La Valeta no existiría sin el Gran Asedio de 1565. La península rocosa del monte Sciberras, entre los dos puertos naturales de Malta, había sido durante el sitio el punto que los otomanos usaron para bombardear a los caballeros. La lección quedó grabada: quien controlaba esa lengua de tierra controlaba el Gran Puerto. El 28 de marzo de 1566, apenas seis meses después de la victoria, el Gran Maestre Jean de la Valette colocó la primera piedra de una ciudad nueva que llevaría su nombre.
La Valeta fue una de las primeras ciudades planificadas de Europa según los criterios del urbanismo renacentista: una cuadrícula regular trazada sobre la roca, pensada para el drenaje, la ventilación y, sobre todo, la defensa. El ingeniero militar Francesco Laparelli, enviado por el papa, diseñó las murallas colosales; su ayudante maltés, Girolamo Cassar, dirigió buena parte de los edificios. La Valette no llegó a verla terminada: murió en 1568 y está enterrado en la ciudad que fundó.
El monumento que resume el poder de la Orden es la Concatedral de San Juan, terminada en 1577. Su fachada es sobria, casi militar; el interior es una explosión barroca de oro, mármol y pintura. El piso está cubierto por cerca de 400 lápidas de mármol policromado bajo las que descansan los caballeros más ilustres, cada una con su escudo y su divisa.
En el oratorio cuelga la única obra que Caravaggio firmó: 'La decapitación de San Juan Bautista' (1608), su lienzo más grande y una cumbre de la pintura occidental. El pintor lombardo había huido de Roma acusado de homicidio y fue admitido como caballero en Malta, pero pronto se vio envuelto en otra reyerta violenta, fue encarcelado, escapó y terminó expulsado de la Orden 'como un miembro podrido'. Su breve y turbulento paso dejó a Malta dos obras maestras.
Antes de La Valeta, el centro de la Orden estuvo en la orilla opuesta del Gran Puerto, en las llamadas Tres Ciudades: Birgu, Senglea y Cospicua. Birgu fue la primera base de los caballeros al llegar en 1530, y allí levantaron el fuerte San Ángel, que fue el puesto de mando de La Valette durante el Gran Asedio. Por su papel en la resistencia de 1565, Birgu recibió el título de Città Vittoriosa (Vittoriosa) y Senglea el de Città Invicta.
Estas ciudades, más antiguas y más humildes que la capital, guardan el trazado medieval, los astilleros y la memoria naval de Malta. Durante el período británico, el Gran Puerto que rodean fue el corazón de la base de la Marina Real, y por eso mismo un blanco preferente de los bombardeos del Eje en la Segunda Guerra, que las dejaron muy dañadas. Hoy conservan una atmósfera de puerto histórico, con la marina de Vittoriosa a los pies de las murallas.
Todo en esta región gira en torno al Grand Harbour, el fondeadero natural profundo que explica por qué tantos imperios quisieron Malta. Fenicios, romanos, caballeros y británicos lo usaron como base naval; su geografía de calas y penínsulas permitía resguardar y defender flotas enteras. Bajo dominio británico se llenó de diques secos, muelles y astilleros que emplearon a generaciones de malteses.
Esa dependencia tuvo su cara amarga: cuando la Marina Real reducía su presencia, el desempleo golpeaba de lleno a las familias del puerto. El cierre progresivo de la base tras la independencia, culminado en 1979, obligó a reconvertir la economía. Hoy el Gran Puerto combina el tráfico de cruceros, la náutica y el patrimonio, pero sigue siendo el escenario donde se lee, de un vistazo, la historia militar y marítima del país.
En 1980, la Unesco inscribió la ciudad de La Valeta como Patrimonio de la Humanidad, describiéndola como una de las zonas históricas más concentradas del mundo: 320 monumentos en apenas 55 hectáreas. Palacios de la Orden, auberges (las residencias de cada 'lengua' de caballeros), iglesias, jardines con vista al puerto y el Palacio del Gran Maestre, hoy sede de la Presidencia y del Parlamento durante mucho tiempo.
En 2018, La Valeta fue Capital Europea de la Cultura, un reconocimiento que impulsó la restauración de edificios y la apertura de espacios como la puerta de la ciudad y el Parlamento diseñados por Renzo Piano. La pequeña capital —una de las más chicas de Europa, con solo unos pocos miles de residentes— concentra así, en un puñado de calles, cinco siglos de historia maltesa que se pueden recorrer a pie en una tarde.