La historia de Phong Nha no empieza con los seres humanos, sino con el agua y la piedra a lo largo de un tiempo casi inimaginable. El macizo kárstico de Phong Nha-Ke Bang es uno de los más antiguos de Asia: sus rocas calizas se formaron hace unos 400 millones de años, en el período Paleozoico, cuando la zona estaba cubierta por mares tropicales. Durante decenas de millones de años, esos sedimentos marinos se compactaron en gruesas capas de piedra caliza que luego fueron levantadas, plegadas y fracturadas por los movimientos de la corteza terrestre.
Sobre esa roca soluble empezó entonces el trabajo paciente del agua. La lluvia, ligeramente ácida, y los ríos que se infiltraban por las grietas fueron disolviendo la caliza y excavando, milímetro a milímetro y milenio a milenio, un colosal sistema de cuevas, galerías y ríos subterráneos. El resultado es un paisaje de más de cien kilómetros de cuevas conocidas —y muchas aún por explorar—, dolinas, valles ciegos y montañas de piedra caliza cubiertas de selva, uno de los ejemplos más completos del planeta de la evolución de un karst tropical húmedo.
Ese proceso geológico creó maravillas como Paradise Cave, con sus estalactitas colosales, y sobre todo Son Doong, una caverna tan grande que en su interior se formaron su propia selva, ríos y nubes. La Unesco reconoció precisamente este valor geológico al declarar el parque Patrimonio Mundial en 2003, ampliándolo en 2015 para incluir también su extraordinaria biodiversidad. Phong Nha es, ante todo, una catedral que tardó cuatrocientos millones de años en construirse.
Las cuevas de Phong Nha no solo guardan formaciones minerales, sino también las huellas de quienes las habitaron y veneraron. Hay indicios de presencia humana en la región desde tiempos prehistóricos, y sobre todo vestigios del reino de Champa, la civilización de cultura hinduista y, más tarde, con influencia budista, que dominó buena parte del centro de Vietnam durante casi un milenio y medio.
En el interior de la propia cueva de Phong Nha se han encontrado restos de altares, inscripciones en escritura cham y objetos de culto que muestran que los cham usaron la gruta como lugar sagrado, probablemente entre los siglos IX y XI. Para aquellas comunidades, la boca de la cueva por la que entra el río y se adentra en la montaña debió de ser un espacio cargado de significado religioso, un umbral entre el mundo de la luz y el inframundo. El nombre 'Phong Nha' suele traducirse como 'dientes de viento' o relacionarse con las formaciones de la cueva.
Con la expansión hacia el sur del Vietnam de los Viet (el proceso conocido como Nam tien) y la decadencia de Champa, la región fue integrándose en el mundo vietnamita, pero la memoria de aquel pasado cham quedó grabada, literalmente, en las paredes de la cueva. Esos altares en la penumbra son un recordatorio de que este paisaje natural fue también, durante siglos, un lugar de culto.
En el siglo XX, la geografía de Phong Nha —montañas, selva y cuevas cerca de la estrecha 'cintura' de Vietnam y de la frontera con Laos— la convirtió en un escenario clave y trágico de la guerra de Vietnam. Por esta región discurría parte de la famosa ruta Ho Chi Minh (Đường Trường Sơn), el entramado de caminos y sendas por el que Vietnam del Norte hacía llegar hombres, armas y suministros al Sur a través de la cordillera de Truong Son y de Laos.
Por su importancia estratégica, la zona fue sometida a algunos de los bombardeos más intensos de toda la guerra. La aviación estadounidense atacó sin descanso los pasos, ríos y carreteras de la provincia de Quang Binh para intentar cortar la ruta. Uno de los episodios más recordados es el de la cueva de Phong Nha y sobre todo las cercanas grutas usadas como refugio: la población civil y los combatientes se guarecían en las cuevas para sobrevivir a los ataques, y algunas sirvieron de hospital, depósito de armas y municiones o base logística. Cerca de allí, en el paso de Mu Gia y en lugares como la cueva de los Ocho Jóvenes Voluntarios, murieron numerosos jóvenes que mantenían abiertas las rutas.
