La historia moderna del Annapurna empieza con una de las grandes hazañas del alpinismo. En la primavera de 1950, una expedición francesa dirigida por Maurice Herzog, con Louis Lachenal, Lionel Terray y Gaston Rébuffat entre sus miembros, logró coronar el Annapurna I, de 8.091 metros. Fue la primera montaña de más de ocho mil metros escalada por el ser humano, tres años antes de la conquista del Everest. Y se hizo casi a ciegas: los mapas de la región eran tan malos que buena parte de la expedición se gastó solo en encontrar la montaña y una vía de acceso.
El triunfo tuvo un precio terrible. En el descenso, Herzog y Lachenal sufrieron congelaciones espantosas por el frío y la altura; Herzog perdió casi todos los dedos de las manos y los pies. Su relato del ascenso, el libro 'Annapurna, primer 8.000', se convirtió en uno de los libros de montaña más leídos de la historia y llevó el nombre del Annapurna a todo el mundo. La montaña ganó además una fama sombría: el Annapurna I es, proporcionalmente, uno de los ochomiles más peligrosos y con mayor tasa de mortalidad para los escaladores.
Aquella expedición puso el macizo del Annapurna en el mapa del alpinismo mundial y, con él, toda la región que hoy recorre el circuito. Las montañas que los franceses apenas podían ubicar en 1950 se convertirían, pocas décadas después, en uno de los destinos de trekking más famosos del planeta. Pero el Annapurna que caminan los trekkers no es el de las cumbres imposibles, sino el de los valles, los pasos y los pueblos que rodean esos gigantes.
Mucho antes de que existiera nada parecido a un 'trek', los senderos que hoy recorren los caminantes eran rutas comerciales vivas, transitadas durante siglos por caravanas. La más importante seguía el valle del río Kali Gandaki, que corta el Himalaya entre los macizos del Annapurna y el Dhaulagiri formando uno de los desfiladeros más profundos del mundo. Ese corredor natural era uno de los pocos pasos practicables a través de la gran cordillera, y por él circulaba un comercio intenso entre las llanuras de la India y la meseta del Tíbet.
El producto estrella era la sal. Del Tíbet bajaban la sal y la lana; de la India subían los granos, el arroz, las especias y las manufacturas. Cargadas a lomos de yaks, mulas y cabras, las caravanas recorrían el valle en largas jornadas, deteniéndose en los pueblos que hoy son etapas del circuito. De ese comercio se hicieron ricos y famosos los thakali, el pueblo del alto Kali Gandaki (de la zona de Marpha, Tukche, Jomsom), que controlaban el tráfico, regentaban posadas y desarrollaron una cultura comerciante refinada, con su célebre cocina.
Ese pasado de caravanas explica muchos de los pueblos que jalonan la ruta: Kagbeni, con su aire medieval; Marpha, con sus casas blancas y sus manzanos; los monasterios y los muros de piedras grabadas con mantras. Cuando se camina por el valle del Kali Gandaki, azotado por el viento de la tarde, se sigue, en realidad, una de las grandes rutas comerciales del Himalaya, un camino que conecta mundos desde hace siglos. El trekking no inventó estos senderos: los heredó.
El Circuito del Annapurna es tan famoso por sus montañas como por su gente. La ruta atraviesa los territorios de varios pueblos de las montañas centrales de Nepal, cada uno con su lengua, su religión y su forma de vida, y esa diversidad humana es una de las claves de la experiencia. En las laderas bajas y templadas de la vertiente sur viven sobre todo los gurung y los magar, agricultores de las terrazas y pastores, pueblos de raíces tibeto-birmanas que combinan el hinduismo, el budismo y creencias chamánicas. De sus aldeas salieron muchos de los legendarios soldados gurkha.
A medida que se sube hacia el norte, hacia Manang, el paisaje humano cambia junto con el natural. En el valle alto viven los manangi (o manangba), un pueblo de cultura tibetana y budista, tradicionalmente comerciantes y viajeros, cuyos pueblos de piedra, monasterios y chortens dan a la vertiente norte su inconfundible aire semitibetano. Más al oeste, en el valle del Kali Gandaki, están los thakali, y hacia el norte se abre el Mustang, el antiguo reino budista de cultura tibetana.
