Todo empieza con una tumba. En el siglo I, la colina vaticana, en la orilla derecha del Tíber, era una zona de las afueras de Roma ocupada por jardines, un circo mandado construir por Calígula y Nerón —donde según la tradición fueron martirizados muchos cristianos tras el incendio de Roma del año 64— y una necrópolis, un cementerio pagano de calles de pequeños mausoleos. En algún punto de esa ladera, hacia el año 64 o 67, habría sido enterrado Pedro, el pescador de Galilea a quien los evangelios presentan como el primero de los apóstoles y a quien Jesús, según el relato, llamó 'la piedra' sobre la que edificaría su Iglesia.
Durante los primeros dos siglos, en tiempos de persecución, esa tumba fue un lugar de veneración discreta para los cristianos de Roma. Hacia el año 160 se levantó sobre ella un pequeño monumento, el llamado 'Trofeo de Gayo', mencionado por las fuentes antiguas. La memoria de que Pedro estaba enterrado exactamente allí se transmitió de generación en generación, y sería ese recuerdo el que, siglos más tarde, decidiría el emplazamiento de la mayor iglesia de la cristiandad, en un sitio incómodo —una ladera que hubo que nivelar— solo porque la tradición insistía en que el apóstol yacía justo debajo.
En el siglo XX, entre 1939 y 1950, excavaciones ordenadas por el papa Pío XII sacaron a la luz esa antigua necrópolis bajo la basílica y el monumento sobre la tumba. En 1968, Pablo VI anunció que se habían identificado unos restos óseos que la investigación consideraba, con razonable probabilidad, los del apóstol. Ese nivel arqueológico es hoy la Necrópolis (Scavi), que se visita con reserva y guía.
El punto de inflexión llegó con Constantino, el primer emperador que legalizó y protegió el cristianismo. Hacia el año 319-333, Constantino ordenó levantar sobre la tumba de Pedro una gran basílica, que la historia conoce como la 'antigua San Pedro' o basílica constantiniana. Fue una obra monumental: para construirla hubo que rebanar parte de la colina y enterrar buena parte de la necrópolis pagana, respetando siempre el punto exacto de la tumba, que quedó bajo el altar. Era una basílica de cinco naves, precedida de un gran atrio, con capacidad para miles de peregrinos.
Durante más de mil años, esta basílica fue uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad. Allí, en la Navidad del año 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador, un hecho decisivo de la historia europea. Generaciones de papas, emperadores y reyes fueron enterrados o coronados entre sus muros, que se fueron cubriendo de mosaicos, capillas y monumentos.
Pero con los siglos el edificio se deterioró: los muros se inclinaban, las estructuras amenazaban ruina y el estilo paleocristiano había quedado anticuado frente al esplendor del Renacimiento. A finales del siglo XV, el papa Nicolás V ya pensó en renovarla. La decisión radical, sin embargo, la tomaría a comienzos del siglo XVI un papa de enorme ambición: Julio II resolvió demoler la venerable basílica de Constantino y construir en su lugar una nueva, la más grande jamás vista. No todos estuvieron de acuerdo: derribar mil años de historia sagrada fue una decisión polémica.
El 18 de abril de 1506, el papa Julio II colocó la primera piedra de la nueva Basílica de San Pedro, según el proyecto de Donato Bramante, el gran arquitecto del Renacimiento. Bramante concibió un edificio de planta central en forma de cruz griega (con los cuatro brazos iguales) coronado por una enorme cúpula inspirada en el Panteón de Roma. Su ambición era tal que empezó a demoler la vieja basílica con tanta energía que le valió el apodo de 'Maestro Ruinante'. A su muerte, en 1514, la obra apenas estaba comenzada.
