El territorio de Victoria estaba habitado desde hacía decenas de miles de años por las naciones de la confederación kulin —wurundjeri, boonwurrung, wathaurong y otras— en el centro y el sur, y por muchos otros pueblos como los gunditjmara del oeste. Lejos del tópico del simple cazador nómada, los gunditjmara construyeron en Budj Bim, hace más de 6.600 años, uno de los sistemas de acuicultura más antiguos del mundo: una red de canales y trampas de piedra volcánica para criar y capturar anguilas, que sostuvo asentamientos casi permanentes. Budj Bim fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2019, exclusivamente por su valor cultural aborigen.
Estos pueblos mantenían complejas redes de comercio y ceremonia, y su arte rupestre se conserva en lugares como los Grampians (Gariwerd), el mayor conjunto de pinturas rupestres aborígenes del sudeste australiano. La colonización a partir de la década de 1830 fue especialmente rápida y violenta en Victoria, y diezmó a estas naciones, pero sus descendientes mantienen viva su identidad y sus reclamos, y Victoria fue en 2023 el primer estado en iniciar un proceso formal de tratado con los Primeros Pueblos.
A diferencia de otras colonias, Victoria no nació como asentamiento penal oficial sino de una iniciativa privada. En 1835, el empresario John Batman "negoció" con jefes kulin la cesión de unas 240.000 hectáreas en torno a la bahía de Port Phillip —el llamado "tratado de Batman", el único intento de tratado formal con aborígenes en la historia colonial australiana—, pero la Corona lo anuló de inmediato invocando que toda la tierra era propiedad del rey. Ese mismo año se fundó el asentamiento que en 1837 se llamaría Melbourne, en honor al primer ministro británico.
Durante quince años, el distrito de Port Phillip fue parte de Nueva Gales del Sur, pero el rápido crecimiento de sus colonos y sus rebaños alimentó el deseo de autonomía. El 1 de julio de 1851, la colonia de Victoria se separó oficialmente, bautizada en honor a la reina Victoria. Casi al mismo tiempo, un hallazgo cambiaría su destino de forma vertiginosa.
Semanas después de la separación, en 1851, se descubrió oro en Ballarat y Bendigo, desatando una de las fiebres del oro más grandes de la historia. Victoria se convirtió en el epicentro mundial: en la década de 1850 produjo por sí sola una parte enorme del oro del planeta y su población se multiplicó por seis. Buscadores de las Islas Británicas, Europa, América y China llegaron a raudales, y de aquella riqueza súbita surgió la "Marvellous Melbourne", que en pocas décadas se transformó en una de las ciudades más ricas y elegantes del mundo, con grandes bulevares, teatros y edificios monumentales.
El oro no solo trajo riqueza, sino también un espíritu igualitario y rebelde. En los yacimientos de Ballarat, los mineros hartos de las costosas licencias y de la represión policial se levantaron en la rebelión de Eureka: el 3 de diciembre de 1854 juraron lealtad a la bandera de la Cruz del Sur y resistieron atrincherados en la Empalizada de Eureka, donde fueron aplastados por las tropas con una veintena de muertos. La derrota militar se transformó en victoria política y el episodio quedó como un mito fundacional de la democracia australiana. El museo viviente de Sovereign Hill, en Ballarat, recrea hoy aquel mundo.
Cuando Australia se federó en 1901, Melbourne fue elegida capital provisional del país, y el Parlamento nacional sesionó allí durante 26 años, hasta que Canberra estuvo lista en 1927. Victoria se consolidó como el corazón industrial y manufacturero de Australia, con fábricas, automóviles y una potente clase obrera que hizo del estado un bastión del movimiento sindical y del Partido Laborista.
La inmigración de posguerra —italianos, griegos, y más tarde vietnamitas, y una de las mayores poblaciones griegas fuera de Grecia— reconfiguró a Melbourne como una de las ciudades más multiculturales y cultas del mundo, célebre por sus callejones con arte, sus cafés, sus tranvías y su pasión por el deporte, del críquet al fútbol australiano nacido en sus campos. Repetidamente elegida entre las ciudades más habitables del planeta, Melbourne encarna hoy la faceta europea y cosmopolita de Australia.
Más allá de Melbourne, Victoria concentra en poco espacio una variedad de paisajes extraordinaria. Su joya es la Great Ocean Road, construida entre 1919 y 1932 por soldados regresados de la Primera Guerra Mundial como memorial viviente de los caídos —el mayor monumento de guerra del mundo—, que serpentea junto a acantilados sobre el océano Antártico y los célebres Doce Apóstoles. Es una de las carreteras costeras más espectaculares del planeta.
El estado ofrece además el desfile nocturno de los pingüinos de Phillip Island, las bodegas de espumantes del Yarra Valley, los miradores y el arte rupestre de los Grampians, los wombats y las playas vírgenes del Wilsons Promontory —el punto más austral del continente— y las casetas de playa de colores y aguas termales de la Península de Mornington. En esa combinación de naturaleza, gastronomía e historia del oro se despliega buena parte del atractivo del estado más pequeño de la Australia continental.