En pocos días de caminata, el circuito atraviesa así un mosaico de culturas que refleja la enorme diversidad de Nepal: del hinduismo de las tierras bajas al budismo tibetano de las alturas, con todas las mezclas intermedias. Los templos y las gompas, las fiestas, la comida, la arquitectura y hasta los cultivos van cambiando etapa a etapa. Para el trekker, dormir en las teahouses de estos pueblos y tratar con su gente —hospitalaria, curtida por la dureza de la montaña— es tan memorable como las propias cumbres.
El trekking por el circuito que rodea el Annapurna se popularizó a partir de los años setenta del siglo XX, cuando Nepal se abrió de lleno al turismo internacional y Pokhara se consolidó como la base de la aventura himalaya. Los senderos de las viejas rutas comerciales, las teahouses de los pueblos y la posibilidad de rodear a pie un macizo de ochomiles atrajeron a un número creciente de caminantes de todo el mundo, y el Circuito del Annapurna se ganó pronto la fama de ser uno de los mejores treks del planeta por su diversidad de paisajes y culturas.
Ese éxito trajo también problemas: deforestación por la demanda de leña, basura, presión sobre los recursos y sobre las comunidades locales. Para hacer frente a todo ello, en 1986 se creó el Área de Conservación del Annapurna (Annapurna Conservation Area Project, ACAP), gestionada por una fundación nepalí. A diferencia de un parque nacional clásico, el ACAP integró a las comunidades locales en la conservación: parte de los ingresos de los permisos de los trekkers se reinvierte en las aldeas (escuelas, salud, energía, gestión de la basura) y en proteger el entorno. Se convirtió en un modelo pionero de turismo y conservación, y es hoy la mayor zona protegida de Nepal.
Ese permiso ACAP que todo trekker debe sacar no es, por tanto, un simple trámite: es la herramienta con la que la región intenta equilibrar el turismo con la protección de la naturaleza y el bienestar de sus habitantes. Junto con las normas de guías y permisos, forma parte del esfuerzo por que el gran trek siga siendo posible sin destruir aquello que lo hace único.
El Circuito del Annapurna guarda también capítulos sombríos que recuerdan la seriedad de la alta montaña. El más trágico ocurrió en octubre de 2014, cuando una tormenta de nieve inesperada, provocada por los restos de un ciclón, azotó la zona del paso de Thorong La en plena temporada alta de trekking. Decenas de personas, entre trekkers y guías y porteadores nepalíes, murieron atrapadas por la ventisca y las avalanchas o por hipotermia y mal de altura. Fue el peor desastre de trekking de la historia de Nepal, y llevó a mejorar los sistemas de alerta meteorológica y de gestión de los pasos. Es un recordatorio de que el Thorong La, por muy transitado que esté, es un paso de más de 5.400 metros que nunca debe cruzarse con mal tiempo.
El otro gran cambio de las últimas décadas ha sido, paradójicamente, el desarrollo: la llegada de carreteras de tierra a buena parte del circuito. Hoy los vehículos llegan valle arriba hasta Chame o Manang por el lado este, y hasta Muktinath y Jomsom por el oeste, lo que ha transformado el trek. Por un lado, ha restado encanto y soledad a algunos tramos bajos, antes puramente peatonales y ahora recorridos por jeeps; por otro, ha acortado el circuito y lo ha hecho accesible a más gente, que usa el transporte para saltarse las etapas motorizadas y concentrarse en la parte alta y el paso.
A pesar de todo, el corazón del circuito —el cruce del Thorong La, la travesía entre el Annapurna y el Dhaulagiri, los pueblos de montaña, la diversidad de paisajes y culturas— sigue intacto y sigue mereciendo su fama. La reciente obligatoriedad de ir con guía registrado busca aumentar la seguridad y repartir mejor los beneficios del turismo. El Circuito del Annapurna del siglo XXI es distinto del de los años setenta, más regulado y con carreteras, pero continúa siendo lo que siempre fue: una de las grandes travesías a pie del mundo, un viaje inolvidable alrededor de uno de los macizos más impresionantes del Himalaya.