Antes que la historia de los hombres, en Guilin hay una historia de la Tierra que dura cientos de millones de años y que explica por qué este rincón del sur de China es como es. Hace unos 300 millones de años, en la era Paleozoica, toda esta región estaba cubierta por un mar cálido y poco profundo. En su fondo se fueron acumulando, capa sobre capa, los restos calcáreos de corales, conchas y organismos marinos, que con el tiempo y la presión se convirtieron en una potentísima plataforma de roca caliza de miles de metros de espesor.
Más tarde, los movimientos de la corteza terrestre levantaron aquel fondo marino y lo convirtieron en tierra firme. Entonces empezó el trabajo paciente del agua. La caliza es una roca soluble: la lluvia, ligeramente ácida, y los ríos fueron disolviéndola durante millones de años, abriendo grietas, cuevas, sumideros y galerías subterráneas, y erosionando la roca por fuera hasta dejar solo los núcleos más duros. El resultado es un relieve kárstico de un tipo particular, el 'karst de torres' (fenglin), en el que la llanura queda salpicada de cientos de picos aislados, verticales y de cimas redondeadas, que brotan del suelo como dientes o como esculturas.
Ese paisaje, envuelto en la bruma húmeda del sur y reflejado en las aguas tranquilas del río Li, es uno de los ejemplos más espectaculares de karst de torres del planeta. No es casual que haya fascinado a los chinos desde siempre: es un paisaje que parece pintado, que invita a la contemplación y a la poesía, y que durante más de mil años ha sido el modelo del paisaje ideal en la pintura de tinta china. La geología, en Guilin, es también una obra de arte.
La entrada de Guilin en la historia escrita está ligada a una de las grandes obras de ingeniería de la China antigua. En el año 214 a.C., el primer emperador de una China unificada, Qin Shi Huang —el mismo de los guerreros de terracota y de la primera Gran Muralla—, quiso extender su imperio hacia el sur, hacia las tierras cálidas y aún no sometidas de lo que hoy es Guangxi y el norte de Vietnam. El gran obstáculo era logístico: no había forma fácil de llevar tropas y suministros a través de las montañas del sur.
La solución fue el Canal Lingqu (灵渠), excavado por orden imperial cerca de Guilin, en Xing'an. Fue una obra genial: un canal que conectaba un afluente del río Xiang (de la cuenca del Yangtsé, que fluye hacia el norte) con un afluente del río Li (de la cuenca del río Perla, que fluye hacia el sur), uniendo así por primera vez los dos grandes sistemas fluviales de China. Gracias a él, los barcos podían navegar desde el corazón del imperio hasta el lejano sur. El Canal Lingqu, que todavía existe y funciona, es uno de los canales artificiales más antiguos del mundo y convirtió a Guilin en una puerta estratégica hacia el sur.
A partir de entonces, Guilin creció como plaza militar y centro administrativo y comercial en la ruta hacia el sur. Su nombre, que significa 'bosque de canela' o de osmanto (por los fragantes árboles de osmanto que abundan en la zona y perfuman la ciudad en otoño), aparece asociado desde antiguo a la región. A lo largo de las dinastías Tang y Song, la ciudad se consolidó como un centro de importancia creciente, y el paisaje empezó a atraer a funcionarios y poetas que dejaron inscripciones y versos grabados en sus colinas y cuevas.
Durante las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912), Guilin alcanzó su mayor rango político: fue durante siglos la capital de la provincia de Guangxi, sede del gobierno regional y centro de la vida administrativa, militar y cultural del sur. En el corazón de la ciudad, al pie de la colina de la Belleza Solitaria (Solitary Beauty Peak), se levantó una gran residencia principesca amurallada, la Ciudad del Príncipe Jingjiang, para un rama de la familia imperial Ming; parte de ese recinto se conserva todavía. La ciudad era también un importante centro de estudios, donde los aspirantes a funcionarios se preparaban para los exámenes imperiales.
