Mucho antes de que existieran las pirámides o la escritura, seres humanos ya habitaban Australia. La evidencia arqueológica —yacimientos como Madjedbebe, en el Territorio del Norte— sitúa la llegada de los primeros pueblos hace al menos 65.000 años, tras un asombroso viaje por mar desde el sudeste asiático a través del antiguo continente de Sahul, cuando el nivel del océano era mucho más bajo. Sus descendientes, los pueblos aborígenes y los isleños del Estrecho de Torres, constituyen la cultura viva continua más antigua de la humanidad. No fueron un pueblo único ni homogéneo: a la llegada de los europeos existían cientos de naciones distintas que hablaban más de 250 lenguas y unos 800 dialectos, cada una con su propio territorio, su ley y su parentesco.
El corazón de esa cosmovisión es el Dreaming o Tiempo del Sueño (en inglés Dreamtime), un concepto de traducción imperfecta que designa a la vez la era ancestral en que los seres creadores modelaron el paisaje, las leyes que rigen la vida y una realidad espiritual siempre presente. Según estas tradiciones, ancestros como la Serpiente Arcoíris recorrieron una tierra plana y sin forma, y al hacerlo crearon montañas, ríos, especies y humanos, dejando su rastro en songlines (líneas de canto) que cruzan el continente. Esos relatos no se escribían: se transmitían de generación en generación mediante el canto, la danza, la ceremonia y el arte rupestre, algunos de cuyos ejemplos en Kakadu o los Grampians tienen decenas de miles de años.
Lejos del estereotipo del cazador nómada que "no tocaba" la tierra, los pueblos aborígenes gestionaron activamente el continente durante milenios. Practicaban el firestick farming, quemas controladas que renovaban los pastizales y facilitaban la caza; construían complejas trampas de piedra para peces como las de Budj Bim, en Victoria, hoy Patrimonio de la Humanidad; y poseían un conocimiento profundo de la astronomía, la botánica y la ecología. Los isleños del Estrecho de Torres, en el extremo norte, eran en cambio un pueblo melanesio de horticultores y navegantes, culturalmente distinto de los aborígenes del continente. Esta diversidad milenaria no es un capítulo cerrado: hoy los Primeros Pueblos suman cerca de un millón de personas y su arte, su música y su reclamo de reconocimiento son parte central de la identidad australiana contemporánea.
Aunque navegantes holandeses habían avistado y cartografiado partes de la costa —Willem Janszoon en 1606, Abel Tasman en la década de 1640— y le habían dado el nombre de Nueva Holanda, ninguna potencia europea encontró interés en aquella tierra árida y "sin riquezas". El giro decisivo llegó en 1770, cuando el teniente James Cook, al mando del HMB Endeavour, recorrió toda la costa este, desembarcó en Botany Bay, la describió como fértil y habitable, y el 22 de agosto reclamó formalmente el litoral oriental para la Corona británica bajo el nombre de Nueva Gales del Sur. Cook actuó como si la tierra estuviera vacía, aplicando la doctrina jurídica de la terra nullius que ignoraba por completo la presencia de sus habitantes.
La razón práctica para colonizar llegó por una vía inesperada. La independencia de las Trece Colonias norteamericanas en 1783 privó a Gran Bretaña del destino al que enviaba a sus convictos, y sus cárceles y pontones estaban desbordados. El gobierno de Londres decidió entonces establecer una colonia penal en el otro extremo del mundo. Al mando del capitán Arthur Phillip, la Primera Flota —once barcos con unos 1.400 pasajeros, de los cuales alrededor de 750 eran presidiarios— zarpó de Portsmouth en 1787. Tras ocho meses de travesía llegó a Botany Bay en enero de 1788, pero por su falta de agua Phillip trasladó el asentamiento unos kilómetros al norte, a la magnífica ensenada de Port Jackson.
