctima de la familia. El tratamiento de esta memoria es sobrio y devoto: es un lugar de duelo, no un espectáculo.
En 1924, apenas seis años después de los fusilamientos, la ciudad fue rebautizada Sverdlovsk en honor a Yákov Sverdlov, un dirigente bolchevique de primera hora que había estado implicado, desde Moscú, en la orden sobre la suerte de los Romanov. Con ese nombre, la ciudad vivió su época de mayor transformación. Los planes quinquenales de Stalin la convirtieron en una de las grandes potencias industriales de la URSS: se levantó Uralmash, una colosal fábrica de maquinaria pesada rodeada de un barrio obrero entero, y la ciudad se llenó de arquitectura constructivista, la vanguardia soviética de los años veinte y treinta, con edificios geométricos y experimentales que aún hoy la distinguen.
Durante la Segunda Guerra Mundial, con el frente amenazando el occidente del país, cientos de fábricas y millones de personas fueron evacuadas hacia el este, y Sverdlovsk, a resguardo tras los Urales, se convirtió en un arsenal decisivo de la Unión Soviética: aquí se fabricaban tanques, cañones y municiones que alimentaron el esfuerzo de guerra. Esa vocación militar la marcó también en la Guerra Fría, cuando pasó a ser una 'ciudad cerrada', prohibida a los extranjeros durante cuarenta años por sus fábricas de armamento y sus instalaciones secretas.
Dos episodios de aquella época atravesaron la ciudad. En 1960, un avión espía estadounidense U-2, pilotado por Francis Gary Powers, fue derribado por un misil soviético en los cielos de Sverdlovsk mientras fotografiaba instalaciones militares; el piloto sobrevivió y fue capturado, y el incidente hizo estallar una crisis diplomática en plena Guerra Fría. Y en 1979, un escape accidental de esporas de ántrax de una instalación militar de armas biológicas causó decenas de muertes, un desastre que la URSS ocultó durante años. Sverdlovsk era, a la vez, orgullo industrial y secreto de Estado.
De esta ciudad salió una de las figuras clave del final de la URSS: Borís Yeltsin, nacido en la región y formado como ingeniero en Sverdlovsk, donde hizo carrera en el Partido Comunista antes de dar el salto a Moscú. Fue precisamente Yeltsin quien, como jefe local del partido, recibió en 1977 la orden del Politburó de demoler la casa Ipátiev para evitar que se convirtiera en lugar de peregrinación monárquica; años después, en sus memorias, escribiría que 'tarde o temprano nos avergonzaremos de esta pieza de barbarie'. Yeltsin llegaría a ser el primer presidente de la Rusia postsoviética, y hoy la ciudad le dedica el moderno Centro Yeltsin, uno de los museos más ambiciosos del país.
Con la caída de la Unión Soviética, en 1991 la ciudad recuperó su nombre histórico: volvió a llamarse Ekaterimburgo (la provincia, en cambio, sigue llamándose Sverdlovsk). Los años noventa fueron duros, como en toda Rusia —crisis, mafias, industria en ruinas—, pero desde comienzos del siglo XXI Ekaterimburgo resurgió como la gran metrópolis del centro del país: rascacielos de vidrio como el Vysotsky, un aeropuerto internacional, universidades, una vida cultural intensa y una escena joven de arte, música y cafés.
Hoy Ekaterimburgo es la cuarta ciudad de Rusia y una de las más dinámicas fuera de las dos capitales. Convive en ella todo su pasado en capas: la fábrica fundacional junto a la Plotinka, las mansiones de la burguesía del cambio de siglo, la vanguardia constructivista, la memoria imperial de los Romanov y el pulso contemporáneo de una ciudad que mira al futuro. Como el obelisco que la marca, sigue siendo un lugar de frontera: entre Europa y Asia, entre la Rusia industrial y la nueva, entre la historia y el presente. Conviene recordar, además, que se visita en un contexto delicado: desde 2022, la guerra en Ucrania y las sanciones internacionales condicionan el viaje a Rusia, y entender su pasado ayuda a mirar con más profundidad lo que hoy se ve a orillas del Iset.