En la llanura del Terai, cerca de la frontera con la India, un jardín cambió la historia espiritual de Asia. Allí, en Lumbini, hacia el siglo VI o V a. C., la reina Maya Devi dio a luz a Siddhartha Gautama, hijo del señor del clan shakya de Kapilavastu. Ese niño se convertiría en el Buda, y el lugar de su nacimiento es hoy uno de los cuatro grandes sitios sagrados del budismo y Patrimonio de la Humanidad.
El centro del recinto es el templo de Maya Devi, que protege una losa de piedra —la 'piedra del marcador'— que señalaría el punto exacto del nacimiento, junto a los cimientos de estructuras antiguas y a la balsa sagrada, la Puskarni, donde según la tradición la reina se purificó antes de dar a luz. A su lado se alza el testimonio más valioso: la columna que el emperador Ashoka mandó erigir en el 249 a. C., cuya inscripción declara que 'aquí nació el Buda', la prueba escrita más antigua que identifica el lugar.
Ese pilar, olvidado durante siglos, fue redescubierto en 1896 y permitió confirmar la ubicación de Lumbini. Cerca de allí, en Tilaurakot, se sitúa la antigua Kapilavastu, la ciudad donde el príncipe Siddhartha pasó su juventud antes de renunciar a todo para buscar la iluminación. Todo el sur de esta región es, en cierto modo, el paisaje de la infancia de Buda.
Tras la desaparición del budismo del norte de la India en la Edad Media, Lumbini quedó abandonada durante casi mil años, tragada por la selva del Terai y perdida para el mundo. Su redescubrimiento en 1896, con el hallazgo de la columna de Ashoka por una expedición dirigida por el general Khadga Shumsher Rana y el arqueólogo Alois Anton Führer, devolvió el sitio a la memoria y a la peregrinación.
El gran impulso llegó en el siglo XX. La visita del secretario general de la ONU U Thant, budista birmano, en 1967, movilizó el apoyo internacional para restaurar el lugar. En 1978, el célebre arquitecto japonés Kenzo Tange diseñó un ambicioso plan maestro para Lumbini: un gran recinto sagrado organizado en torno a un canal, con la zona arqueológica al sur y una 'zona monástica' al norte donde países budistas de todo el mundo construirían sus propios templos.
Ese plan, aún en desarrollo, ha convertido a Lumbini en un lugar único: un jardín de la paz donde conviven monasterios de Tailandia, Myanmar, China, Japón, Corea, Sri Lanka, Vietnam, Alemania y muchos otros países, cada uno en su propio estilo, alrededor del sitio del nacimiento. Es a la vez yacimiento arqueológico, centro de peregrinación mundial y símbolo del budismo como religión global, en la Nepal que se enorgullece de ser su cuna.
El Terai es la franja de llanura tropical que Nepal comparte con la gran planicie del Ganges: tierras fértiles y planas, calurosas y húmedas, que hoy producen la mayor parte de los alimentos del país y concentran una parte enorme de su población. Nada más distinto de la imagen montañosa de Nepal, y sin embargo es una pieza esencial de su historia.
Durante siglos, buena parte del Terai fue una selva casi impenetrable, dominada por la malaria, que actuaba como una barrera natural: pocos forasteros se atrevían a cruzarla, lo que protegió a los reinos de las colinas de invasiones desde el sur. En esa selva vivía, adaptado a ella, el pueblo tharu, la población indígena del Terai, con una notable resistencia natural a la malaria y una cultura propia de aldeas de barro y arroz.
Todo cambió a mediados del siglo XX. Las campañas de erradicación de la malaria con DDT, en los años cincuenta y sesenta, abrieron la selva a la colonización: cientos de miles de habitantes de las colinas bajaron a roturar y cultivar el Terai, que se transformó en el granero de Nepal a costa de una deforestación masiva. Esa mezcla de tharus, colonos de las colinas y población de origen indio de la frontera —los madhesi— hizo del Terai la región más diversa y también una de las más tensas del país, escenario de fuertes reclamos políticos, como las protestas madhesi contra la constitución de 2015.
El valle interior de Chitwan, en el Terai central, fue durante generaciones el gran coto de caza de la realeza y la aristocracia de Nepal. Protegida por la malaria y reservada al placer de los Rana y los reyes, su selva albergaba una fauna extraordinaria. Allí se organizaban cacerías fastuosas: en las visitas de dignatarios extranjeros —como la del rey Jorge V de Gran Bretaña en 1911— se abatían decenas de tigres y rinocerontes en pocos días, montados en elefantes.
La apertura del Terai a la colonización a partir de los años cincuenta puso en peligro esa naturaleza. La tala y la caza furtiva redujeron drásticamente las poblaciones de rinoceronte de un cuerno y de tigre de Bengala, que estuvieron al borde de desaparecer. Ante la alarma, en 1973 el gobierno creó el Parque Nacional de Chitwan, el primero de Nepal, expulsando incluso a comunidades tharu de su interior para proteger la fauna, una decisión que todavía genera debate.
El esfuerzo dio frutos: Chitwan se convirtió en uno de los grandes éxitos de conservación de Asia y en 1984 fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Hoy protege una de las mayores poblaciones de rinoceronte de un cuerno del mundo, además de tigres, elefantes, gaviales y osos, y es el destino clásico de safari en Nepal. La misma selva que fue campo de caza de reyes es ahora un santuario donde esos animales, antes trofeos, son el mayor tesoro.
El Terai concentra hoy más de la mitad de la población de Nepal y buena parte de su producción agrícola e industrial, pero durante mucho tiempo se sintió tratado como una periferia por el poder centrado en las colinas y en el valle de Katmandú. Los madhesi —la población de las llanuras, muchos de ellos con lengua y cultura emparentadas con las del norte de la India— reclaman desde hace décadas mayor representación política, reconocimiento de sus lenguas y un reparto más justo del poder.
Esa tensión estalló con fuerza durante la elaboración de la constitución de 2015. Los partidos madhesi y otros grupos consideraron que el nuevo mapa de siete provincias y las reglas de ciudadanía y representación los perjudicaban, y protagonizaron protestas y un bloqueo de la frontera con la India que durante meses dejó a Nepal sin combustible ni medicinas. El episodio mostró hasta qué punto la integración plena del Terai sigue siendo una de las grandes cuestiones abiertas de la república.
La historia de esta región resume, en el fondo, la de todo el país: un Nepal que va de las cumbres heladas del Himalaya a la llanura tropical, de la cuna de Buda a los santuarios de rinocerontes, y que después de siglos de reinos, unificaciones y guerras todavía busca la manera de que todos sus pueblos —de la montaña y de la llanura— se sientan parte del mismo Estado.