Hay países que tienen cordilleras enteras; Liechtenstein tiene, básicamente, un valle de montaña, y se llama Malbun. Al final de una carretera de curvas que trepa desde el valle del Rin, entre bosques y precipicios, la aldea aparece de golpe en un anfiteatro de cumbres a 1.600 metros de altura. Aquí está la única estación de esquí del principado, su mejor naturaleza y su fauna más salvaje. Para un país minúsculo y volcado a las finanzas y la industria, Malbun es el pulmón, el patio de recreo y el refugio: la montaña de todos.
La historia de Malbun es, en el fondo, la historia de cómo un remoto pasto de altura, usado durante siglos solo en verano por los ganaderos, se convirtió en el destino de vacaciones de un país entero. Es una historia corta —apenas unas décadas de turismo— pero muy reveladora, porque muestra el mismo salto que dio todo Liechtenstein en el siglo XX: de la economía de subsistencia a la prosperidad, del aislamiento a la conexión con el mundo.
Y es también la historia de un vínculo entrañable: el de la familia principesca con estas montañas. Los príncipes de Liechtenstein han esquiado, caminado y veraneado en Malbun como cualquier otra familia del país, y ese lazo, sencillo y genuino, forma parte del encanto de esta pequeña gran montaña.
Durante la mayor parte de su historia, Malbun no fue un pueblo, sino una 'alp': un pasto de altura al que se subía en verano. Estas alturas pertenecían —y pertenecen administrativamente— al municipio de Triesenberg, el pueblo fundado en el siglo XIII por los walser, aquellos colonos alpinos llegados del Valais suizo que se especializaron en vivir y trabajar donde nadie más lo hacía. Fueron ellos quienes, generación tras generación, subieron el ganado a los pastos de Malbun y del vecino Steg durante la estación cálida, aprovechando la hierba de altura antes de que la nieve lo cubriera todo.
Esa economía de trashumancia vertical —del valle a la montaña en verano, de la montaña al valle en invierno— fue la forma de vida de estas alturas durante siglos. Malbun era un lugar de cabañas de pastores, de vacas y de heno, no de hoteles ni de esquiadores. El invierno lo dejaba desierto y helado, incomunicado por la nieve. Nadie habría imaginado entonces que aquel valle apartado se convertiría en un centro turístico.
El paisaje que hoy admiran los senderistas —los pastos, los senderos, las cabañas— es, en buena parte, herencia de ese trabajo secular de los walser, que modelaron la montaña con su ganado y sus prados de siega. Malbun no es una montaña 'virgen' en sentido estricto, sino una montaña domesticada durante ochocientos años por una comunidad tenaz de pastores alpinos.
La transformación de Malbun llegó en el siglo XX, de la mano del auge del turismo de montaña y del enriquecimiento general de Liechtenstein. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el país pasó de la pobreza agrícola a la prosperidad, empezó a mirar sus montañas con otros ojos: no solo como pastos, sino como recurso turístico. En Malbun se construyeron, a partir sobre todo de la década de 1960, los primeros remontes, hoteles y servicios, y el viejo pasto de altura se convirtió en la estación de esquí del principado, la única del país.
La escala fue siempre modesta, acorde con el tamaño de Liechtenstein: unos pocos telesillas y telearrastres, unos kilómetros de pistas, un puñado de hoteles. La construcción y mejora de la carretera de montaña desde Vaduz, por Triesenberg y Steg, fue clave para hacer accesible el valle durante todo el año, incluido el invierno, cuando antes quedaba aislado por la nieve. Aquella conexión permitió que Malbun dejara de ser un pasto estacional y pasara a vivirse en las dos temporadas. Pero la escala reducida, lejos de ser un defecto, se convirtió en la marca de Malbun: una estación familiar, tranquila, accesible y sin masificación, donde aprendieron a esquiar generaciones enteras de liechtensteinianos. Pese a su tamaño ínfimo, el país llegó a producir esquiadores de élite: Hanni Wenzel, criada en este entorno, ganó medallas olímpicas de esquí alpino en 1980, un logro asombroso para una nación tan pequeña, y una prueba de lo enraizado que estaba el esquí en Malbun.
La familia principesca contribuyó a ese carácter cercano. Los príncipes de Liechtenstein han sido usuarios habituales de la montaña, y su vínculo con Malbun refuerza la imagen de un lugar donde la nieve es un patrimonio compartido por todo el país, del soberano al escolar. Malbun creció, pero nunca perdió esa escala humana.
El Malbun de hoy vive de dos estaciones. En invierno es la estación de esquí del país: pistas familiares, escuela de esquí, el Malbi-Park para los más chicos y un ambiente relajado que la distingue de los grandes centros alpinos. En verano se reinventa como destino de senderismo: el telesilla de Sareis sube a más de 2.000 metros, de donde parte el Fürstin-Gina-Weg —el sendero dedicado a la princesa Gina, madre del actual príncipe—, y por sus laderas se despliega una red de rutas para todos los niveles, desde paseos suaves hasta la ascensión al Augstenberg o la caminata a la Pfälzerhütte.
Esa Pfälzerhütte, el refugio de alta montaña sobre el Bettlerjoch, a más de 2.100 metros, es hoy uno de los grandes atractivos de Malbun y símbolo de su faceta alpina más pura: un lugar donde comer y dormir en plena montaña, punto de partida para ascender cumbres como el Naafkopf, donde se tocan las fronteras de Liechtenstein, Suiza y Austria. Malbun se ha consolidado, además, como un santuario de fauna alpina: íbices, gamuzas y marmotas habitan sus laderas y son uno de los alicientes del verano.
Más allá de las cifras y las temporadas, Malbun representa algo esencial para Liechtenstein: la prueba de que este país de banqueros, industriales y castillos es también, y quizás sobre todo, un país de montaña. En apenas tres cuartos de hora se pasa de los museos de Vaduz a los pastos de altura donde silban las marmotas y donde la familia principesca esquía como cualquier vecino. Esa cercanía entre lo cosmopolita y lo alpino, entre el franco suizo y el íbice, es el encanto último de Malbun, la montaña de todo un país.