El 26 de enero de 1788 se izó la bandera británica en Sydney Cove y se fundó la colonia. Esa fecha se celebra hoy como el Australia Day, aunque para muchos aborígenes es el Día de la Invasión o Día del Duelo, el comienzo de la desposesión. Los primeros años fueron durísimos: hambruna, suelos difíciles y el choque con los eora, dueños ancestrales de la bahía. Para ellos la llegada fue catastrófica: en 1789 una epidemia de viruela diezmó a los clanes de Sídney, y la enfermedad, sumada a la violencia, redujo drásticamente a la población originaria. Así, sobre el sufrimiento simultáneo de convictos desterrados y de pueblos despojados, se puso la primera piedra de la Australia moderna.
Durante las primeras décadas, Nueva Gales del Sur fue ante todo una prisión al aire libre, gobernada por militares y sacudida por episodios como la Rebelión del Ron de 1808, el único golpe de Estado armado exitoso de la historia australiana, en el que el New South Wales Corps depuso al gobernador William Bligh. Pero pronto la colonia empezó a mutar. El descubrimiento de que las ovejas merino prosperaban en aquellos pastos —impulsado por pioneros como John Macarthur— convirtió a la lana en el primer gran motor económico, "la riqueza que cabalgaba sobre el lomo de las ovejas". La necesidad de tierras de pastoreo lanzó a los colonos y a sus rebaños a la conquista del interior, y del tronco de Nueva Gales del Sur se desgajaron nuevas colonias: Tasmania (1825), Australia Occidental (1829), Australia del Sur (1836), Victoria (1851) y Queensland (1859).
Esa expansión no fue sobre tierra vacía. A medida que los pastores y sus ganados avanzaban sobre los territorios aborígenes, se desató un largo, disperso y sangriento conflicto que la historiografía reciente denomina las guerras de frontera (frontier wars). No fueron una gran guerra formal, sino una sucesión de escaramuzas, resistencias y masacres que se prolongó desde 1788 hasta bien entrado el siglo XX. Guerreros aborígenes como Pemulwuy en Sídney o Windradyne en Bathurst opusieron una resistencia feroz, pero la superioridad de las armas de fuego, las enfermedades y las partidas punitivas causaron una mortandad enorme. Episodios como la masacre de Myall Creek (1838), en la que por primera vez colonos blancos fueron ahorcados por matar aborígenes, revelan la brutalidad de aquella frontera.
El otro gran cambio del período fue el fin del transporte de convictos. Entre 1788 y 1868 Gran Bretaña envió a Australia a unos 162.000 presidiarios, muchos de ellos condenados por delitos menores fruto de la miseria. Pero a medida que llegaban colonos libres y la sociedad se enriquecía, la vieja mancha penal empezó a resultar intolerable. Nueva Gales del Sur dejó de recibir convictos en 1840, y el sistema se fue apagando colonia por colonia hasta el último barco a Australia Occidental en 1868. Para entonces, la sociedad colonial que emergía —con prensa libre, gobiernos representativos y una creciente clase de colonos nacidos en el país— empezaba a mirarse ya como una nación en formación.
El año 1851 partió la historia australiana en dos. El hallazgo de oro cerca de Bathurst, en Nueva Gales del Sur, y poco después los yacimientos aún más ricos de Ballarat y Bendigo, en la recién creada colonia de Victoria, desataron una de las mayores fiebres del oro del planeta. La noticia recorrió el mundo y desató una avalancha migratoria: en apenas una década, entre 1851 y 1861, la población de Australia se triplicó, pasando de unas 430.000 personas a más de 1,1 millones. Llegaron buscadores de las Islas Británicas, de Europa continental, de Estados Unidos y, muy notablemente, decenas de miles de chinos de la provincia de Cantón, que introdujeron técnicas propias y sufrieron una intensa hostilidad racista.
El oro transformó al país por completo. Melbourne, hasta entonces una aldea, se convirtió en pocos años en una de las ciudades más ricas del mundo, la fastuosa "Marvellous Melbourne" de teatros, bancos y mansiones. Se financiaron ferrocarriles, puertos y edificios monumentales, y el centro de gravedad demográfico se desplazó hacia el sudeste. La riqueza súbita creó también una nueva sociedad más igualitaria y díscola, poco dispuesta a aceptar la autoridad heredada.