Le siguieron algunos de los mayores artistas de la época. Rafael tomó las riendas y propuso alargar la planta en forma de cruz latina; luego intervinieron Baldassare Peruzzi y Antonio da Sangallo el Joven, cada uno con su propio proyecto, en un vaivén de ideas que se prolongó décadas. El giro decisivo llegó en 1547, cuando el papa Pablo III puso al frente de la obra a Miguel Ángel, ya con más de 70 años. Miguel Ángel volvió a la idea de planta central de Bramante, simplificó y unificó el diseño y proyectó la gran cúpula que corona el edificio: una obra maestra de ingeniería, de doble casco, inspirada en la de Brunelleschi en Florencia pero más alta y esbelta.
Miguel Ángel murió en 1564 sin ver terminada su cúpula, que estaba levantada solo hasta el tambor. La remataron sus discípulos Giacomo della Porta y Domenico Fontana, que la cerraron en 1590 bajo el papa Sixto V, elevándola algo más de lo previsto. Con unos 136 metros de altura hasta la cruz, sigue siendo la cúpula más alta del mundo y el símbolo inconfundible de Roma en el horizonte.
En el siglo XVII, la Iglesia de la Contrarreforma quiso una basílica que impresionara y acogiera a las multitudes, y eso reabrió el viejo debate entre planta central y planta de cruz latina. Ganó la cruz latina: el papa Pablo V encargó a Carlo Maderno alargar el edificio con una gran nave hacia la entrada y levantar la monumental fachada, terminada hacia 1614-1626. Esa prolongación tiene una consecuencia curiosa que se nota al visitarla: desde la plaza, la larga nave 'esconde' en parte la cúpula de Miguel Ángel, que solo se ve entera desde lejos. El 18 de noviembre de 1626, el papa Urbano VIII consagró solemnemente la nueva basílica, 120 años después de colocada la primera piedra.
El artista que le dio a San Pedro su alma barroca fue Gian Lorenzo Bernini, escultor y arquitecto genial que trabajó allí durante décadas. Suyo es el Baldacchino, el colosal dosel de bronce de casi 30 metros sobre el altar papal (1623-1634); suya es la Cátedra de San Pedro, el trono dorado envuelto en una gloria de luz al fondo del ábside (1657-1666); y suya, sobre todo, es la gran columnata elíptica que abraza la Plaza de San Pedro, uno de los espacios urbanos más perfectos jamás diseñados.
Con Bernini, la basílica y su plaza quedaron concebidas como una gran escenografía religiosa, pensada para conmover al fiel y proclamar la grandeza de la Iglesia. El resultado es la obra colectiva de más de un siglo y medio de trabajo, en la que se sucedieron papas, arquitectos y estilos, del Renacimiento pleno al Barroco triunfante.
Con la creación del Estado de la Ciudad del Vaticano en 1929, mediante los Pactos de Letrán firmados entre la Santa Sede y el Estado italiano, la basílica quedó dentro de un Estado soberano, el más pequeño del mundo, aunque físicamente sigue rodeada por Roma. Desde entonces, San Pedro es el gran escenario de la vida de la Iglesia Católica: allí se celebran las grandes liturgias de Navidad y Pascua, las canonizaciones, los funerales de los papas y las misas de inicio de pontificado. En su plaza, cada miércoles, el Papa da la Audiencia General, y cada domingo reza el Ángelus.
La basílica ha sido testigo de momentos que marcaron la historia contemporánea: el Concilio Vaticano II, inaugurado en su interior en 1962; el largo pontificado de Juan Pablo II y el atentado que sufrió en la plaza en 1981; y las grandes concentraciones de fieles y turistas que, sobre todo en los Años Santos o Jubileos, llenan la explanada. No es solo un monumento: es un templo vivo, en uso permanente, lo que obliga a respetar el silencio, el recogimiento y el código de vestimenta al visitarla.
En 1984, la Unesco inscribió la Ciudad del Vaticano —con la basílica, la plaza, los palacios y los Museos— en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo su valor artístico y espiritual único. Cada año, decenas de millones de peregrinos y visitantes de todo el planeta cruzan sus puertas. Pocos edificios condensan tanto: sobre la humilde tumba de un pescador de Galilea se levanta la mayor iglesia del cristianismo, fruto del genio de Bramante, Rafael, Miguel Ángel y Bernini, y símbolo de veinte siglos de historia religiosa y artística.