El propio nombre encierra una promesa: Sukhothai significa, en sánscrito y pali, algo así como 'el amanecer de la felicidad'. Y para la historia tailandesa, este lugar es efectivamente un amanecer: el del primer gran reino considerado propiamente tai. Antes del siglo XIII, los pueblos de habla tai que habían ido migrando hacia el sur desde el actual sur de China vivían bajo la sombra de imperios más poderosos, sobre todo el jemer de Angkor, que dominaba buena parte de la región desde Camboya.
Hacia 1238, según la tradición, dos jefes tai locales, Pho Khun Bang Klang Hao y Pho Khun Pha Mueang, se rebelaron contra un gobernador jemer y lograron expulsar su autoridad de la zona, fundando un reino independiente. El primero fue coronado con el nombre de Sri Indraditya y se convirtió en el fundador de la dinastía Phra Ruang, la casa reinante de Sukhothai. Nacía así un Estado gobernado por los propios tai, que echaría las raíces de una nueva civilización.
En sus inicios, Sukhothai era un reino modesto, apenas una ciudad-estado rodeada de otras. Pero su ubicación en la fértil llanura del río Yom, su independencia recién ganada y, sobre todo, la llegada al trono de un rey excepcional en la generación siguiente, lo transformarían en poco tiempo en el corazón de una edad dorada que los tailandeses recuerdan hasta hoy con una mezcla de orgullo y nostalgia.
La figura que define a Sukhothai y que ocupa un lugar sagrado en la memoria tailandesa es el rey Ramkhamhaeng el Grande, tercer soberano de la dinastía, que reinó aproximadamente entre 1279 y 1298. Bajo su gobierno, el pequeño reino se expandió enormemente mediante alianzas y conquistas, hasta ejercer influencia sobre un vasto territorio que llegaba, según los relatos, hasta zonas del actual Laos, Birmania y la península malaya. Fue el apogeo del poder de Sukhothai.
Pero la fama de Ramkhamhaeng se debe sobre todo a su obra cultural. La tradición le atribuye la creación, en 1283, del alfabeto tailandés, adaptando escrituras de origen indio para representar los sonidos de la lengua tai: de él descienden, en línea directa, las letras que los tailandeses usan hoy. También impulsó el budismo Theravada, la rama que había llegado desde Sri Lanka y que se convertiría en la religión mayoritaria del país, y mantuvo relaciones con la China de los mongoles, de donde, se dice, llegaron los artesanos que enseñaron a fabricar la célebre cerámica de Sukhothai.
Su reinado quedó plasmado en la llamada Inscripción de Ramkhamhaeng, una estela de piedra descubierta en el siglo XIX y considerada el texto más antiguo de la literatura tailandesa. En ella se describe un reino idealizado, justo y próspero, con la famosa frase que evoca la abundancia: 'en el agua hay peces, en los campos hay arroz'. Se cuenta que el rey había colgado una campana a la puerta de su palacio para que cualquier súbdito con una queja pudiera hacerla sonar y ser escuchado. Real o embellecida, esa imagen de un buen rey y un reino feliz es el corazón del mito de Sukhothai.
El reino de Sukhothai no solo dejó una organización política y una escritura: dejó, sobre todo, uno de los estilos artísticos más admirados de Asia. La escultura budista de Sukhothai se considera la cima del arte tailandés, un momento de gracia difícil de igualar. Sus imágenes de Buda tienen rasgos inconfundibles: rostros ovalados y serenos, con una leve sonrisa; cuerpos esbeltos y fluidos; hombros anchos y cinturas estrechas; y una llama que se eleva sobre la cabeza (el 'ushnisha'), símbolo de la iluminación.
La gran creación original de esta época es el 'Buda caminante' (walking Buddha): una figura de Buda en movimiento, con un pie adelantado y una mano levantada, de líneas suaves y casi ingrávidas, que transmite una elegancia y una espiritualidad únicas. No existía nada igual en el arte budista anterior; fue una invención de los escultores de Sukhothai que sigue asombrando por su modernidad. También es típica de aquí la estupa (chedi) en forma de capullo de loto, un remate arquitectónico esbelto y puntiagudo que no se ve en otros estilos tailandeses.
