Pocas ciudades del mundo cargan con tanta historia acumulada como Delhi. Se la suele llamar 'la ciudad de las siete ciudades' (algunos cuentan más), porque a lo largo de los siglos distintas dinastías levantaron aquí, una y otra vez, su propia capital sobre las ruinas de la anterior. El resultado es un territorio sembrado de fortalezas, tumbas, mezquitas y aljibes desperdigados entre los barrios modernos: caminando por Delhi, uno tropieza literalmente con mil años de imperios.
La tradición hindú vincula el origen de Delhi con Indraprastha, la legendaria capital de los pandavas, los héroes del gran poema épico Mahabharata, que se habría alzado a orillas del Yamuna hace más de tres mil años. No hay pruebas arqueológicas firmes de aquella ciudad mítica, pero el relato muestra hasta qué punto este recodo del río ha sido, desde tiempos inmemoriales, un lugar cargado de significado. Lo que sí está documentado es que, entre los siglos VIII y XII, la zona estuvo bajo el dominio de dinastías hindúes como los tomara y los chauhan, que construyeron las primeras ciudadelas de la región (como Lal Kot y Qila Rai Pithora), de las que aún quedan restos de murallas.
Delhi ocupaba una posición estratégica extraordinaria: en el punto donde las llanuras fértiles del Ganges se encuentran con las rutas que bajaban desde el noroeste, por donde entraban tanto el comercio como los invasores. Quien controlaba Delhi controlaba la puerta del norte de India. Esa condición de bisagra explica por qué tantos imperios pelearon por ella durante más de un milenio.
El gran punto de inflexión llegó a fines del siglo XII. En 1192, el guerrero centroasiático Muhammad de Ghor derrotó al rey hindú Prithviraj Chauhan en la batalla de Tarain, y su general Qutb ud-Din Aibak tomó Delhi. En 1206, Aibak —un antiguo esclavo militar de origen turco— se proclamó sultán y fundó el Sultanato de Delhi, el primer gran Estado musulmán del norte de India, que dominaría la región durante más de tres siglos. Para celebrar la victoria, Aibak comenzó a levantar el Qutub Minar, el altísimo alminar de piedra que todavía hoy se yergue en el sur de la ciudad, y la Quwwat-ul-Islam, la primera mezquita de India, construida con los restos de templos hindúes y jainistas demolidos.
El Sultanato conoció cinco dinastías sucesivas —esclavos, jalyí, tugluq, sayyid y lodi— en un vaivén constante de esplendor, intrigas palaciegas, asesinatos y guerras. Algunos sultanes fueron figuras extraordinarias y controvertidas: Ala ud-Din Jalyí, que rechazó las invasiones mongolas y creó un sofisticado sistema de control de precios; o Muhammad bin Tughluq, un gobernante brillante y errático que llegó a trasladar por la fuerza a toda la población de Delhi a una nueva capital en el sur del Decán, con resultados catastróficos. Cada dinastía dejó su propia ciudad amurallada —Siri, Tughlaqabad, Jahanpanah, Firozabad—, sumando capas al palimpsesto de Delhi.
En 1398, la ciudad sufrió una de las peores catástrofes de su historia: el conquistador turco-mongol Tamerlán (Timur) la saqueó y masacró a buena parte de su población. El Sultanato nunca se recuperó del todo y entró en decadencia, dividido y debilitado, hasta que a comienzos del siglo XVI apareció en escena un nuevo actor que cambiaría para siempre la historia de India: los mogoles.
En 1526, el príncipe Babur, descendiente de Tamerlán y de Gengis Kan, derrotó al último sultán lodi en la batalla de Panipat y fundó el Imperio mogol, la dinastía que gobernaría gran parte del subcontinente indio durante más de tres siglos y que llevaría el arte, la arquitectura y el poder a su cúspide. Su hijo Humayun perdió y recuperó el trono en una vida azarosa, y murió en Delhi en 1556 al caer por las escaleras de su biblioteca. Su viuda le hizo construir la magnífica Tumba de Humayun, el primer gran mausoleo-jardín mogol, que sería el modelo del futuro Taj Mahal.
Durante buena parte de los siglos XVI y XVII, la capital mogol estuvo en Agra o Lahore, pero en 1638 el emperador Shah Jahan —el mismo que había levantado el Taj Mahal en Agra en memoria de su esposa Mumtaz Mahal— decidió trasladar la corte a Delhi y fundar una nueva ciudad imperial: Shahjahanabad, la actual Old Delhi. Entre 1638 y 1648 mandó construir el colosal Fuerte Rojo (Lal Qila) a orillas del Yamuna como residencia y sede del poder, y poco después la gran mezquita Jama Masjid, la mayor de India. La ciudad amurallada, con su gran arteria comercial de Chandni Chowk, se convirtió en una de las urbes más ricas y populosas del mundo, un centro deslumbrante de arte, comercio y refinamiento.