Esa tensión estalló en la rebelión de Eureka. En los campos auríferos de Ballarat, los mineros protestaban contra las costosas licencias mensuales y las brutales redadas policiales, y reclamaban derechos políticos. El 3 de diciembre de 1854, tras quemar sus licencias y jurar bajo la bandera de la Cruz del Sur, un grupo de mineros atrincherados en la Empalizada de Eureka fue asaltado por tropas y policías; murieron unos veintidós rebeldes y varios soldados. Aunque fue una derrota militar, se convirtió en una victoria política: la indignación pública forzó reformas, se abolieron las licencias y se aceleró la concesión del sufragio masculino. Muchos historiadores ven en Eureka el nacimiento de la democracia y de cierto espíritu igualitario australiano, y su bandera sigue siendo un símbolo poderoso.
Al comenzar la década de 1890, Australia era un rompecabezas de seis colonias británicas autónomas —Nueva Gales del Sur, Victoria, Queensland, Australia del Sur, Australia Occidental y Tasmania— que funcionaban casi como países separados: tenían aranceles entre sí, sistemas ferroviarios con anchos de vía distintos y hasta ejércitos propios. La idea de unirse en una sola nación fue ganando fuerza por razones prácticas —comercio, defensa, inmigración— pero también por un creciente sentimiento nacional entre una población cada vez más nacida en suelo australiano. Figuras como Henry Parkes, apodado "el padre de la Federación", impulsaron el movimiento con discursos memorables como el de Tenterfield en 1889.
El camino fue lento y deliberado. A lo largo de la década de 1890 se celebraron convenciones constitucionales y se redactó una constitución que combinaba el sistema parlamentario británico de Westminster con elementos federales de inspiración estadounidense: un Senado que representaba por igual a los estados y una Cámara de Representantes proporcional a la población. Lo notable es que la unión se decidió por referéndum popular en cada colonia, no por imposición: los votantes aprobaron la constitución y el Parlamento británico la sancionó. El 1 de enero de 1901, en el Centennial Park de Sídney, se proclamó la Commonwealth of Australia, y Edmund Barton se convirtió en su primer premier.
La nueva nación fue en muchos sentidos pionera y progresista. Australia figuró entre los primeros países del mundo en establecer el sufragio femenino a nivel nacional (1902, aunque excluyendo a los aborígenes), el voto secreto —el llamado "voto australiano" que se exportó al mundo— y avanzadas leyes laborales que le valieron el apodo de "laboratorio social". Sin embargo, esa democracia nació con un límite tajante: quedaba reservada a los blancos. La misma élite que celebraba la igualdad y el arbitraje laboral construyó el edificio de la exclusión racial, y una de las primeras leyes del nuevo Parlamento consagraría esa visión.
Una de las primerísimas leyes de la Australia federada fue la Immigration Restriction Act de 1901, piedra angular de lo que se conocería como la Política de la Australia Blanca (White Australia Policy). Su objetivo era mantener al país étnicamente europeo, y en especial británico, cerrando las puertas a los inmigrantes asiáticos, isleños del Pacífico y de cualquier origen no europeo. Como la ley no podía excluir explícitamente por raza sin escandalizar al Imperio, se recurrió a un mecanismo hipócrita y eficaz: la prueba de dictado, un examen de escritura que un oficial podía tomar en cualquier idioma europeo a su elección, diseñado para que ningún candidato indeseado pudiera aprobarlo.
Las raíces de esta política estaban en los miedos de la fiebre del oro —la competencia de los mineros chinos— y en el sistema del blackbirding, el reclutamiento a menudo coactivo de miles de isleños del Pacífico (los "kanakas") para las plantaciones de caña de Queensland. Muchos de esos isleños fueron deportados tras la Federación. Durante más de medio siglo la política moldeó la demografía nacional y proyectó la imagen de un bastión anglosajón temeroso de "quedar sumergido" por Asia.
El desmantelamiento fue gradual. La Segunda Guerra Mundial y la posguerra, con su necesidad imperiosa de poblar y de mano de obra, obligaron a aceptar a millones de europeos no británicos y erosionaron la lógica racial. En los años 50 y 60 se fueron relajando las restricciones, y finalmente, en 1973, el gobierno laborista de Gough Whitlam abolió por completo todo criterio racial en la inmigración, sustituyéndolo por una política sin distinción de raza, color u origen. El fin de la Australia Blanca marcó el tránsito hacia el multiculturalismo oficial y hacia la Australia diversa y asiática-pacífica de hoy.