El paisaje siguió atrayendo a lo largo de estos siglos a una legión de poetas, pintores y viajeros cultos que subían a las colinas, exploraban las cuevas y navegaban el río, dejando por todas partes inscripciones caligráficas grabadas en la roca —Guilin es uno de los lugares de China con más inscripciones antiguas en piedra—. El elogio 'el paisaje de Guilin es el mejor bajo el cielo', atribuido a un funcionario de la dinastía Song, resume la fama estética que la ciudad tenía ya desde muy antiguo.
Mientras tanto, en las montañas del norte, en la zona de Longsheng, las minorías étnicas zhuang y yao llevaban a cabo, generación tras generación, una hazaña silenciosa y colosal: la construcción de los arrozales en terraza de Longji. Desde la dinastía Yuan y sobre todo durante las Ming y Qing, estas comunidades fueron esculpiendo con sus manos las empinadas laderas en miles de terrazas curvas para poder cultivar arroz en un terreno imposible, creando uno de los paisajes agrícolas más impresionantes del mundo, fruto de siglos de trabajo colectivo y de un profundo conocimiento del agua y la montaña.
El siglo XX trajo a Guilin años convulsos. Tras la caída del imperio y durante la etapa republicana, la región de Guangxi fue feudo de poderosos caudillos militares locales, la llamada 'camarilla de Guangxi', que jugó un papel importante en la política china de la época. Pero el episodio más dramático llegó con la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945). Mientras Japón ocupaba el este de China, Guilin, en el interior del sur, se convirtió en un importante refugio para cientos de miles de personas que huían de la guerra, entre ellas muchos escritores, artistas, periodistas e intelectuales; la ciudad vivió una intensa vida cultural en esos años difíciles y fue un centro de la resistencia y la propaganda antijaponesa.
Esa relativa seguridad terminó en 1944, cuando el ejército japonés lanzó una gran ofensiva (la operación Ichi-Go) y llegó hasta Guilin. La ciudad fue escenario de duros combates y sufrió graves destrucciones y bombardeos antes de ser ocupada; buena parte del casco urbano quedó arrasado. Fue liberada al final de la guerra, en 1945, pero había pagado un alto precio y tuvo que reconstruirse.
Tras la fundación de la República Popular en 1949, Guangxi se organizó como región autónoma en reconocimiento a la importante población de la etnia zhuang, la minoría más numerosa de China, y la capital administrativa se trasladó a Nanning, de modo que Guilin dejó de ser capital provincial. La ciudad, sin embargo, encontró pronto su verdadera vocación para la nueva era: el turismo. Su paisaje incomparable la convirtió en uno de los primeros destinos turísticos que la China comunista abrió y promocionó, tanto para viajeros nacionales como, más tarde, extranjeros.
Desde la apertura de China al turismo en las últimas décadas del siglo XX, Guilin y su entorno se han convertido en uno de los destinos paisajísticos más famosos del país y del mundo. El crucero por el río Li, entre Guilin y Yangshuo, se consagró como una de las excursiones imprescindibles de China, y personalidades y jefes de Estado de todo el mundo han navegado sus aguas. El paisaje, ya legendario en la pintura clásica, alcanzó una difusión aún mayor al ser elegido para ilustrar el reverso del billete de 20 yuanes, con la vista de los picos cerca de Xingping.
El pequeño pueblo de Yangshuo, al final del crucero, protagonizó una transformación singular: a partir de los años ochenta y noventa se convirtió en un imán para los mochileros occidentales, atraídos por el paisaje, la vida rural y el ambiente relajado. Su calle del Oeste (West Street) se llenó de cafés, bares y pensiones, y Yangshuo se hizo famoso como uno de los primeros enclaves 'internacionales' del interior de China, además de convertirse en la meca china de la escalada en roca gracias a sus paredes de caliza. Hoy es una animada base turística que combina el turismo chino masivo con el internacional.
El éxito ha traído también sus desafíos: la masificación en temporada alta, la presión sobre el paisaje y el equilibrio entre desarrollo turístico y conservación del entorno y de las comunidades de las minorías en zonas como Longji. Con todo, el paisaje de Guilin y Yangshuo sigue justificando su fama milenaria: cientos de picos kársticos entre la bruma, un río de aguas verdes, arrozales esculpidos en las montañas y una calma que parece de otro tiempo. Sigue siendo, como decían los antiguos, uno de los paisajes más bellos bajo el cielo.