El propio nombre lo dice todo: Ladakh viene de una expresión de raíz tibetana que suele traducirse como 'la tierra de los pasos altos' o 'la tierra de los puertos de montaña'. Encajada a más de 3.000 metros entre las cordilleras del Himalaya, el Karakórum y el Zanskar, esta región desértica y helada parece hecha para el aislamiento. Y sin embargo, durante siglos fue todo lo contrario: un cruce de caminos por el que pasaban las caravanas de la Ruta de la Seda, cargadas de sal, lana de pashmina, té, seda, especias y turquesas, en su viaje entre India, Cachemira, el Tíbet y el Asia Central.
Los primeros pobladores de estos valles fueron pueblos de origen dárdico y mon, agricultores y pastores que aprovechaban las estrechas franjas fértiles a orillas del Indo para cultivar cebada y criar ganado. En los primeros siglos de nuestra era, la región recibió la influencia del budismo que florecía en Cachemira y en el imperio Kushán, y quedaron grabados en las rocas del valle antiguos petroglifos y estupas. Ladakh se convirtió así, temprano, en una tierra budista en el filo del mundo indio.
A partir del siglo VII y VIII, la historia de Ladakh quedó atada a la del Tíbet. El gran imperio tibetano se expandió por la región, y con él llegaron la lengua, la escritura y, sobre todo, el budismo tibetano que define hasta hoy la identidad ladakhí. Cuando ese imperio se derrumbó en el siglo IX, un descendiente de la casa real tibetana huyó hacia el oeste y fundó dinastías en los reinos del Himalaya occidental. De esa raíz nacería, con el tiempo, el reino independiente de Ladakh.
Durante la Edad Media, Ladakh fue un reino budista independiente, gobernado por distintas dinastías que fueron consolidando un territorio propio con capital en distintos puntos del valle del Indo. Fue una época de gran actividad religiosa: se fundaron y ampliaron los grandes monasterios (gompas) que todavía dominan el paisaje, como Lamayuru, Alchi —célebre por sus frescos de estilo cachemir, de los más antiguos y bellos del budismo del Himalaya— o Hemis. Los monasterios no eran solo centros de culto: eran también focos de poder económico, cultural y político, ligados a las órdenes del budismo tibetano.
La dinastía que dio a Ladakh su época de mayor esplendor fue la Namgyal, que tomó el poder a comienzos del siglo XVI. El rey Tashi Namgyal y, sobre todo, su sucesor Sengge Namgyal —conocido como 'el rey león'— llevaron el reino a su apogeo en el siglo XVII. Sengge Namgyal fue un gran constructor: levantó el imponente Palacio de Leh, una mole de nueve pisos inspirada en el Potala de Lhasa que todavía corona la ciudad, y patrocinó la refundación de monasterios como Hemis, que se volvió el más rico y poderoso de la región.
El reino de Ladakh vivía del comercio de caravanas y mantenía una delicada relación con sus vecinos: el Tíbet, con el que compartía religión y cultura, y los reinos musulmanes de Cachemira y de Baltistán, al oeste. Esa posición de bisagra entre mundos —budista y musulmán, indio y centroasiático— marcó su carácter y, a la larga, también su vulnerabilidad.
El apogeo de Ladakh no estuvo exento de conflictos. A fines del siglo XVII, el reino se vio arrastrado a una guerra con el Tíbet, entonces bajo la influencia del poderoso Quinto Dalái Lama y de sus aliados mongoles. El detonante fue, en parte, religioso y político: disputas por el control de monasterios y por el apoyo que Ladakh había dado a órdenes budistas rivales. Entre 1679 y 1684, un ejército tibetano-mongol invadió Ladakh y llegó a sitiar la zona de Leh.
Acorralado, el rey de Ladakh pidió ayuda a un aliado inesperado: el gobernador mogol de Cachemira, que envió tropas a cambio de concesiones. Con esa ayuda, Ladakh logró resistir y frenar la invasión. El conflicto se cerró con el Tratado de Tingmosgang, hacia 1684, que fijó las fronteras entre Ladakh y el Tíbet, reguló el comercio —incluido el lucrativo intercambio de lana de pashmina, materia prima de los famosos chales de Cachemira— y estableció una relación tributaria y ceremonial con Lhasa.
Aquel arreglo mantuvo a Ladakh como reino budista semiindependiente, pero también dejó claras sus debilidades: un territorio pequeño, poco poblado y encajonado entre potencias mucho mayores. A cambio de la ayuda mogol, además, se aceptaron ciertas obligaciones hacia Cachemira, como la construcción de una mezquita en Leh. Ese equilibrio precario entre el Tíbet budista y la Cachemira musulmana se sostuvo, con altibajos, durante siglo y medio, hasta que una nueva potencia llegó desde el sur.