Pero el esplendor mogol empezó a resquebrajarse en el siglo XVIII. Tras la muerte del rígido emperador Aurangzeb en 1707, el imperio se debilitó por guerras internas y presiones externas. En 1739, el conquistador persa Nadir Shah invadió Delhi, la saqueó brutalmente durante días —se habla de decenas de miles de muertos— y se llevó tesoros legendarios como el Trono del Pavo Real y el diamante Koh-i-Noor. A partir de entonces, los emperadores mogoles fueron poco más que figuras simbólicas, mientras el poder real se fragmentaba y una nueva potencia europea avanzaba desde el este: la Compañía Británica de las Indias Orientales.
En 1857 estalló la gran Rebelión de la India (llamada por los británicos 'Motín de los cipayos' y por los indios la Primera Guerra de Independencia), un levantamiento de soldados indios del ejército de la Compañía que se extendió por el norte del país. Los rebeldes tomaron Delhi y proclamaron emperador al anciano y ya casi impotente Bahadur Shah Zafar, el último mogol, poeta antes que gobernante. La represión británica fue durísima: tras un sangriento asedio, recuperaron la ciudad, la saquearon, ejecutaron a miles de personas y desterraron a Bahadur Shah Zafar a Birmania, donde murió. Con él se extinguió, después de más de tres siglos, la dinastía mogol. La Corona británica disolvió la Compañía y asumió el gobierno directo de India: había nacido el Raj británico.
Durante décadas, la capital del Raj fue Calcuta, pero en 1911, en una gran ceremonia (el Durbar de Delhi) presidida por el rey Jorge V, los británicos anunciaron el traslado de la capital a Delhi, cargada de prestigio imperial. Encargaron entonces la construcción de una ciudad nueva junto a la vieja Shahjahanabad: New Delhi, diseñada por los arquitectos Edwin Lutyens y Herbert Baker con anchas avenidas arboladas, glorietas, jardines y grandiosos edificios de gobierno. La monumental Rajpath, la residencia del virrey (hoy Rashtrapati Bhavan) sobre la colina de Raisina y la Puerta de India (India Gate), memorial de los soldados indios caídos en la Primera Guerra Mundial, son su legado. New Delhi se inauguró oficialmente en 1931.
Mientras los británicos levantaban su capital imperial, crecía el movimiento independentista indio, liderado por el Congreso Nacional Indio y, sobre todo, por la figura de Mohandas Gandhi, apóstol de la resistencia noviolenta. Las calles de Delhi fueron escenario de protestas, campañas de desobediencia civil y una lenta pero imparable marcha hacia la libertad, que llegaría —con un costo trágico— a mediados del siglo XX.
El 15 de agosto de 1947, India alcanzó por fin la independencia del Reino Unido, y desde las murallas del Fuerte Rojo el primer ministro Jawaharlal Nehru izó la bandera del nuevo país en un acto cargado de emoción, un gesto que se repite cada año en el Día de la Independencia. Delhi se convirtió en la capital de la nueva república. Pero la libertad llegó acompañada de una de las tragedias más grandes del siglo XX: la Partición del Raj británico en dos Estados, India (de mayoría hindú) y Pakistán (de mayoría musulmana), desató un éxodo masivo y una violencia sectaria espantosa. Millones de personas cruzaron las nuevas fronteras en ambos sentidos y cientos de miles murieron en matanzas. Delhi recibió a una avalancha de refugiados hindúes y sijs que huían del Punyab, mientras muchos musulmanes de la ciudad partían hacia Pakistán; la composición y el carácter de Delhi cambiaron para siempre.
Pocos meses después, el 30 de enero de 1948, Mahatma Gandhi fue asesinado en Delhi a tiros por un extremista hindú que le reprochaba su defensa de la convivencia con los musulmanes. Fue cremado a orillas del Yamuna, en el lugar que hoy es el memorial de Raj Ghat. Su muerte conmocionó al mundo y dejó una herida profunda en la joven nación.
Desde entonces, Delhi ha crecido de forma vertiginosa hasta convertirse en una de las mayores aglomeraciones urbanas del planeta, con más de treinta millones de habitantes en su área metropolitana. Es el centro político de la mayor democracia del mundo, sede del Parlamento, el gobierno y la vida diplomática, y un motor económico y cultural del país. La Delhi del siglo XXI combina rascacielos, un moderno sistema de metro y una clase media pujante con templos milenarios, bazares centenarios y desigualdades enormes; enfrenta además serios desafíos, como la contaminación del aire, que la sitúan a menudo entre las ciudades más contaminadas del mundo. Y sin embargo sigue siendo, después de más de mil años de imperios superpuestos, el corazón histórico y palpitante de India: una ciudad que no deja de reinventarse sobre las ruinas de todas las que fue.