La historia de Saigón es, en clave vietnamita, relativamente reciente, y empieza siendo tierra de otros. Durante siglos, la región del bajo delta del Mekong perteneció al ámbito del Imperio jemer (la actual Camboya), y en el lugar de la futura ciudad existía un asentamiento comercial y portuario conocido con el nombre jemer de Prey Nokor. Era una zona de marismas, arrozales y canales, poblada por jemeres y por diversas comunidades del sudeste asiático.
A lo largo del siglo XVII, el avance hacia el sur de los vietnamitas (el Nam tien) cambió el destino de estas tierras. Los señores Nguyen, que gobernaban el sur de Vietnam, fueron extendiendo su control sobre el delta del Mekong mediante colonización, matrimonios políticos y acuerdos con la debilitada corte jemer. Hacia finales del siglo XVII, la zona quedó integrada en el dominio vietnamita, y el antiguo Prey Nokor se transformó en una localidad vietnamita que acabaría conociéndose como Sài Gòn, y cuya ciudadela y administración se organizaron bajo el nombre de Gia Dinh.
En el siglo XVIII, Saigón-Gia Dinh creció como centro del sur, con un puerto activo y una importante comunidad de comerciantes chinos que se asentó en el barrio de Cho Lon ('gran mercado'), que aún hoy es el corazón chino de la ciudad. Durante las guerras entre los Tay Son y los Nguyen a finales de siglo, la ciudad fue refugio y base del futuro emperador Gia Long. Era ya una urbe mestiza y comercial, muy distinta de la solemne Hue imperial o de la milenaria Hanói.
El gran giro llegó a mediados del siglo XIX con la conquista francesa. En 1859, las tropas francesas tomaron Saigón, y en 1862 el sur de Vietnam quedó cedido a Francia, convirtiéndose en la colonia de Cochinchina, con Saigón como capital. A diferencia del resto de Vietnam, que fue protectorado, la Cochinchina fue colonia directa, y Saigón se transformó en el escaparate del poder francés en Indochina.
Los franceses reconstruyeron la ciudad a su imagen: trazaron amplios bulevares arbolados, levantaron edificios monumentales —la Catedral de Notre-Dame (1877-1883), el Correo Central, el Palacio del Gobernador, el Teatro de la Ópera, el ayuntamiento—, instalaron alcantarillado, tranvías y un puerto moderno, y llenaron el centro de villas, cafés y comercios de estilo europeo. Saigón se ganó el apodo de 'la perla de Extremo Oriente' o 'el París de Oriente', una ciudad elegante y cosmopolita que, sin embargo, se construyó sobre la explotación colonial del caucho, el arroz y el trabajo vietnamita.
Aquella prosperidad convivió con una creciente conciencia nacionalista. En Saigón y su región fueron surgiendo movimientos anticoloniales, sindicatos y grupos revolucionarios. El malestar contra el dominio francés, la desigualdad y las duras condiciones de las plantaciones alimentaron un independentismo que, con el tiempo, desembocaría en la lucha armada. La elegante fachada colonial escondía las tensiones de un país que quería ser dueño de su destino.
Tras la derrota francesa en 1954 y los Acuerdos de Ginebra, Vietnam quedó dividido por el paralelo 17: el Norte comunista con capital en Hanói y el Sur con capital en Saigón. La ciudad se convirtió en el centro político de la República de Vietnam (Vietnam del Sur), respaldada por Estados Unidos, y en el escenario principal de la que sería una de las guerras más devastadoras del siglo XX.
Durante los años 60 y la primera mitad de los 70, Saigón vivió una peculiar y tensa combinación: era a la vez una ciudad en guerra y una capital bulliciosa, llena de soldados estadounidenses, prensa internacional, refugiados del campo, comercio y vida nocturna. Los grandes hoteles del centro —el Continental, el Rex, el Caravelle— fueron cuartel general de corresponsales y militares; desde sus terrazas se seguían las 'ruedas de prensa' oficiales que los periodistas apodaron con ironía. Alrededor, la guerra golpeaba: la ofensiva del Tet de 1968 llevó los combates a las calles de la propia ciudad, y a pocos kilómetros, en Cu Chi, la guerrilla del Viet Cong operaba desde una vasta red de túneles subterráneos, resistiendo bajo tierra los bombardeos.
