Mucho antes de que su nombre quedara ligado a la historia democrática de Corea, Gwangju era ya una ciudad con siglos de antigüedad. Sus orígenes se remontan a la época de Baekje, uno de los Tres Reinos que se repartían la península coreana en la Antigüedad. Situada en el corazón de la fértil llanura del suroeste, la ciudad creció como centro agrícola y administrativo de la región de Jeolla, una de las más ricas del país gracias a sus arrozales y a su cocina, considerada desde antiguo la más refinada de Corea.
El nombre 'Gwangju' (光州) significa, literalmente, 'provincia de la luz', un topónimo que la ciudad reivindica hoy con orgullo. Durante los siglos de la dinastía Joseon (1392-1897) fue una localidad de cierta importancia provincial, sede de funcionarios y mercados, rodeada por la montaña sagrada del Mudeungsan.
Sin embargo, Gwangju y toda la región de Jeolla arrastraron durante mucho tiempo una posición periférica respecto de los centros de poder del país. Esa condición de región 'de segunda', a menudo marginada en el reparto del poder y de la inversión, dejó una huella profunda en la identidad local y ayuda a entender la fuerte conciencia cívica y el espíritu de resistencia que la ciudad mostraría en el siglo XX.
Durante la ocupación japonesa de Corea (1910-1945), Gwangju vivió, como todo el país, la explotación colonial. La región de Jeolla, por su riqueza agrícola, fue una fuente clave de arroz para el Imperio del Japón, a menudo a costa de la población coreana. Pero Gwangju no se resignó: fue escenario de uno de los episodios de resistencia más importantes de la época.
En noviembre de 1929 estalló en la ciudad el llamado Movimiento Estudiantil de Gwangju. El detonante fue un incidente entre estudiantes japoneses y coreanos en un tren, pero detrás había años de discriminación y humillación bajo el sistema colonial. Las protestas de los estudiantes de Gwangju se extendieron como reguero de pólvora por todo el país y se convirtieron en uno de los mayores movimientos de resistencia estudiantil contra el dominio japonés. En memoria de aquella movilización, Corea del Sur conmemora cada 3 de noviembre el Día del Estudiante.
Aquel episodio dejó sembrada en Gwangju una tradición de conciencia cívica y de rebeldía frente a la injusticia. Medio siglo más tarde, esa tradición volvería a manifestarse en las circunstancias más dramáticas.
El episodio que definió a la Gwangju contemporánea ocurrió en mayo de 1980. Es un tema que merece ser contado con precisión y sobriedad, porque sigue siendo una herida y un símbolo para toda Corea.
El contexto: en octubre de 1979 fue asesinado el dictador Park Chung-hee, que había gobernado el país con mano dura durante casi dos décadas. En el vacío de poder, el general Chun Doo-hwan tomó el control mediante un golpe militar en diciembre de 1979 y, ante la creciente demanda de democracia, decretó el 17 de mayo de 1980 la extensión de la ley marcial a todo el país, cerró universidades y detuvo a líderes de la oposición, entre ellos el popular político de Jeolla, Kim Dae-jung.
Al día siguiente, el 18 de mayo, estudiantes de Gwangju salieron a protestar contra la ley marcial. El gobierno respondió enviando tropas de paracaidistas de élite, que reprimieron a los manifestantes con una violencia extrema. Lejos de amedrentarse, la indignación se extendió a toda la ciudad: miles de ciudadanos comunes —trabajadores, taxistas, amas de casa— se sumaron a la protesta. Ante la brutalidad, algunos habitantes se armaron y consiguieron, hacia el 21 de mayo, que el ejército se retirara de la ciudad. Durante casi una semana, Gwangju quedó en manos de sus propios vecinos, que se organizaron en comités, mantuvieron el orden, repartieron comida y trataron de negociar. Fue una experiencia extraordinaria de autogobierno popular. Finalmente, en la madrugada del 27 de mayo, el ejército entró de nuevo en la ciudad y asaltó la sede del gobierno provincial, donde resistía un grupo de ciudadanos, poniendo fin al levantamiento por la fuerza.
El número de víctimas fue muy alto y sigue siendo objeto de investigación: las cifras oficiales reconocen del orden de 165 muertos, además de decenas de desaparecidos y centenares de heridos, aunque distintas estimaciones lo elevan considerablemente. Durante años, el régimen impuso una versión que presentaba a los ciudadanos como amotinados manipulados, y silenció los hechos.
Durante casi una década, hablar abiertamente de lo ocurrido en Gwangju fue tabú en Corea del Sur. Pero la memoria del levantamiento se convirtió en un motor silencioso del movimiento por la democracia, que finalmente triunfó en 1987, cuando la presión popular forzó al régimen a aceptar elecciones libres y una nueva Constitución.
A partir de entonces comenzó un lento proceso de verdad, justicia y reparación. En 1995 se aprobó una ley especial que permitió juzgar a los responsables: los expresidentes Chun Doo-hwan y Roh Tae-woo fueron llevados ante los tribunales y condenados por el golpe de Estado y por la represión, en un hecho poco común de rendición de cuentas de antiguos dictadores (más tarde fueron indultados). El Estado reconoció oficialmente el levantamiento como un movimiento prodemocrático, indemnizó a las víctimas y honró su memoria. El 18 de mayo pasó a ser una fecha conmemorativa nacional.
En 1997 se inauguró el Cementerio Nacional del 18 de Mayo, donde reposan las víctimas, y se crearon parques, monumentos y fundaciones dedicados a preservar su recuerdo. En 2011, la UNESCO inscribió los archivos documentales del levantamiento en su registro de Memoria del Mundo, un reconocimiento internacional de su valor para la historia de los derechos humanos. El propio himno del movimiento, 'Marcha por los seres queridos' (Nim-eul wihan haengjingok), se convirtió en un canto de las luchas democráticas en toda Asia.
La Gwangju de hoy ha convertido su memoria en identidad y en futuro. Lejos de esconder lo que pasó, la ciudad lo ha puesto en el centro: los sitios de memoria del 18 de Mayo son visita obligada, y toda una generación de coreanos peregrina hasta aquí para rendir homenaje y comprender un capítulo clave de su democracia. Gwangju se reivindica con orgullo como la 'ciudad de la democracia y de los derechos humanos' de Corea.
Sobre esa base, la ciudad apostó fuerte por la cultura. En 1995 nació la Bienal de Gwangju, la más antigua de Asia, concebida en parte como homenaje al espíritu cívico de mayo del 80 y como forma de mirar hacia adelante a través del arte. En 2015 se inauguró el gigantesco Asia Culture Center (ACC), levantado en torno a la antigua sede del gobierno provincial —el mismo edificio donde terminó el levantamiento—, que integra vanguardia cultural y memoria histórica en un mismo espacio. La ciudad cultiva su fama de 'ciudad del arte', con barrios creativos como Yangnim-dong y una intensa vida de galerías y talleres.
A todo ello Gwangju suma su otra gran seña de identidad: la mesa. Como capital de Jeolla, ofrece la cocina más generosa de Corea, con esas comidas cubiertas de banchan que asombran al visitante. Así, la 'provincia de la luz' es hoy una ciudad de triple alma: la del recuerdo y la conciencia cívica, la del arte contemporáneo y la del buen comer. Una ciudad que decidió que la mejor manera de honrar a sus muertos era construir, sobre su memoria, un lugar mejor para vivir.