Cuando Gran Bretaña entró en la Primera Guerra Mundial en 1914, Australia —apenas trece años después de su Federación— se sumó de inmediato al esfuerzo imperial. Su bautismo de fuego llegó el 25 de abril de 1915 en la península de Galípoli, en la actual Turquía, donde las tropas del cuerpo conjunto australiano y neozelandés, el ANZAC, desembarcaron bajo el fuego otomano en una campaña mal planeada que se estancó durante ocho meses de trincheras sangrientas antes de la evacuación. De los cerca de 50.000 australianos que combatieron allí, más de 8.000 murieron. Militarmente fue una derrota, pero de aquel desastre nació el mito fundacional de la nación: el espíritu ANZAC, con sus valores de coraje, resistencia y sobre todo mateship (camaradería). El 25 de abril, el Anzac Day, es hoy la conmemoración más solemne del calendario australiano.
En total, la Primera Guerra Mundial costó a un país de menos de cinco millones de habitantes unos 60.000 muertos y más de 150.000 heridos, una sangría que dejó cicatrices profundas y dividió a la sociedad en torno a dos referendos —ambos rechazados— sobre el reclutamiento obligatorio. Los soldados australianos combatieron también con distinción en el frente occidental, en lugares como Pozières, Villers-Bretonneux y Amiens.
La Segunda Guerra Mundial trajo la amenaza a las propias costas. Tras la caída de Singapur en 1942 —donde miles de australianos cayeron prisioneros de Japón—, la aviación japonesa bombardeó Darwin y otras ciudades del norte, y submarinos enanos atacaron el puerto de Sídney. Por primera vez el país se sintió directamente vulnerable, y el primer ministro John Curtin dio un giro histórico al volcarse hacia Estados Unidos como garante de la seguridad, en lugar de la lejana Gran Bretaña. Tropas australianas frenaron el avance japonés en la brutal campaña del sendero de Kokoda, en Nueva Guinea, otro episodio grabado en la memoria nacional. La guerra selló la conciencia de que el futuro de Australia estaba en el Pacífico y en el Asia, no ya en Europa.
La Segunda Guerra Mundial dejó a Australia con una convicción que cristalizó en un lema: "poblar o perecer" (populate or perish). El país, enorme y despoblado, se había sentido peligrosamente vulnerable ante Japón, y sus dirigentes concluyeron que necesitaba multiplicar su población y su base industrial. En 1945 el gobierno creó por primera vez un Ministerio de Inmigración, a cargo de Arthur Calwell, y lanzó un ambicioso programa de migración asistida que subvencionaba los pasajes de los nuevos colonos.
Aunque el ideal seguía siendo británico —los famosos "ten pound Poms", que pagaban solo diez libras por el viaje—, la escala del plan obligó a abrir las puertas a europeos de todo origen. Llegaron cientos de miles de "personas desplazadas" del este de Europa arrasado por la guerra, y luego oleadas de italianos, griegos, yugoslavos, neerlandeses, malteses y alemanes. Un símbolo perfecto de esa transformación fue el Esquema Hidroeléctrico de las Montañas Nevadas (Snowy Mountains Scheme), la titánica obra de ingeniería iniciada en 1949: dos tercios de sus trabajadores eran inmigrantes de más de treinta países, y muchos ven allí la verdadera cuna del multiculturalismo australiano.
Con el fin de la Política de la Australia Blanca en 1973 y la llegada, a partir de esa década, de refugiados vietnamitas y de migrantes de todo el continente asiático, Australia dejó atrás la asimilación forzada y abrazó oficialmente el multiculturalismo como política de Estado. El resultado es asombroso: hoy cerca de la mitad de los australianos nació en el extranjero o tiene al menos un progenitor nacido fuera del país, se hablan cientos de lenguas en los hogares y ciudades como Sídney y Melbourne se cuentan entre las más cosmopolitas del mundo. De una avanzada anglosajona temerosa de Asia, el país se convirtió en una de las sociedades de inmigración más exitosas y diversas del planeta.
