Mindanao, la gran isla del sur, es la excepción a casi toda la historia colonial filipina. Mientras Luzón y las Bisayas eran conquistadas y cristianizadas en el siglo XVI, buena parte de Mindanao permaneció bajo el poder de los sultanatos musulmanes de Maguindanao y de Sulú, y de las confederaciones del lago Lanao. Los españoles llamaron 'moros' a esos musulmanes, y a la lucha por someterlos la llamaron 'guerras moras': un conflicto que duró más de tres siglos y que España nunca ganó del todo.
Los sultanatos eran Estados organizados, con flotas, comercio y ejércitos, capaces de resistir y de contraatacar. Durante siglos, expediciones de guerreros moros remontaron el archipiélago para asaltar los pueblos cristianos del norte, y España respondió con fortalezas y campañas que rara vez lograban un dominio duradero. Recién en el siglo XIX, con los barcos de vapor, España pudo por fin quebrar el poder naval de los sultanatos, pero cuando llegó a su fin el dominio español, en 1898, gran parte de Mindanao seguía siendo, en la práctica, tierra musulmana no incorporada.
Esa historia dejó una marca profunda. Los estadounidenses, y luego el Estado filipino independiente, intentaron integrar Mindanao promoviendo la migración masiva de colonos cristianos desde el norte, lo que transformó la demografía de la isla y convirtió a los musulmanes —y a los pueblos indígenas lumad— en minoría en muchas de sus tierras ancestrales. De ese despojo y de esa tensión nacería, en la segunda mitad del siglo XX, uno de los conflictos armados más largos de Asia. Es un tema que conviene tratar con precisión y sin simplificaciones, reconociendo agravios reales de distintas partes.
Davao, la gran ciudad del sur, a los pies del monte Apo —la cima más alta de Filipinas, con casi 3.000 metros—, es un buen ejemplo de cómo se transformó Mindanao en el siglo XX. La región era hogar de pueblos indígenas lumad, como los bagobo, y de comunidades musulmanas, pero a partir del dominio estadounidense y de la independencia se abrió a oleadas de colonos llegados de las Bisayas y de Luzón, atraídos por tierras fértiles y baratas.
Un capítulo peculiar de esa historia es el de la comunidad japonesa de Davao. A comienzos del siglo XX, miles de trabajadores japoneses llegaron para trabajar en las plantaciones de abacá —el 'cáñamo de Manila', fibra usada para hacer sogas— y formaron una de las mayores colonias japonesas del sudeste asiático, con escuelas, comercios y templos propios. Esa presencia tuvo un lado oscuro durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la comunidad quedó ligada a la ocupación, y prácticamente desapareció tras la derrota japonesa.
Davao creció hasta convertirse en una de las mayores ciudades del país por superficie y en el gran polo económico del sur, famosa por sus frutas exóticas —el durián, de olor intenso, es casi su emblema— y por ser cuna del águila filipina, el ave rapaz nacional, una de las más grandes y amenazadas del mundo. En las últimas décadas, Davao ganó proyección nacional como base política de Rodrigo Duterte, alcalde de la ciudad durante muchos años antes de llegar a la presidencia en 2016, con un estilo y unos métodos tan populares como polémicos.
No todo Mindanao es musulmán. El norte y el este de la isla —regiones como Cagayán de Oro, Butuán, Surigao— fueron cristianizados y quedaron culturalmente más cerca de las Bisayas, con las que comparten lengua y tradiciones. Butuán, de hecho, es uno de los asentamientos más antiguos del país: allí aparecieron las célebres barcas balangay de más de mil años, prueba de una cultura marítima y comerciante muy anterior a los españoles, y su nombre figura ya en crónicas chinas medievales.
Frente a esa costa norte flota Camiguin, una isla pequeña y de naturaleza intensa, célebre por tener más volcanes por kilómetro cuadrado que casi cualquier otro lugar del mundo. Su historia está marcada por el fuego de la tierra: a fines del siglo XIX, la erupción del volcán Vulcán Daan destruyó el antiguo pueblo de Catarman y hundió parte de la costa, dejando bajo el agua un cementerio cuya gran cruz, plantada después, todavía sobresale del mar y es hoy uno de los símbolos de la isla.
Esta franja del norte muestra la otra cara de Mindanao: la de una isla que también es hija del catolicismo colonial y de la geología viva del archipiélago, con aguas termales, cascadas y volcanes que recuerdan que aquí la tierra nunca está del todo quieta. Es el Mindanao que quedó dentro del mundo cristiano filipino, y que durante mucho tiempo dio la espalda, geográfica y mentalmente, a la mitad musulmana de su propia isla.
En el extremo noreste de Mindanao, de cara al Pacífico abierto, Siargao pasó de ser una isla remota de pescadores y cocoteros a la capital del surf de Filipinas. Su ola más famosa, Cloud 9, un tubo potente que rompe sobre un arrecife, la puso en el mapa mundial del surf a partir de los años ochenta y noventa, cuando surfistas extranjeros descubrieron el potencial de estas costas azotadas por el oleaje del océano.
La historia de Siargao es, en el fondo, la de muchas islas filipinas: siglos de vida modesta ligada al mar y al coco —Mindanao es una gran productora de copra, la pulpa seca del coco—, seguidos de una transformación acelerada por el turismo en las últimas décadas. Ese cambio trajo prosperidad, pero también los problemas habituales del crecimiento rápido: presión sobre el agua, la basura y la tierra.
Siargao también conoció la furia del clima. En diciembre de 2021, el supertifón Rai —llamado Odette en Filipinas— golpeó de lleno la isla y buena parte del sur y las Bisayas, y causó una destrucción enorme y cientos de muertos. La reconstrucción puso otra vez sobre la mesa la vulnerabilidad de estas comunidades costeras frente a unos tifones que, con el cambio climático, se vuelven más intensos. Siargao resume así el presente de tantos rincones del archipiélago: belleza natural, auge turístico y una convivencia difícil con un océano cada vez más peligroso.
La segunda mitad del siglo XX dejó a Mindanao marcada por un conflicto armado largo y doloroso. La migración de colonos cristianos, el despojo de tierras y la marginación política de los musulmanes desembocaron, en los años setenta, en el alzamiento del Frente Moro de Liberación Nacional (MNLF) y, más tarde, del Frente Moro de Liberación Islámica (MILF), que reclamaban autonomía o independencia para el pueblo bangsamoro. La guerra, con sus décadas de combates, desplazamientos y víctimas de todos los lados, dejó cientos de miles de muertos y desplazados a lo largo del tiempo. Es una historia que exige sobriedad: hubo agravios históricos genuinos y también violencia que golpeó duramente a la población civil.
El camino hacia la paz fue lento y lleno de retrocesos. Hubo acuerdos parciales, treguas rotas y episodios trágicos, como el asedio de la ciudad de Marawi en 2017, cuando grupos armados que se reclamaban del Estado Islámico tomaron la ciudad y provocaron meses de combate y su casi total destrucción. Aun así, la negociación principal, entre el gobierno y el MILF, avanzó.
En 2019, tras un plebiscito, se creó la Región Autónoma Bangsamoro en el Mindanao Musulmán (BARMM), un gobierno autónomo con amplias competencias para las provincias de mayoría musulmana, fruto de décadas de negociación. Es el intento más serio de resolver por la vía política un conflicto que había resistido a la vía militar. Su consolidación sigue en marcha y enfrenta enormes desafíos —la pobreza, los clanes armados, la desconfianza—, pero representa la mayor esperanza de paz duradera para una tierra que llevaba más de cuatro siglos en conflicto con el poder venido del norte.