La leyenda quiere que Vitebsk naciera de la mano de una mujer poderosa: la princesa Olga de Kiev, regente de la Rus, que según la tradición habría fundado la ciudad en el año 974 a orillas del río Dviná Occidental, en un cruce de rutas fluviales entre el Báltico y el sur. La cifra procede de crónicas tardías y los historiadores discuten la fecha exacta —se proponen también 947 o 914—, pero la primera mención documental firme aparece en 1021, cuando Yaroslav el Sabio de Kiev cedió la plaza al príncipe Briáchislav de Pólotsk.
Más allá de la leyenda, lo cierto es que Vitebsk surgió como un asentamiento de la Rus, la constelación de principados eslavos orientales que giraban en torno a Kiev, y que su emplazamiento sobre el Dviná —parte de la gran ruta comercial que unía a los vikingos del Báltico con Bizancio— le dio desde temprano importancia como enclave de comercio. El nombre mismo derivaría del río Vítba, afluente del Dviná que atraviesa la ciudad.
En esos siglos medievales Vitebsk quedó ligada al vecino y poderoso Principado de Pólotsk, el gran centro de poder del actual territorio bielorruso. Como tantas ciudades de la región, vivió el juego de alianzas, dotes y guerras entre príncipes de la Rus, hasta que un cambio de época la incorporó a una nueva y enorme potencia: el Gran Ducado de Lituania.
En 1320, Vitebsk pasó a integrarse en el Gran Ducado de Lituania, uno de los Estados más extensos de la Europa medieval, que abarcaba buena parte de las actuales Bielorrusia, Ucrania y Lituania. La incorporación se produjo por la vía de una dote: la princesa María de Vitebsk se casó con el gran duque Algirdas (Olgierd en polaco), que a la muerte del suegro heredó la ciudad y gobernó como duque de Vitebsk durante más de dos décadas antes de convertirse en uno de los grandes duques de Lituania. Así, sin conquista, Vitebsk entró en la órbita lituana.
Con la posterior unión de Lituania y Polonia en la Mancomunidad (Rzeczpospolita), Vitebsk se volvió una ciudad comercial próspera del este del gran Estado polaco-lituano. En 1597 recibió el derecho de Magdeburgo, que le otorgaba autogobierno municipal, un ayuntamiento propio y privilegios comerciales: la ciudad se administraba a sí misma y su Rátusha (ayuntamiento) se convirtió en símbolo de esa autonomía. Era una urbe multiétnica y multiconfesional, con ortodoxos, católicos, uniatos (greco-católicos) y una creciente comunidad judía.
Esa autonomía tuvo también episodios trágicos: en 1623, en un contexto de tensiones religiosas, un levantamiento de la población ortodoxa terminó con el asesinato del arzobispo uniata Josafat Kuntsevych, hecho que provocó una dura represión y la pérdida temporal de los privilegios de la ciudad. Vitebsk siguió siendo, sin embargo, un centro comercial y cultural importante hasta que las particiones de Polonia la arrastraron a un nuevo imperio.
Con la primera partición de Polonia, en 1772, Vitebsk pasó al Imperio Ruso, del que formaría parte durante casi siglo y medio. Convertida en capital de una gubernia (provincia) rusa, la ciudad quedó dentro de la llamada 'Zona de Residencia', el vasto territorio del oeste imperial donde el régimen zarista obligaba a vivir a la mayoría de los judíos del imperio. Como consecuencia, Vitebsk desarrolló una enorme y vibrante comunidad judía, que a comienzos del siglo XX constituía cerca de la mitad de la población.
Esa Vitebsk judía —con sus sinagogas, sus mercados, sus talleres de artesanos y su vida religiosa y cultural intensa— fue el mundo en el que nació, en 1887, Marc Chagall, hijo de una familia modesta. Las escenas de esa vida cotidiana —los violinistas, los rabinos, los vendedores, las casitas de madera, las bodas— quedarían para siempre en su pintura y proyectarían el nombre de Vitebsk al arte universal. La ciudad era, a la vez, un centro industrial y ferroviario en crecimiento dentro del imperio.