Si la historia colonial australiana comenzó con la ficción de la terra nullius —la idea de que la tierra estaba jurídicamente vacía—, buena parte de su historia contemporánea es el lento y todavía inconcluso proceso de reparar esa injusticia. Durante gran parte del siglo XX los aborígenes vivieron bajo tutela estatal, sin ciudadanía plena, y hasta la década de 1970 miles de niños de ascendencia mixta fueron arrancados por la fuerza a sus familias en el marco de políticas de asimilación: son las Generaciones Robadas (Stolen Generations), una herida abierta en la sociedad australiana.
El primer gran hito fue el referéndum del 27 de mayo de 1967, aprobado por un abrumador 90,77% de los votos —el resultado más contundente de la historia constitucional del país—, que permitió al gobierno federal legislar en beneficio de los aborígenes e incluirlos en el censo nacional. Siguió, tras años de reclamos, el fallo Mabo de la Corte Suprema del 3 de junio de 1992: al reconocer los derechos ancestrales del pueblo meriam de la isla de Mer, encabezado por Eddie Mabo, el tribunal enterró para siempre la doctrina de la terra nullius y abrió la puerta al Native Title, el reconocimiento del título nativo sobre la tierra, plasmado en la ley del año siguiente.
Los hitos siguieron sumándose en clave simbólica y política. El 13 de febrero de 2008, el primer ministro Kevin Rudd pronunció ante el Parlamento el histórico Perdón (the Apology) a las Generaciones Robadas, un momento de enorme carga emocional. En cambio, el intento más reciente de dar un paso constitucional fracasó: el 14 de octubre de 2023, los australianos rechazaron en referéndum la propuesta de la Voz Indígena al Parlamento (Aboriginal and Torres Strait Islander Voice), un órgano consultivo que habría reconocido a los Primeros Pueblos en la Constitución; el "No" se impuso con cerca del 60% de los votos. El resultado mostró que, medio siglo después del referéndum de 1967, la relación entre Australia y sus pueblos originarios sigue siendo un debate nacional abierto y sensible.
Desde la posguerra, Australia se consolidó como una democracia parlamentaria estable, próspera y monárquica —el jefe de Estado sigue siendo el monarca británico, representado por un gobernador general—, con un largo turno entre las coaliciones de centroderecha (liberales y nacionales) y el Partido Laborista. Un momento de tensión constitucional llegó en 1975, con la destitución del primer ministro laborista Gough Whitlam por el gobernador general John Kerr, la mayor crisis institucional de la historia del país. La cuestión de convertirse en república se sometió a referéndum en 1999 y fue rechazada, aunque el debate resurge periódicamente.
En lo económico, Australia protagonizó una de las trayectorias más notables del mundo desarrollado: encadenó casi tres décadas de crecimiento ininterrumpido, en buena medida gracias a un formidable boom de las materias primas —hierro, carbón, gas— alimentado por la demanda de China, que se convirtió en su principal socio comercial. Ese giro hacia Asia redefinió su lugar en el mundo: sin dejar de ser un aliado estrecho de Estados Unidos y del Reino Unido —como muestra el pacto AUKUS de 2021—, Australia asumió plenamente su condición de potencia media del Indopacífico.
Los desafíos del siglo XXI tienen mucho que ver con su propia geografía. Como el continente habitado más seco de la Tierra, Australia está en la primera línea del cambio climático: sequías prolongadas, el blanqueamiento de la Gran Barrera de Coral y catástrofes como el "Verano Negro" de incendios de 2019-2020 pusieron el tema en el centro del debate. La pandemia de COVID-19, con sus cierres de fronteras entre 2020 y 2022, marcó también profundamente la vida reciente. País de contrastes extremos —urbano y costero en su inmensa mayoría, pero dueño de un outback casi vacío—, Australia entra en el segundo cuarto del siglo como una nación rica, diversa y volcada al Pacífico, que sigue lidiando con las dos grandes cuestiones que atraviesan toda su historia: su relación con los Primeros Pueblos y su vínculo con una tierra tan antigua como frágil.