A todo esto se suma la cerámica 'sangkhalok', producida en los hornos de Sukhothai y Si Satchanalai, con sus característicos esmaltes y motivos, que se exportaba por todo el sudeste asiático y llegaba hasta Japón, Filipinas e Indonesia. El arte de Sukhothai, con su serenidad y su equilibrio, se convirtió en el modelo ideal de la belleza budista tailandesa, imitado durante siglos. Recorrer el parque histórico es, en buena medida, recorrer un museo al aire libre de esa edad de oro artística.
El esplendor de Sukhothai fue tan brillante como relativamente breve. Tras la muerte de Ramkhamhaeng, hacia fines del siglo XIII, el reino entró en un lento declive. Sus sucesores, aunque algunos fueron reyes cultos y devotos (como Lithai, gran promotor del budismo y autor de un célebre tratado religioso), no lograron mantener la cohesión del vasto territorio que Ramkhamhaeng había reunido más por alianzas personales que por instituciones sólidas. Los reinos y ciudades que le habían jurado lealtad se fueron independizando.
Mientras Sukhothai se debilitaba, más al sur crecía un nuevo poder pujante: el reino de Ayutthaya, fundado hacia 1350. Ayutthaya, con su posición estratégica sobre los ríos, su vocación comercial y su ambición, fue eclipsando poco a poco a la vieja capital. A lo largo del siglo XIV, Sukhothai pasó de ser un reino independiente a un Estado vasallo y, finalmente, a comienzos del siglo XV, quedó plenamente absorbido como una provincia más del reino de Ayutthaya.
La antigua capital perdió importancia política, y con el tiempo la propia ciudad se fue despoblando y trasladando a un emplazamiento cercano (el origen de la Sukhothai moderna). Las ruinas de la vieja Sukhothai quedaron abandonadas entre la vegetación durante siglos. Pero, a diferencia de lo que ocurriría con Ayutthaya, su final no fue el de un saqueo violento, sino el de una lenta absorción: por eso muchos de sus templos y esculturas se conservaron relativamente bien, esperando a ser redescubiertos.
Durante siglos, las ruinas de la vieja Sukhothai permanecieron semiocultas por la selva. Fue en el siglo XX, sobre todo a partir de los años sesenta y setenta, cuando el Estado tailandés emprendió un ambicioso programa de restauración, apuntalando estupas, despejando templos y creando el Parque Histórico que hoy conocemos. La operación tenía también un fuerte sentido simbólico: recuperar Sukhothai era reafirmar el mito fundacional de la nación tailandesa, la idea de un origen glorioso, budista y armonioso.
En 1991, la Unesco inscribió Sukhothai y las ciudades históricas asociadas —Si Satchanalai y Kamphaeng Phet— en la lista del Patrimonio Mundial, reconociendo el valor universal de aquel primer gran centro del arte y la cultura tai. El parque, cuidado como un jardín, con sus estanques de lotos y sus budas serenos, se convirtió en uno de los destinos históricos más queridos del país, más apacible y menos masificado que Ayutthaya por estar más lejos de Bangkok.
Sukhothai conserva, además, un lugar especial en el calendario emocional de Tailandia: la tradición sitúa aquí el origen del festival de Loy Krathong, la fiesta en que se sueltan al agua pequeñas balsas con velas y flores para pedir perdón a la diosa del agua y dejar ir lo malo. Cada noviembre, el parque histórico se llena de luces, faroles y espectáculos entre las ruinas reflejadas en los estanques. Así, siete siglos después de aquel 'amanecer de la felicidad', Sukhothai sigue siendo para los tailandeses mucho más que un conjunto de piedras: es el recuerdo vivo de donde empezó todo.