El régimen survietnamita, marcado por la inestabilidad, los golpes de Estado y la corrupción, se apoyaba cada vez más en Estados Unidos. La guerra causó millones de muertos en todo Vietnam y dejó secuelas terribles, como las del agente naranja, el defoliante que se roció sobre extensas áreas y que aún hoy provoca enfermedades y malformaciones. El museo de los Vestigios de la Guerra documenta con crudeza ese costo humano.
El final de la guerra tuvo su epicentro en Saigón. Tras la retirada de las tropas estadounidenses (acordada en 1973) y una ofensiva final del Norte a comienzos de 1975, las fuerzas norvietnamitas avanzaron rápidamente hacia el sur. A finales de abril, Saigón estaba cercada y sumida en el caos. En los últimos días se produjo una evacuación desesperada: la 'Operación Frequent Wind' sacó en helicóptero a miles de estadounidenses y survietnamitas desde azoteas de la ciudad, en escenas que dieron la vuelta al mundo, como la de la gente agolpándose para subir a un helicóptero sobre un edificio.
El 30 de abril de 1975, tanques norvietnamitas entraron en el centro de la ciudad y uno de ellos derribó las verjas del Palacio Presidencial (hoy Palacio de la Reunificación). Las tropas del Norte tomaron la sede del gobierno survietnamita y el último presidente, Duong Van Minh, anunció la rendición incondicional. La caída de Saigón puso fin a la guerra de Vietnam y a la existencia de Vietnam del Sur, y marcó el triunfo del Norte y la reunificación del país bajo un gobierno comunista.
El momento es recordado de formas muy distintas: como liberación y reunificación para el Vietnam oficial, y como una tragedia y un exilio para cientos de miles de survietnamitas que huyeron del país en los años siguientes, muchos de ellos por mar como 'boat people'. En 1976, la Vietnam reunificada rebautizó oficialmente la ciudad como Ho Chi Minh, en honor al líder revolucionario fallecido en 1969, aunque el nombre de Saigón nunca dejó de usarse.
Los años posteriores a 1975 fueron muy duros para la ciudad: economía centralizada, escasez, campos de 'reeducación', el éxodo de los boat people y el aislamiento internacional. El cambio llegó en 1986, cuando Vietnam adoptó la política de reformas conocida como Doi Moi ('renovación'), que abrió la economía al mercado. Ninguna ciudad aprovechó ese giro como Saigón: su tradición comercial y su energía emprendedora la convirtieron en la locomotora económica del país.
En las décadas siguientes, Ho Chi Minh City se transformó a velocidad vertiginosa. Llegaron la inversión extranjera, las fábricas, los rascacielos, los centros comerciales y una clase media pujante. Hoy es la ciudad más rica y dinámica de Vietnam, con una torre —la Landmark 81— entre las más altas del sudeste asiático, un tráfico de millones de motos, una vida nocturna intensa y una escena gastronómica y de café en plena efervescencia. En diciembre de 2024 abrió la primera línea de metro, símbolo de una ciudad que intenta modernizar sus infraestructuras al ritmo de su crecimiento.
Y sin embargo, bajo los rascacielos, Saigón conserva sus muchas capas: los bulevares y monumentos coloniales del Distrito 1, los templos y mercados de Cho Lon, la memoria omnipresente de la guerra en el Palacio de la Reunificación, el museo de los Vestigios de la Guerra y los túneles de Cu Chi, y la vida callejera de siempre, con sus puestos de pho, sus banquitos de plástico y su café con leche condensada. Metrópoli del futuro y ciudad de memoria intensa a la vez, Saigón sigue siendo, como siempre, el corazón inquieto y apasionado del sur de Vietnam.