Cuando el nivel del mar subió al final de la última glaciación, hace unos 10.000 o 12.000 años, Tasmania quedó separada del continente por el estrecho de Bass, y sus habitantes aborígenes —los palawa o pakana— quedaron aislados del resto de la humanidad durante todo ese tiempo, en una de las poblaciones humanas más largamente aisladas del planeta. Divididos en unas nueve naciones y decenas de bandas, vivían de la caza, el marisqueo y la recolección a lo largo de las costas y bosques de la isla, y gestionaban el paisaje con quemas cuidadosas.
Esta larga historia de decenas de miles de años se vería brutalmente truncada por la colonización. Los aborígenes tasmanos figuran entre los pueblos que sufrieron uno de los procesos coloniales más devastadores, hasta el punto de que durante mucho tiempo se afirmó, erróneamente, que se habían "extinguido". No fue así: sus descendientes, la comunidad aborigen palawa de hoy, mantienen viva su identidad y su cultura, y han recuperado el reconocimiento de su continuidad.
Los británicos ocuparon la isla en 1803-1804, en parte para adelantarse a los franceses, y la bautizaron Tierra de Van Diemen (Van Diemen's Land), fundando Hobart en 1804. Se convirtió pronto en una de las colonias penales más duras del imperio: entre 1803 y 1853 se transportó allí a más de 75.000 convictos, y sus prisiones tenían fama de ser las más severas, reservadas a los reincidentes. El penal de Port Arthur, en la península de Tasman, funcionó desde 1830 como una "máquina de castigo" modelo, hoy Patrimonio de la Humanidad y uno de los sitios más visitados de la isla.
Tan pesada llegó a ser la reputación penal de la isla que, cuando el transporte de convictos cesó en 1853 y la colonia obtuvo el autogobierno, sus habitantes decidieron cambiarle el nombre para librarse del estigma. En 1856, la Tierra de Van Diemen pasó a llamarse Tasmania, en honor al navegante neerlandés Abel Tasman, el primer europeo en avistarla en 1642.
El capítulo más oscuro de la historia tasmana es la llamada Guerra Negra (Black War), el conflicto de frontera que enfrentó a los colonos con los aborígenes palawa entre mediados de la década de 1820 y 1832. La expansión de las granjas ovejeras sobre los territorios de caza aborígenes desató una espiral de violencia y represalias que dejó cientos de muertos en ambos bandos, pero desproporcionadamente entre los palawa.
En 1830, el gobernador George Arthur organizó la "Línea Negra" (Black Line): una cadena humana de unos 2.000 colonos y soldados que barrió la isla para acorralar a los aborígenes supervivientes, en una operación costosísima que, sin embargo, apenas capturó a un hombre y un niño. Los palawa restantes fueron finalmente persuadidos —o forzados— a rendirse por el mediador George Augustus Robinson, y trasladados a la isla de Flinders, donde muchos murieron de enfermedades y desarraigo. Es una de las páginas más trágicas de toda la historia colonial australiana.
Durante gran parte de los siglos XIX y XX, Tasmania fue la más pequeña, pobre y periférica de las colonias y estados australianos, con una economía basada en la minería, la agricultura, la lana y la explotación forestal. Ese aislamiento, sin embargo, terminó por convertirse en su mayor activo. La isla fue escenario, en la década de 1970 y 1980, de las primeras grandes batallas ecologistas de Australia: la campaña para impedir la inundación del río Franklin por una represa, que triunfó en 1983, marcó el nacimiento del movimiento verde australiano y del primer partido verde del mundo con representación parlamentaria.
Hoy más de un tercio de Tasmania está protegido, y sus vastas áreas silvestres —la Tasmanian Wilderness— son Patrimonio de la Humanidad. La isla se ha reinventado como destino de naturaleza y gastronomía: sus productos gourmet, sus whiskies y vinos, y la irrupción del museo de arte MONA en Hobart en 2011 la transformaron en uno de los lugares de moda de Australia.
El gran patrimonio de Tasmania es su naturaleza intacta. En el corazón de la isla, Cradle Mountain y el lago Dove son el icono de sus tierras altas, punto de partida del célebre Overland Track y hogar de wombats y demonios de Tasmania. En la costa este, la curva perfecta de Wineglass Bay, en la península de Freycinet, entre montañas de granito rosado y mar turquesa, es una de las playas más fotografiadas del país, y la Bahía de los Fuegos deslumbra con sus rocas cubiertas de líquenes naranjas.
A ello se suman la georgiana Launceston junto a la garganta de Cataract, la Isla Bruny con sus faros y su gastronomía, y una capital, Hobart, que combina el histórico mercado de Salamanca, el imponente monte Wellington (kunanyi) y una escena cultural vibrante. En una isla del tamaño de Irlanda, Tasmania ofrece algunos de los aires más puros y los paisajes más salvajes del planeta.