El pueblo que da identidad a la región del Everest no es originario de Nepal, y su propio nombre lo dice: 'sherpa' significa, en tibetano, 'gente del este' (de shar, este, y pa, gente). Los sherpa descienden de emigrantes de Kham, en el este del Tíbet, que a partir de los siglos XV y XVI cruzaron el Himalaya por pasos de altura como el Nangpa La, a más de 5.700 metros, y se establecieron en los valles del Solu y el Khumbu, al pie del Everest.
En esas alturas extremas —muchas de sus aldeas están por encima de los 3.500 metros— desarrollaron una cultura adaptada al frío y a la escasez: el pastoreo de yaks, el cultivo de papa y cebada, y el comercio de sal y lana con el Tíbet a través de los pasos. Su religión es el budismo tibetano de la escuela nyingma, y su vida gira en torno a los monasterios y las montañas, que consideran sagradas. Al Everest lo llaman Chomolungma, 'diosa madre del mundo'.
Durante siglos, los sherpa fueron una comunidad remota de pastores y comerciantes de frontera. El siglo XX les cambió el destino por completo: la conquista del Everest convirtió a este pequeño pueblo de montaña en uno de los más conocidos del planeta, y su nombre, en sinónimo mundial de fortaleza en la altura.
La montaña más alta de la Tierra tuvo nombre local mucho antes de tener nombre en los mapas del mundo. Los sherpa y los tibetanos la llaman Chomolungma; en Nepal se la conoce oficialmente como Sagarmatha, un nombre en sánscrito acuñado en el siglo XX que suele traducirse como 'frente del cielo' o 'cabeza del mar'. El nombre con que la conoce el resto del planeta llegó de fuera.
En 1856, el Gran Levantamiento Trigonométrico de la India, un proyecto británico para medir el subcontinente, calculó que un pico del Himalaya al que llamaban provisionalmente 'Pico XV' era la mayor altura del mundo. En 1865, la Royal Geographical Society lo bautizó Everest en honor a George Everest, antiguo director del levantamiento, pese a que él mismo se opuso al homenaje. Las mediciones lo situaron cerca de los 8.848 metros, cifra que las tecnologías modernas han ido afinando.
Durante décadas, el Everest fue inaccesible: Nepal permanecía cerrado a los extranjeros bajo los Rana, y las primeras expediciones de los años veinte y treinta —incluida la de Mallory e Irvine, desaparecidos cerca de la cima en 1924— tuvieron que intentarlo por la cara tibetana. Solo cuando Nepal se abrió al mundo, a comienzos de los años cincuenta, quedó libre la ruta del sur, la que llevaría por fin a un ser humano a lo más alto del planeta.
El 29 de mayo de 1953, a las 11:30 de la mañana, dos hombres pisaron por primera vez la cumbre del Everest: el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay. Formaban parte de una gran expedición británica dirigida por el coronel John Hunt, que había forzado un paso por la peligrosa cascada de hielo del Khumbu y montado una cadena de campamentos hasta el Collado Sur. La noticia llegó a Londres justo a tiempo para anunciarse la mañana de la coronación de la reina Isabel II, el 2 de junio, y dio la vuelta al mundo.
Tenzing Norgay, nacido cerca de la región del Everest, era el sherpa más experimentado de su tiempo: llevaba seis intentos a la montaña desde los años treinta. Su figura, junto a la de Hillary, convirtió a los sherpa en protagonistas —y no meros porteadores— de la epopeya del Himalaya. Hillary fue nombrado caballero por la corona británica; Tenzing recibió la Medalla de Jorge. Ambos evitaron siempre decir quién de los dos había pisado primero la cima, en un gesto de compañerismo que se volvió legendario.
Hillary no olvidó a la gente que había hecho posible su hazaña. En las décadas siguientes dedicó buena parte de su vida a construir escuelas, hospitales y puentes en el Khumbu a través de su fundación, dejando una huella profunda en la región. La conquista del Everest abrió, además, la era del montañismo comercial que transformaría por completo la economía y la vida de los sherpa.
Desde 1953, escalar el Everest pasó de gesta excepcional a industria. Cada temporada, cientos de montañistas de todo el mundo pagan decenas de miles de dólares por intentar la cumbre, y de ellos vive hoy buena parte del Khumbu. Los sherpa son el motor invisible de ese negocio: fijan las cuerdas, instalan los campamentos, cargan el material a través de la cascada de hielo y guían a los clientes. Muchos han alcanzado la cima decenas de veces, marcas que ningún alpinista extranjero iguala.
Ese trabajo tiene un precio altísimo. Los sherpa asumen la parte más peligrosa de cada expedición, cruzando una y otra vez las zonas más letales de la montaña. En abril de 2014, una avalancha en la cascada de hielo del Khumbu mató a dieciséis trabajadores sherpa, la mayor tragedia en la historia del Everest hasta entonces, y desató protestas y un debate sobre las condiciones y los seguros de estos trabajadores. Un año después, en 2015, el terremoto provocó una avalancha que arrasó el campo base y causó otra veintena de muertos.
El montañismo sacó a muchos sherpa de la pobreza y creó una clase de guías respetados y relativamente prósperos, pero también los expuso a un riesgo desproporcionado y a las tensiones de una montaña cada vez más masificada. La imagen de largas colas de escaladores cerca de la cumbre, en la llamada 'zona de la muerte', resume las contradicciones de convertir el techo del mundo en un destino comercial.
Más allá del Everest, la región del Khumbu es un mundo budista de monasterios, banderas de oración y aldeas de piedra colgadas de la montaña. El monasterio de Tengboche, a casi 3.900 metros, es el centro espiritual de los sherpa y uno de los balcones más bellos frente al Everest; su fiesta anual del Mani Rimdu, con danzas de máscaras, reúne a las comunidades del valle. Todo el macizo está protegido desde 1976 por el Parque Nacional de Sagarmatha, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Algo apartado del camino clásico al campo base se abre el valle de Gokyo, una alternativa más tranquila y para muchos más hermosa: una escalera de lagos glaciares de un turquesa intenso al pie del gigantesco glaciar Ngozumpa, el mayor del Himalaya nepalí, coronada por el mirador del Gokyo Ri, con vistas sobre cuatro ochomiles. Es uno de los paisajes de alta montaña más espectaculares de Nepal.
Esos mismos lagos y glaciares son hoy un termómetro del cambio climático. El calentamiento está haciendo retroceder los hielos del Himalaya y formando lagos de deshielo cada vez más grandes y peligrosos, que amenazan con desbordarse de golpe sobre los valles de abajo, un fenómeno conocido como avenida por rotura de lago glaciar. La región que fue escenario de la mayor conquista del montañismo se ha convertido, sin buscarlo, en una de las primeras líneas visibles de la crisis climática mundial.