El precio humano fue altísimo, y la tierra quedó sembrada de bombas y cráteres, muchos todavía visibles. Todavía hoy persiste el peligro del material sin explotar en algunas áreas fuera de los senderos. Esa memoria de guerra convive con la belleza natural del parque, y forma parte imprescindible de su historia: las mismas cuevas que hoy asombran a los viajeros salvaron vidas hace apenas medio siglo.
Aunque los habitantes locales conocían muchas de las cuevas de la región desde hacía generaciones, la exploración científica sistemática de Phong Nha empezó en la década de 1990, de la mano sobre todo de la Asociación Británica de Investigación de Cuevas (British Cave Research Association), que a partir de 1990 realizó sucesivas expediciones junto a espeleólogos vietnamitas y cartografió decenas de kilómetros de galerías.
El hallazgo más asombroso tiene nombre y protagonista. En 1990, un campesino local llamado Ho Khanh se refugió de una tormenta en la selva y encontró la entrada de una enorme cueva por la que salía un viento fuerte y se oía el rugido de un río subterráneo, pero no logró volver a localizarla y durante años quedó como un recuerdo impreciso. En 2009, tras nuevos intentos, Ho Khanh guió de nuevo a los espeleólogos británicos Howard y Deb Limbert hasta aquella boca perdida. Lo que encontraron superó toda expectativa: una caverna de dimensiones colosales, con salas de más de 150-200 metros de altura, ríos, dolinas por las que entra la luz y crece una selva interior con árboles altísimos, e incluso nubes que se forman bajo la bóveda. La midieron y confirmaron que Hang Son Doong ('cueva del río de la montaña') era la cueva más grande del mundo.
El descubrimiento dio fama internacional a Phong Nha. En 2013 se abrieron las primeras expediciones turísticas, muy limitadas y controladas, para proteger un ecosistema único. Otras grandes cuevas —Paradise Cave (2005), Hang En, Hang Va— se sumaron al mapa de maravillas de la región, consolidando a Phong Nha como la capital mundial de las grandes cuevas.
En pocas décadas, Phong Nha pasó de ser un rincón remoto y castigado por la guerra a convertirse en uno de los destinos más admirados de Vietnam. El parque nacional, creado a partir de 1991 y protegido con firmeza, fue declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 2003 por su valor geológico y kárstico, y en 2015 el reconocimiento se amplió para abarcar también su excepcional biodiversidad: selvas casi vírgenes que albergan primates, aves y numerosas especies, algunas endémicas y varias descubiertas recientemente.
El turismo transformó la vida del pueblo de Phong Nha, antes agrícola y pobre. La llegada de visitantes de todo el mundo, atraídos por las cuevas, creó una economía nueva: guías, porteadores, homestays, restaurantes rurales y agencias de aventura. Empresas locales como Oxalis, pioneras en las expediciones a Son Doong, apostaron por un modelo de turismo sostenible y de bajo impacto, con cupos muy limitados, para proteger las cuevas y a la vez dar trabajo a la población, incluidos muchos porteadores que fueron antes cazadores o leñadores. Personas como Ho Khanh, el descubridor de Son Doong, se convirtieron en símbolos de esa transformación.
Hoy Phong Nha combina naturaleza sobrecogedora, aventura para todos los niveles y una vida rural apacible entre arrozales y montañas. El desafío es mantener el equilibrio: preservar un patrimonio geológico y biológico único, evitar la masificación y las obras que dañen las cuevas, y asegurar que el turismo siga beneficiando a las comunidades locales. Para el viajero, recorrer estas cuevas con respeto —sin dejar rastro, siguiendo a los guías, apoyando a los operadores responsables— es la mejor manera de honrar un lugar donde la Tierra tardó cuatrocientos millones de años en tallar sus obras maestras.