La comunidad judía de Vitebsk sería casi por completo aniquilada durante la Segunda Guerra Mundial, en el Holocausto perpetrado por la ocupación nazi. Pero en las décadas anteriores, esa Vitebsk plural y bulliciosa fue el caldo de cultivo del que salió una generación extraordinaria de artistas y, muy en particular, el pintor que la haría inmortal.
En los años caóticos que siguieron a la Revolución rusa de 1917, Vitebsk vivió un episodio asombroso: durante apenas cuatro años se convirtió, contra todo pronóstico, en una de las capitales mundiales del arte de vanguardia. El artífice fue el propio Chagall, que regresó a su ciudad natal y, aprovechando el entusiasmo revolucionario por llevar el arte al pueblo, fundó en 1919 la Escuela Popular de Arte de Vitebsk, con la idea de enseñar todas las corrientes artísticas a los hijos de obreros y artesanos.
A esa escuela provinciana, en medio de la guerra civil y la escasez, llegaron algunos de los nombres más radicales del arte del siglo XX: El Lissitzky y, sobre todo, Kazimir Malévich, el creador del suprematismo, aquella pintura reducida a formas geométricas puras —el célebre 'Cuadrado negro'— que llevaba la abstracción hasta sus últimas consecuencias. Malévich fundó en Vitebsk el grupo UNOVIS ('Afirmadores del Nuevo Arte'), que convirtió a la ciudad en un laboratorio del arte abstracto y utópico, con sus formas geométricas decorando fachadas, tranvías y actos públicos.
El choque entre la pintura poética y figurativa de Chagall y la abstracción radical de Malévich terminó por desplazar al primero, que abandonó Vitebsk en 1920 y, poco después, Rusia. La aventura de la vanguardia se apagó hacia 1922, cuando el régimen soviético empezó a cerrar el paso al arte experimental en favor del realismo socialista. Pero aquellos pocos años dejaron a Vitebsk un lugar único en la historia del arte: el de la pequeña ciudad de provincia que, por un instante, estuvo en la vanguardia absoluta de la creación mundial.
El siglo XX le reservó a Vitebsk una tragedia enorme. Ocupada por la Alemania nazi desde julio de 1941, la ciudad fue escenario del exterminio de su comunidad judía en el Holocausto: decenas de miles de personas fueron asesinadas, poniendo fin a siglos de vida judía en Vitebsk. La población civil sufrió el terror de la ocupación, y la ciudad quedó atrapada en la línea del frente.
La liberación llegó el 26 de junio de 1944, en el marco de la Operación Bagration, la gigantesca ofensiva soviética que expulsó a los alemanes de Bielorrusia. Pero Vitebsk pagó un precio devastador: los combates y la destrucción sistemática la dejaron prácticamente arrasada, con la inmensa mayoría de sus edificios en ruinas y su población reducida a una fracción de la de antes de la guerra. Fue una de las ciudades más castigadas de una Bielorrusia que perdió cerca de un tercio de sus habitantes en la contienda.
En la posguerra, Vitebsk fue reconstruida como ciudad industrial soviética, con nuevos barrios y fábricas. Tras la independencia de Bielorrusia en 1991, la ciudad recuperó y puso en valor su patrimonio: se reconstruyeron iglesias arrasadas en época soviética —como la catedral de la Asunción y la iglesia de la Resurrección—, se abrieron los museos dedicados a Chagall y se consolidó el festival Slavianski Bazar como su gran seña cultural. Hoy Vitebsk es una tranquila capital de provincia que reivindica con orgullo su doble herencia: la del pintor que la llevó al mundo y la del instante en que fue capital de la vanguardia. Todo ello en el marco de una Bielorrusia gobernada de forma autoritaria y hoy bajo sanciones internacionales, un contexto que conviene tener presente al mirar la ciudad.