La historia del delta del Mekong empieza mucho antes de la llegada de los vietnamitas, con una de las civilizaciones más antiguas y fascinantes del Sudeste Asiático. Entre los siglos I y VI de nuestra era, esta llanura fluvial fue el corazón del reino de Funan, un Estado comercial y agrícola que floreció gracias a su posición estratégica en las rutas marítimas entre India y China. Su gran centro urbano y portuario, Oc Eo (en la actual provincia de An Giang), fue una ciudad cosmopolita conectada con el mundo: en sus excavaciones se han hallado monedas romanas, objetos indios, espejos chinos y joyas, prueba de un comercio de larga distancia sorprendente para la época.
Funan ya dominaba el arte de vivir y producir sobre el agua: construyó una red de canales para el transporte, el riego y el drenaje de esta tierra anegadiza, sentando las bases de lo que el delta sigue siendo hoy. Su cultura, fuertemente influida por la India, dejó huellas de hinduismo y budismo, con templos, estatuas y una escritura de origen índico.
Con el declive de Funan, hacia el siglo VI-VII, el delta pasó a la órbita de los reinos jemeres que darían lugar al gran Imperio de Angkor. Durante siglos, esta tierra formó parte del mundo khmer, y su población era mayoritariamente jemer. Ese pasado explica por qué todavía hoy vive en el delta una importante comunidad khmer krom, con sus pagodas budistas theravada de estilo camboyano, tan distintas de los templos del norte de Vietnam.
La incorporación del delta del Mekong a Vietnam es relativamente reciente y fue el último gran capítulo del largo avance hacia el sur de los Viet, el proceso conocido como Nam tien. Durante los siglos XVII y XVIII, los señores Nguyen, que gobernaban el sur de Vietnam desde Hue, fueron extendiendo su control sobre estas tierras jemeres mediante la colonización de campesinos, acuerdos y matrimonios con la debilitada corte de Camboya, y la fundación de puestos militares y administrativos.
Los colonos vietnamitas, junto a inmigrantes chinos, se pusieron a la ingente tarea de domesticar el delta: excavaron canales, desecaron pantanos, levantaron diques y transformaron enormes extensiones de marisma y selva en arrozales. Fue una colonización agrícola que, en pocas generaciones, convirtió esta frontera acuática en el granero del sur. Ciudades como My Tho, Ha Tien y más tarde Can Tho crecieron como centros de esta nueva región vietnamita, poblada por una mezcla de vietnamitas, jemeres, chinos y cham.
Esa condición de tierra de frontera y de crisol de pueblos marcó para siempre el carácter del delta: más abierto, mestizo y desenfadado que el norte, con su propia música (el don ca tai tu), su gastronomía y sus costumbres. También dejó tensiones históricas con Camboya, que durante mucho tiempo reclamó estas tierras que habían sido jemeres, un trasfondo que resurgiría trágicamente en el siglo XX.
Con la conquista francesa del sur de Vietnam a mediados del siglo XIX, el delta del Mekong quedó integrado en la colonia de la Cochinchina y se convirtió en una pieza clave de la economía colonial. Los franceses ampliaron enormemente la red de canales —dragando nuevos cauces con maquinaria moderna— para ganar tierras al agua y expandir el cultivo del arroz a una escala industrial. El delta se transformó en una de las mayores zonas exportadoras de arroz del mundo, y Saigón, en su puerto de salida.
Esa prosperidad tuvo un lado oscuro. La expansión arrocera se apoyó en un sistema de grandes propietarios y de campesinos sin tierra o endeudados, con enormes desigualdades. Las duras condiciones del campesinado del delta alimentaron un fuerte malestar social que, con el tiempo, lo convertiría en un terreno fértil para los movimientos anticoloniales y revolucionarios. El delta fue cuna de líderes campesinos, de sectas religiosas político-militares como los Cao Dai y los Hoa Hao —surgidas en esta región en la primera mitad del siglo XX— y de una intensa actividad clandestina.
Así, la tierra que producía el arroz que enriquecía a la colonia fue también semillero de la resistencia que acabaría desafiando al dominio francés y, más tarde, protagonizando la guerra de Vietnam en los arrozales del sur.
Durante la guerra de Vietnam, el delta del Mekong fue uno de los escenarios más disputados y castigados. Su densa población rural, su laberinto de canales y arrozales y su cercanía a Saigón lo convirtieron en un territorio clave, donde la guerrilla del Viet Cong contaba con fuerte implantación entre el campesinado. La guerra en el delta fue una guerra de arrozales, canales y aldeas: patrullas fluviales, emboscadas, operaciones de 'búsqueda y destrucción', bombardeos y programas de reasentamiento forzoso de la población.
La Marina estadounidense desplegó flotillas de patrulleras para controlar los ríos y canales, en una guerra anfibia singular. Extensas áreas fueron rociadas con defoliantes como el agente naranja para eliminar la vegetación que ocultaba a la guerrilla, con consecuencias ecológicas y sanitarias que aún perduran. Muchas aldeas quedaron atrapadas entre los dos bandos y sufrieron enormemente.
El sufrimiento no terminó en 1975. Tras la reunificación, el delta vivió la colectivización forzosa de la agricultura, que hundió la producción, y desde su frontera occidental se desató un nuevo horror: los ataques del régimen genocida de los Jemeres Rojos de Camboya contra las aldeas fronterizas vietnamitas a finales de los años 70, que causaron matanzas de civiles (como la de Ba Chuc, cerca de Chau Doc) y desembocaron en la guerra vietnamita-camboyana de 1978-1979. El delta, tierra de frontera, volvió a pagar un alto precio por su geografía.
Tras las reformas del Doi Moi de 1986, que devolvieron la tierra a los campesinos y liberalizaron la agricultura, el delta del Mekong recuperó su papel de granero de Vietnam y se convirtió en un motor de la economía. Hoy produce alrededor de la mitad del arroz del país y una parte enorme de su pescado, marisco y fruta, y es una de las regiones más densamente pobladas y productivas del planeta. Alberga a millones de personas en un mosaico de arrozales, huertos, canales y ciudades como Can Tho, su capital de hecho.
Es también una región de gran atractivo turístico, famosa por sus mercados flotantes —Cai Rang a la cabeza—, sus homestays entre canales, sus huertos de frutas, sus pagodas jemeres y su vida sobre el agua. La cultura del delta, con su música don ca tai tu (Patrimonio Inmaterial de la Unesco), su cocina fluvial y su carácter hospitalario, atrae a viajeros que buscan la Vietnam rural y auténtica.
Pero el delta afronta amenazas serias que ponen en juego su futuro. El cambio climático y la subida del nivel del mar provocan la intrusión de agua salada en los arrozales; las numerosas represas construidas río arriba, sobre todo en China y Laos, reducen el caudal y el sedimento fértil que el Mekong arrastraba hasta el delta; y la extracción de arena y el hundimiento del terreno agravan la erosión. Muchos científicos advierten de que buena parte del delta podría quedar bajo el agua en las próximas décadas si no se toman medidas. La supervivencia de esta tierra de nueve dragones, que alimenta a Vietnam, es hoy uno de los grandes desafíos ambientales del país.