Hasta el siglo XIX, la costa que hoy ocupa Sliema era poco más que una zona de pesca y baño frente a La Valeta; su nombre viene de una antigua capilla dedicada a la Virgen ('Sliem għalik, Marija', el saludo del avemaría en maltés). Bajo el auge del período británico, las familias acomodadas de La Valeta empezaron a construir aquí casas de veraneo para escapar del calor y el bullicio de la capital.
Con el tiempo, Sliema se transformó en la cara moderna de Malta: paseo marítimo, comercios, cafés y torres de departamentos que miran, desde la otra orilla del puerto de Marsamxett, las murallas de La Valeta. Es el contrapunto perfecto de la capital histórica: donde una guarda cinco siglos de piedra, la otra muestra la Malta contemporánea, próspera y volcada al Mediterráneo.
Vecino de Sliema, San Julián (San Ġiljan) nació también como aldea de pescadores en torno a una bahía y una iglesia del siglo XVII. Su bahía de Spinola, con el antiguo palacio homónimo de los caballeros, conserva el aire del viejo puerto de pesca. Pero lo que hizo famoso a San Julián en las últimas décadas fue Paceville, el barrio que concentra la vida nocturna, los hoteles y los casinos, epicentro de la movida de la isla.
Esta zona resume la reconversión económica de Malta tras la independencia: del modelo dependiente de la base naval al del turismo masivo y los servicios. El crecimiento fue vertiginoso y no exento de tensiones, con un urbanismo intensivo que cambió por completo el perfil de la costa. Aquí se ve, en cemento y luces, la Malta que en pocas décadas pasó de colonia empobrecida a país europeo de servicios.
En el sureste de la isla, Marsaxlokk es el gran pueblo pesquero de Malta, y su nombre lo dice todo: del árabe 'marsa' (puerto) y 'xlokk' (el viento siroco del sureste). Su bahía se llena de luzzu, las barcas tradicionales pintadas de colores vivos, con un ojo de Osiris o de Horus dibujado en la proa —una herencia que se remonta a los fenicios— para proteger al pescador del mal.
La historia de Marsaxlokk tiene un capítulo mayor: fue en esta bahía donde, en diciembre de 1989, se celebró la Cumbre de Malta entre el presidente estadounidense George H. W. Bush y el líder soviético Mijaíl Gorbachov, el encuentro que suele señalarse como el fin simbólico de la Guerra Fría. Que ese momento histórico ocurriera frente a un pueblo de pescadores resume bien el destino de Malta: un lugar pequeño donde, por su posición, se cruzan las grandes corrientes del mundo.
El litoral de Malta fue durante siglos la línea de contacto —y de peligro— con el exterior. Las bahías que hoy son balnearios eran los puntos por donde podían desembarcar corsarios, invasores o flotas enemigas. Por eso los caballeros sembraron toda la costa de torres de vigilancia: las torres Wignacourt, De Redin y Lascaris, llamadas así por los grandes maestres que las mandaron construir en los siglos XVII y XVIII, formaban una cadena que permitía dar la alarma con fogatas de un extremo al otro de la isla.
Esa vocación defensiva convive hoy con la turística. Las mismas bahías que se fortificaban contra el siroco y el corsario son ahora el escaparate marítimo del país. Recorrer esta costa es leer, en torres y paseos, la doble condición de Malta: una isla que vivió mirando el mar con miedo y que hoy vive, sobre todo, de recibir a quienes llegan por él en son de paz.
Si el interior es la Malta de la tierra, esta costa es la Malta del mar y del comercio diario. El mercado dominical de pescado de Marsaxlokk, donde las capturas de la madrugada se venden junto a la bahía, es una tradición viva que conecta con milenios de historia pesquera. La dieta maltesa —el lampuki (dorado) de temporada, el pulpo, el conejo guisado— nació de esa relación estrecha con el mar y con una tierra escasa.
Esta franja litoral concentra hoy buena parte de la población y de la economía de Malta. Fue la primera en modernizarse bajo los británicos, la primera en abrirse al turismo y la que más rápido cambió con el ingreso a la Unión Europea. En sus mercados, paseos y bahías se percibe el pulso real del país: uno de los más densamente poblados del mundo, donde el pasado pesquero y el presente europeo conviven a pocos metros de distancia.