El golpe definitivo a la independencia de Ladakh no vino ni del Tíbet ni de Cachemira, sino del reino dogra de Jammu, en las estribaciones del Himalaya, que a comienzos del siglo XIX se expandía con fuerza bajo la órbita del imperio sij del Panyab. En 1834, el gobernante dogra Gulab Singh envió a su general más audaz, Zorawar Singh, a conquistar Ladakh. Al frente de un ejército curtido en la montaña, Zorawar Singh cruzó los pasos, derrotó a las fuerzas ladakhíes en varias campañas y, hacia 1842, sometió definitivamente el reino.
La dinastía Namgyal fue destronada y reducida a una posición simbólica, con una residencia en el palacio de Stok, cerca de Leh, donde sus descendientes conservaron un título honorífico sin poder real. Zorawar Singh, envalentonado, siguió avanzando y llegó incluso a invadir el oeste del Tíbet, pero murió en 1841 en una batalla desastrosa en pleno invierno del altiplano. El enfrentamiento con el Tíbet terminó con un tratado que confirmó las fronteras tradicionales y el dominio dogra sobre Ladakh.
Pocos años después, tras las guerras entre los británicos y el imperio sij, el Tratado de Amritsar de 1846 consagró la creación del gran estado principesco de Jammu y Cachemira bajo la dinastía dogra, aliada del imperio británico. Ladakh, junto con Baltistán y el valle de Cachemira, quedó incorporada a ese vasto estado del Himalaya. El reino budista independiente había llegado a su fin: durante el siglo siguiente, Ladakh sería un rincón remoto y estratégico de la India británica, gobernado desde lejos.
La independencia de India y la partición de 1947 arrastraron a Ladakh a un mundo de fronteras en disputa que marca su vida hasta hoy. El estado principesco de Jammu y Cachemira, del que Ladakh formaba parte, quedó en el centro del conflicto entre la nueva India y el nuevo Pakistán. La primera guerra indo-pakistaní (1947-1948) llegó hasta estas montañas: Baltistán, la región de cultura balti al oeste de Ladakh, quedó bajo control pakistaní, mientras que Leh y el grueso de Ladakh permanecieron en India tras duros combates y una heroica defensa en pleno invierno.
La otra gran fractura llegó con China. En 1962, la guerra sino-india se libró en buena parte en el este de Ladakh, en la desolada meseta de Aksai Chin, que China ocupó y sigue administrando, y que India reclama. Desde entonces, la Línea de Control Real (LAC) entre ambos países atraviesa la región, incluido el lago Pangong, cuya orilla oriental está en territorio chino. Ladakh se convirtió en una zona militar de máxima importancia estratégica, con caminos, bases y una fuerte presencia del ejército indio.
Esas tensiones no son historia antigua: en 2020, un choque entre soldados indios y chinos en el valle de Galwan, en el este de Ladakh, dejó muertos de ambos lados y provocó una grave crisis, con un largo enfrentamiento militar a orillas del Pangong. Para el viajero, todo esto explica los controles, los permisos de zona fronteriza y la omnipresencia de convoyes militares en las rutas. Pese a todo, la región se mantuvo tranquila y hospitalaria, y desde los años setenta, cuando se abrió al turismo, empezó a recibir viajeros de todo el mundo atraídos por sus monasterios y sus paisajes.
En 2019, la vida institucional de Ladakh dio un vuelco. El gobierno indio revocó el estatus especial del estado de Jammu y Cachemira y lo dividió en dos Territorios de la Unión administrados directamente por Nueva Delhi. Uno de ellos es Ladakh, que por primera vez en casi dos siglos quedó separada administrativamente de Cachemira. Muchos ladakhíes celebraron esa separación, largamente reclamada, aunque desde entonces han surgido movimientos que piden mayor autonomía, protección de la tierra y la cultura locales, y salvaguardas frente al desarrollo descontrolado.
Hoy Ladakh es una región de poco más de 300.000 habitantes, dividida a grandes rasgos entre una zona de mayoría budista tibetana (en torno a Leh) y otra de mayoría musulmana (en torno a Kargil), que conviven en general en paz. El budismo tibetano sigue muy vivo: los monasterios funcionan, los monjes estudian, los festivales de danzas cham llenan los patios de color, y la figura del Dalái Lama, que visita la región, es profundamente venerada. Ladakh se ha convertido, además, en un refugio de la cultura tibetana en un momento en que esa cultura está bajo presión al otro lado de la frontera.
El turismo, que empezó tímidamente en los años setenta, es hoy uno de los motores de la economía, con miles de viajeros que llegan cada verano por los monasterios, los lagos, los treks y las rutas de montaña. Ese crecimiento trae dinero pero también problemas: escasez de agua, basura, tráfico en Leh y presión sobre un ecosistema de alta montaña extremadamente frágil. Consciente de ello, la región impulsa un turismo más responsable y ha declarado su intención de volverse sostenible. Para el viajero, Ladakh sigue siendo una de las experiencias más intensas de India y de todo el Himalaya: un antiguo reino budista al borde del cielo, donde el silencio de las montañas y el sonido de las trompas de los monjes todavía marcan el ritmo de los días.