La historia de Salamina empieza, como tantas ciudades del mundo griego, con una leyenda heroica. Según el mito, la ciudad fue fundada por Teucro, hijo de Telamón, rey de la isla griega de Salamina (frente a Atenas), a su regreso de la guerra de Troya. Teucro, el mejor arquero del ejército griego, no pudo volver a su patria —su padre lo desterró por no haber protegido a su hermano Áyax— y fundó en Chipre una nueva Salamina que recordaba a la suya. Así, el nombre de la ciudad chipriota enlaza directamente con la épica homérica.
Más allá del mito, la arqueología confirma que hubo un asentamiento aquí desde el siglo XI a.C. (finales de la Edad del Bronce), heredero de la vecina ciudad micénica de Enkomi, que fue abandonada. Salamina creció junto al mejor puerto natural de la costa oriental de Chipre, en la desembocadura del río Pedieos, lo que la convirtió en un floreciente centro comercial. La riqueza de la isla en cobre —el metal que dio nombre a Chipre— y su posición de encrucijada entre el mundo egeo y el Próximo Oriente hicieron de Salamina una ciudad próspera desde muy temprano.
De aquellos primeros siglos son las espectaculares Tumbas Reales, una necrópolis de los siglos VIII-VII a.C. donde se enterraba a los reyes de la ciudad. En ellas se hallaron ricos ajuares y, sobre todo, algo asombroso: restos de carros con sus caballos, sacrificados y enterrados junto a sus dueños, en ceremonias que recuerdan de forma sorprendente a los funerales heroicos descritos por Homero en la Ilíada. Era como si los reyes de Salamina quisieran ser enterrados igual que los héroes de Troya.
Salamina fue una de las diez ciudades-reino en que se organizaba la Chipre antigua, y con el tiempo se convirtió en la más importante de todas, capital de facto de la isla. Su momento de mayor esplendor llegó bajo el rey Evágoras I (que reinó entre el 411 y el 374 a.C.), una de las grandes figuras de la historia chipriota. Evágoras hizo de Salamina un faro de la cultura griega en un Chipre que oscilaba entre la influencia griega y la persa.
Evágoras promovió la lengua, el arte y las costumbres griegas, mantuvo estrechos lazos con Atenas —que le rindió honores— y llegó a soñar con unificar toda la isla bajo su mando y liberarla del dominio persa. Durante años desafió al Imperio persa en una larga guerra, apoyado por Atenas y Egipto, hasta que finalmente fue sometido, aunque conservó su trono. Su figura quedó como símbolo del helenismo chipriota; el orador ateniense Isócrates le dedicó un célebre discurso elogioso.
En los siglos siguientes, Chipre quedó atrapada en las luchas de las grandes potencias. Tras la conquista de Alejandro Magno, la isla se disputó entre sus sucesores: en el año 306 a.C., frente a Salamina, se libró una gran batalla naval entre Demetrio Poliorcetes y Ptolomeo I de Egipto, que Demetrio ganó, aunque finalmente serían los Ptolomeos quienes controlarían Chipre. Bajo su dominio, la capital administrativa se trasladó a Pafos, pero Salamina siguió siendo una ciudad rica y poblada.
Cuando Roma anexionó Chipre en el año 58 a.C., Salamina seguía siendo la ciudad más grande y poblada de la isla, y bajo el Imperio vivió una nueva edad de oro monumental. Los emperadores romanos, en especial Trajano y Adriano a comienzos del siglo II d.C., embellecieron la ciudad con las grandes construcciones cuyas ruinas admiramos hoy: el gimnasio con su patio de columnas y estatuas, las lujosas termas con calefacción por hipocausto, el gran teatro con capacidad para unos 15.000 espectadores —el mayor de Chipre—, además de un anfiteatro, un estadio, el ágora y templos.
Estas obras hablan de una ciudad rica, cosmopolita y volcada a la vida pública al estilo romano. El gimnasio y las termas eran el centro de la vida social; el teatro, del ocio; el ágora, del comercio y la política. Salamina era una auténtica metrópoli mediterránea, conectada por mar con todo el Imperio.
Pero la ciudad estaba en una zona de fuerte actividad sísmica, y los terremotos marcaron su destino. Ya en el año 76 d.C. un violento seísmo la había dañado gravemente, lo que motivó la gran reconstrucción de Trajano y Adriano. Siglos después, una devastadora serie de terremotos a comienzos del siglo IV d.C. (hacia los años 332 y 342) arrasó Salamina casi por completo. La ciudad tuvo que renacer una vez más, y lo hizo con un nuevo nombre.
Tras la destrucción por los terremotos del siglo IV, la ciudad fue reconstruida por el emperador Constancio II (que reinó entre 337 y 361) y rebautizada como Constantia en su honor. Constantia se convirtió en la capital de Chipre y en la sede del arzobispo, corazón de la Iglesia chipriota. La Salamina pagana de Zeus dejaba paso a la ciudad cristiana de las basílicas.
La historia cristiana de Salamina, sin embargo, era mucho más antigua. Según los Hechos de los Apóstoles, fue aquí donde los apóstoles Pablo y Bernabé desembarcaron y empezaron a predicar en su primer viaje misionero, hacia el año 45-46 d.C.; Bernabé era natural de Salamina y es considerado el fundador de la Iglesia de Chipre. Según la tradición, murió martirizado en su ciudad, y en el siglo V se descubrió su tumba cerca de aquí, con una copia del Evangelio de San Mateo sobre el pecho, hallazgo que sirvió para que la Iglesia chipriota obtuviera su independencia (autocefalía) de Constantinopla. Sobre ese lugar se levantó el monasterio de San Bernabé, que aún se visita.
De la Constantia cristiana quedan grandes basílicas, como la de San Epifanio —obispo de Salamina en el siglo IV, cuya iglesia fue la catedral de la ciudad— y la enorme basílica de Campanopetra, junto al mar. Fue una época de esplendor religioso, pero también el último capítulo de la ciudad: pronto llegaría el final.
El final de Salamina llegó en el siglo VII. A partir del año 647-648, las incursiones árabes que asolaron el Mediterráneo oriental golpearon repetidamente Chipre y, con especial dureza, sus ciudades costeras. Salamina-Constantia fue saqueada y arrasada, y el continuo peligro, sumado al progresivo cegamiento de su puerto por los sedimentos del río, empujó a la población a marcharse. Durante los siglos siguientes, los habitantes se trasladaron a la vecina Arsinoe, que crecería hasta convertirse en Famagusta, la nueva gran ciudad de la costa este.
Abandonada, Salamina fue quedando cubierta por la arena que traían el viento y el mar. Sus columnas caídas, sus teatros y sus termas desaparecieron bajo las dunas, y durante más de mil años la gran metrópoli antigua durmió olvidada bajo un paisaje de eucaliptos y matorral junto a la playa. Sus piedras se reutilizaron en parte para construir Famagusta.
El redescubrimiento llegó con la arqueología moderna. Las excavaciones, iniciadas en el siglo XIX y continuadas sobre todo a mediados del siglo XX, sacaron a la luz el gimnasio, las termas, el ágora y las basílicas. El teatro, por ejemplo, no se descubrió hasta 1959. Las excavaciones se interrumpieron con la división de la isla en 1974, cuando Salamina quedó en el norte turcochipriota. Hoy el yacimiento, uno de los más impresionantes del Mediterráneo, se visita cruzando la Línea Verde desde el sur: una ciudad antigua abierta al mar, donde tres mil años de historia —de Teucro a los obispos bizantinos— reposan entre columnas, arena y olas.