Nicosia —Lefkosía en griego, Lefkoşa en turco— está en el centro exacto de la isla, sobre la llanura de Mesaoria, lejos del mar. Su origen se remonta a Ledra, uno de los pequeños reinos de la Chipre antigua ya mencionado en las listas asirias del siglo VII a.C. Fue una ciudad menor durante siglos, a la sombra de los grandes puertos, hasta que su posición central la convirtió en capital.
Bajo los Lusignan, Nicosia pasó a ser la sede real del reino franco y se llenó de palacios e iglesias góticas. La mayor de ellas, la catedral de Santa Sofía, sigue en pie: tras la conquista otomana de 1570 se le añadieron dos minaretes y se transformó en mezquita, hoy la Selimiye. Ese templo gótico convertido en mezquita, con sus arbotantes coronados por minaretes, resume mejor que nada la historia superpuesta de la ciudad.
El rasgo más reconocible del casco antiguo de Nicosia es su recinto amurallado, obra de los venecianos. Hacia 1567, temiendo la ofensiva otomana, Venecia arrasó el perímetro medieval de la ciudad —incluidos palacios e iglesias que quedaban fuera de tiro— y levantó una muralla circular de tierra y piedra con once baluartes en punta de flecha, diseñada según la ingeniería militar más moderna de la época para resistir la artillería.
De poco sirvieron: en 1570 los otomanos tomaron Nicosia tras un asedio breve y sangriento. Pero el trazado sobrevivió intacto y todavía dibuja, visto desde el aire, una perfecta estrella de once puntas alrededor del centro histórico. Esas murallas siguen siendo el marco de la ciudad vieja, atravesadas hoy por la línea que divide a las dos comunidades.
Nicosia carga con un título singular: es la última capital dividida de Europa y una de las pocas del mundo partida por una frontera de facto. La Línea Verde —la zona de amortiguación de la ONU trazada en 1964 y consolidada tras 1974— cruza el casco antiguo, a veces reducida a un callejón de pocos metros con sacos de arena, tambores oxidados y edificios congelados en el tiempo desde la guerra.
Durante décadas fue imposible pasar de un lado al otro. En 2003 se abrieron los primeros cruces, y en 2008 se inauguró el paso peatonal de la calle Ledra, en pleno corazón comercial: hoy cualquiera puede caminar de la Nicosia grecochipriota a la Nicosia turcochipriota mostrando el documento. Ese cruce, banal y extraordinario a la vez, es uno de los símbolos más vivos del problema chipriota sin resolver.
Al suroeste de la llanura central se levantan los montes Troodos, la gran cordillera de la isla, coronada por el monte Olimpo (1.952 m). De sus laderas salió durante milenios el cobre que dio nombre y riqueza a Chipre; las galerías y escoriales antiguos todavía se ven en la zona. Los pinares frescos de Troodos fueron siempre un refugio contra el calor de las tierras bajas.
En esas montañas se concentraron, además, los grandes monasterios ortodoxos, que durante la ocupación latina y otomana funcionaron como bastiones de la fe y la cultura griegas. El más famoso es el monasterio de Kykkos, fundado a fines del siglo XI y dueño de un icono de la Virgen atribuido por la tradición al evangelista Lucas. Del apego de la isla a estos montes habla un detalle: el arzobispo y presidente Makarios III, nacido en un pueblo de Troodos, quiso ser enterrado en la cima de Throni, junto a Kykkos.
Escondidas en los valles de Troodos hay un tesoro único: un conjunto de pequeñas iglesias y monasterios bizantinos y postbizantinos, de aspecto humilde por fuera —muchos con techos de madera a dos aguas para resistir la nieve—, pero cubiertos por dentro de frescos deslumbrantes pintados entre los siglos XI y XV. Diez de estas iglesias forman parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Su aislamiento en la montaña las salvó. Mientras en las ciudades la ocupación latina imponía la iglesia católica y luego los otomanos convertían templos en mezquitas, aquí la pintura ortodoxa siguió floreciendo casi sin interrupción, con influencias que van de Constantinopla al arte occidental. Son, en la práctica, un museo vivo de mil años de arte bizantino sobre las paredes.