Antes que ningún camino, ningún samurái y ningún onsen, Hakone fue fuego. Todo el paisaje que hoy encanta a los visitantes —las montañas boscosas, el valle humeante de Owakudani, el sereno lago Ashi— es obra de una historia volcánica de cientos de miles de años. El monte Hakone es en realidad un complejo volcánico que a lo largo de milenios formó grandes calderas al colapsar tras sucesivas erupciones.
La última gran transformación del paisaje ocurrió hace unos 3.000 años, cuando una violenta erupción provocó el derrumbe de parte de la montaña. El deslizamiento de tierra represó un río y dio origen al lago Ashi (Ashinoko), el lago que hoy es el símbolo de la zona. Esa misma actividad creó Owakudani, 'el gran valle hirviente', una zona donde todavía brotan fumarolas de vapor y gases sulfurosos, testimonio de que el volcán sigue vivo bajo la superficie.
Esa actividad geotérmica es también la fuente de la mayor riqueza de Hakone: sus aguas termales. El calor del volcán calienta las aguas subterráneas que emergen en decenas de manantiales de distinta composición mineral, y que serían, siglos más tarde, la base de su fama como destino de onsen. Hakone es, en el fondo, un regalo del volcán: peligroso y generoso a la vez, capaz de cerrar el teleférico por un aumento de gases y, al mismo tiempo, de ofrecer un baño termal reparador entre montañas.
La geografía convirtió a Hakone en un lugar de paso obligado. Las montañas que rodean el lago Ashi formaban una barrera natural entre la llanura de Kanto (al este, donde está Tokio) y el resto de Japón (al oeste, hacia Kioto). Cualquiera que viajara por tierra entre esas dos regiones tenía que cruzar el difícil paso de Hakone, un tramo empinado y a menudo peligroso.
Ese carácter de frontera natural le dio un aura espiritual temprana. En el año 757, según la tradición, se fundó el santuario de Hakone (Hakone-jinja) a orillas del lago, en un bosque de cedros. Durante siglos fue un lugar de culto y de protección para los viajeros, samuráis y peregrinos que se encomendaban a sus dioses antes de afrontar el paso de montaña. Su ubicación, entre el bosque y el agua, sigue transmitiendo esa mezcla de recogimiento y respeto por la naturaleza.
Con el tiempo, el paso de Hakone se integró en el Tokaido, la más importante de las cinco grandes rutas del Japón feudal, que unía Edo (la actual Tokio) con Kioto a lo largo de la costa. Miles de personas la recorrían: señores feudales con sus séquitos, comerciantes, mensajeros y peregrinos. Hakone era una de sus estaciones y uno de sus tramos más temidos por lo escarpado. Para dar sombra y orientación a los caminantes, en el siglo XVII se plantó una avenida de altos cedros a lo largo de la ruta, un tramo de la cual todavía sobrevive junto al lago.
Precisamente por ser un paso obligado, Hakone se convirtió en un punto clave del control político del shogunato Tokugawa. Hacia 1619, el gobierno instaló aquí uno de los puestos de control (sekisho) más importantes del país: una especie de aduana interior por la que debía pasar todo el que viajara por el Tokaido entre Edo y el oeste de Japón.
Este control tenía dos misiones muy concretas, resumidas en la frase japonesa 'deteppo ni irionna' ('armas que salen, mujeres que entran'). Por un lado, impedía la salida de armas de fuego hacia el oeste, que pudieran usarse contra el shogunato. Por otro —y sobre todo— vigilaba que no huyeran de Edo las esposas e hijas de los señores feudales (daimyo). Bajo el sistema del sankin-kotai, los daimyo debían residir por turnos en Edo y dejar allí a sus familias, que funcionaban en la práctica como rehenes que garantizaban su lealtad. Que una de esas mujeres escapara de la capital era una señal de rebelión, y el control de Hakone estaba para detectarlo.
El puesto contaba con guardias, registros minuciosos y castigos severos: intentar burlar el control o cruzar por la montaña para evitarlo podía costar la vida. Funcionó durante unos 250 años, hasta que el fin del shogunato y la modernización Meiji lo volvieron innecesario; se abolió en 1869. Hoy, una reconstrucción fiel a orillas del lago permite imaginar cómo era aquel filtro humano por el que pasó, durante dos siglos y medio, buena parte del tránsito de Japón.
Mucho antes de que llegaran los trenes, las aguas termales de Hakone ya atraían a viajeros cansados. Las 'siete aguas de Hakone' (Hakone Nanayu) —distintos manantiales termales de la zona— eran conocidas desde hacía siglos por sus supuestas virtudes curativas, y los caminantes del Tokaido aprovechaban el paso por Hakone para reponer fuerzas en sus baños. Poco a poco, alrededor de esos manantiales fueron surgiendo posadas termales (ryokan) que darían identidad al lugar.
El gran salto llegó con la modernización de los siglos XIX y XX. Tras la Restauración Meiji, la abolición de los controles feudales y la llegada del ferrocarril acercaron Hakone a Tokio y lo pusieron de moda entre las élites y luego entre el público general como lugar de veraneo y descanso. Un hito fue la apertura, en 1919, del tren de montaña Hakone Tozan, una proeza de ingeniería que trepaba la ladera con maniobras de zigzag y permitía subir cómodamente a las alturas de la zona termal.
A lo largo del siglo XX, la compañía ferroviaria Odakyu desarrolló el ingenioso circuito que hoy conocemos —tren de montaña, funicular, teleférico sobre Owakudani y barcos por el lago Ashi—, pensado para que el propio recorrido fuera una atracción, y creó el Hakone Free Pass para recorrerlo con comodidad. Se sumaron museos de arte al aire libre, complejos termales y decenas de ryokan de todos los niveles. Así, el viejo paso de montaña temido por los caminantes del Tokaido se transformó en el destino de escapada por excelencia de Tokio.
El Hakone actual forma parte del Parque Nacional Fuji-Hakone-Izu, uno de los más visitados de Japón, y recibe cada año a millones de personas, japonesas y extranjeras, que buscan lo mismo que buscaban los viajeros de hace siglos: descanso, aguas termales y paisajes de montaña, con el añadido del monte Fuji asomando en el horizonte. A pocas horas de Tokio, es la escapada clásica de fin de semana y una parada muy habitual en los itinerarios de quienes recorren Japón por primera vez.
A su tradición termal, el siglo XX y XXI le sumaron una faceta cultural sorprendente: Hakone es hoy una especie de gran museo al aire libre, con el pionero Open-Air Museum de esculturas, el Pola Museum of Art y sus impresionistas, el museo del vidrio veneciano y muchos más, todos aprovechando el entorno natural. Esa combinación de naturaleza, onsen y arte es poco habitual y explica buena parte de su encanto.
Pero Hakone no olvida que vive sobre un volcán. Los episodios de mayor actividad en Owakudani, que en algunos años obligaron a cerrar temporalmente el teleférico y el acceso al valle por el aumento de gases, recuerdan que el fuego que creó este paisaje sigue latente bajo la superficie. Esa tensión entre la calma del baño termal y la energía del volcán es, en el fondo, la esencia de Hakone: un lugar donde la tierra, generosa y temible a la vez, regala aguas que curan y vapores que hay que respetar.