Phuket no siempre se llamó así, ni fue siempre una isla de turistas. Durante siglos, los navegantes y cartógrafos extranjeros la conocieron con un nombre curioso: Junk Ceylon, una deformación europea del término malayo 'Ujung Salang', que designaba la punta de la isla. Situada frente a la costa oeste de la península malaya, en el Mar de Andamán, Phuket era una escala conocida en las antiguas rutas comerciales que unían la India, Arabia, China y el archipiélago malayo a través del océano Índico.
Mercaderes indios, árabes, chinos, malayos y, más tarde, europeos (portugueses, holandeses, ingleses, franceses) recalaron en sus costas a lo largo de los siglos, atraídos por su posición estratégica y por sus recursos. Entre esos recursos, uno destacaba por encima de todos y marcaría el destino de la isla: el estaño. Bajo su suelo, Phuket guardaba ricos yacimientos de este metal, muy demandado, que ya en época temprana atrajeron el interés de comerciantes y potencias extranjeras.
Antes de la llegada masiva de pobladores, la isla estuvo habitada por pueblos del mar, como los chao ley (moken y urak lawoi), marineros seminómadas del Andamán, y por comunidades malayas y tai. Phuket era, en esos siglos, una tierra de frontera y de paso: un punto en el mapa de las grandes rutas marítimas, codiciado por su estaño y su ubicación, pero todavía lejos de la prosperidad y la fama que le esperaban.
El episodio más glorioso de la historia de Phuket ocurrió en 1785, en el marco de las guerras entre Siam y Birmania que asolaron la región tras la caída de Ayutthaya. Ese año, una flota birmana desembarcó en la isla, entonces conocida como Thalang, dispuesta a conquistarla. La ciudad se encontraba en una situación crítica: su gobernador acababa de morir y no había un jefe militar claro para organizar la defensa frente al ejército invasor.
En ese vacío surgieron dos mujeres extraordinarias: Chan, la viuda del gobernador fallecido, y su hermana Mook. Lejos de rendirse, las dos hermanas asumieron el liderazgo, reunieron y armaron a la población, y organizaron la resistencia. Según la tradición, recurrieron incluso a ardides ingeniosos —como disfrazar a mujeres de soldados para simular un ejército más numeroso— para engañar y desmoralizar a los birmanos. Tras semanas de asedio, los invasores, agotados y sin provisiones, se retiraron. Thalang se había salvado.
En reconocimiento a su hazaña, el rey Rama I les concedió títulos honoríficos: Chan pasó a ser Thao Thep Krasattri y Mook, Thao Si Sunthon. Hoy son veneradas como heroínas nacionales, y su gesta se conmemora con el célebre Monumento a las Dos Heroínas (Heroines' Monument), una estatua en una rotonda del centro de la isla que las muestra empuñando las armas. La historia de Chan y Mook es uno de los grandes orgullos de Phuket y un símbolo de la resistencia de la isla frente a las invasiones.
El verdadero motor que transformó a Phuket fue el estaño. A lo largo del siglo XIX, la creciente demanda mundial de este metal, impulsada por la industrialización, desató en la isla una auténtica fiebre minera. Los ricos yacimientos de Phuket atrajeron capital, tecnología y, sobre todo, mano de obra: decenas de miles de inmigrantes chinos, en su mayoría del sur de China (de la región de Fujian y del mundo hokkien), llegaron para trabajar en las minas y hacer fortuna.
Muchos de esos inmigrantes prosperaron y se convirtieron en poderosos empresarios mineros y comerciantes. Se casaron con mujeres locales y dieron origen a una cultura mestiza fascinante: la cultura peranakan o 'baba', mezcla de lo chino con lo malayo y lo tailandés, con su propia gastronomía, su vestimenta, sus creencias y su estilo de vida. Su huella más visible es la arquitectura sino-portuguesa del casco antiguo de Phuket Town: hileras de mansiones y shophouses (casas-tienda) de fachadas pastel, columnas y persianas, que los magnates del estaño construyeron en su época de esplendor y que hoy son el rincón con más encanto de la isla.
De aquella época dorada quedan también las grandes familias chino-tailandesas que aún marcan la vida de Phuket, los templos chinos y las tradiciones, como el intenso Festival Vegetariano (Vegetarian Festival) que cada año, en septiembre u octubre, llena las calles de procesiones y rituales de origen chino. El estaño convirtió a Phuket, durante más de un siglo, en una de las zonas más ricas de Siam, y sembró la identidad multicultural que todavía la distingue.
El siglo XX trajo un cambio de época para Phuket. Durante sus primeras décadas, el estaño siguió siendo el corazón de la economía, con grandes dragas y minas explotando el subsuelo de la isla. Pero la caída de los precios internacionales del metal y el agotamiento de los yacimientos, hacia la segunda mitad del siglo, pusieron fin a la era minera. Phuket necesitaba reinventarse, y encontró su nuevo destino en algo que había tenido siempre delante: sus playas.
A partir de los años 70 y 80, los primeros viajeros —muchos de ellos mochileros que recorrían el sudeste asiático— empezaron a descubrir las playas paradisíacas de la costa oeste de la isla, con su arena blanca y sus aguas turquesas. La construcción del aeropuerto y la mejora de las conexiones aceleraron el proceso, y en pocas décadas Phuket se transformó de isla del estaño en el gran destino de playa de Tailandia, con hoteles, resorts, restaurantes y una industria turística que hoy es su principal fuente de riqueza. Playas como Patong pasaron de ser tranquilas ensenadas a epicentros del turismo internacional.
Esa transformación tuvo luces y sombras: enorme prosperidad y fama mundial, pero también desarrollo desordenado, presión sobre el medio ambiente y las tensiones propias del turismo masivo. Aun así, Phuket supo conservar, junto a las playas, su patrimonio: el casco antiguo sino-portugués, los templos, la cultura peranakan y las tradiciones de su pasado minero, que hoy conviven con los resorts como capas de una misma y rica historia.
El 26 de diciembre de 2004, la historia reciente de Phuket quedó marcada por una tragedia. Un terremoto submarino de enorme magnitud frente a la costa de Sumatra (Indonesia) generó un tsunami que se propagó por todo el océano Índico y golpeó con fuerza las costas del Mar de Andamán, entre ellas las de Phuket y las vecinas provincias de Phang Nga y Krabi. Las olas gigantes arrasaron playas, hoteles y pueblos costeros, causando decenas de miles de muertos en toda la región —turistas y habitantes locales— y una destrucción inmensa.
Phuket sufrió duramente en sus playas de la costa oeste, y el desastre dejó una herida profunda en la isla y en toda la comunidad del Andamán. La reconstrucción, sin embargo, fue notablemente rápida: con ayuda nacional e internacional, y con el impulso de una población resiliente, la isla se recuperó en relativamente pocos años, reconstruyó su infraestructura turística y recuperó a los visitantes. La catástrofe también dejó lecciones y mejoras en los sistemas de alerta temprana de tsunamis en la región.
Hoy Phuket es una de las islas turísticas más famosas del mundo y el gran destino de playa de Tailandia, que recibe cada año a millones de visitantes. En ella conviven, como en capas, todos sus pasados: los pueblos del mar y las rutas del Índico, la heroica defensa de Thalang, la fiebre del estaño y la cultura peranakan del casco antiguo, la reinvención turística y la memoria del tsunami. Esa mezcla de historia, culturas y paisajes es, más allá de las playas, lo que hace de Phuket un lugar mucho más rico y profundo de lo que su fama de destino de sol sugiere.