El espectáculo de la bahía de Phang Nga —esas torres de roca que brotan verticales del mar— es el resultado de una historia geológica de cientos de millones de años. La piedra caliza que forma las islas se originó en el fondo de mares tropicales cálidos, a partir de la acumulación de esqueletos de corales, conchas y organismos marinos que, comprimidos durante eras, se convirtieron en roca. Buena parte de esa caliza tiene una antigüedad que se remonta a la era Paleozoica, hace en torno a 300 millones de años.
Más tarde, los movimientos de las placas tectónicas —los mismos que levantaron el sudeste asiático y modelaron la península— elevaron esas capas de caliza por encima del nivel del mar y las fracturaron. Entonces entró en acción la erosión: la lluvia, ligeramente ácida, y el agua fueron disolviendo lentamente la roca caliza, un proceso llamado 'karstificación' que a lo largo de milenios excavó cuevas, túneles, arcos y las lagunas interiores conocidas como 'hong'. Cuando el nivel del mar subió tras las glaciaciones, el agua inundó los valles y dejó solo las cumbres más resistentes asomando: las islas-torre que hoy vemos.
Ese mismo proceso sigue vivo. Muchas de las cuevas marinas por las que hoy se navega en kayak solo son accesibles con determinada marea, y las lagunas escondidas dentro de las islas son cámaras naturales que la erosión abrió en el corazón de la roca. La bahía es, en cierto sentido, un laboratorio geológico a cielo abierto, un paisaje kárstico entre los más espectaculares del planeta, que comparte origen con los karsts de la vecina Krabi y de Phi Phi.
La bahía de Phang Nga no solo guarda un tesoro geológico, sino también huellas humanas de una antigüedad notable. En las paredes de varias de sus islas de caliza y en abrigos rocosos se han encontrado pinturas rupestres: figuras de personas, animales (peces, delfines, cocodrilos, aves), manos y trazos que pobladores antiguos dibujaron sobre la roca hace miles de años. Uno de los conjuntos más conocidos está en la isla de Khao Khian ('la montaña de las escrituras'), donde las pinturas parecen representar escenas de pesca y embarcaciones.
Estas pinturas son testimonio de que la bahía estuvo habitada o frecuentada por comunidades humanas desde tiempos prehistóricos, probablemente grupos que vivían del mar y aprovechaban las cuevas como refugio y como espacio ritual. Para aquellos pobladores, las islas-torre no eran una atracción turística sino un entorno cotidiano lleno de recursos —pesca, mariscos, aves, cuevas— y, a la vez, un paisaje cargado de significado, como sugieren las imágenes pintadas en la roca.
Esa presencia antigua enlaza con la larga historia de los pueblos del mar del Andamán —los 'chao ley'— y con las comunidades pesqueras que, mucho después, seguirían habitando estas aguas. La bahía de Phang Nga es, así, un lugar donde la escala del tiempo geológico y la del tiempo humano se cruzan: torres de roca de cientos de millones de años decoradas, en algunos rincones, con los dibujos de quienes las contemplaron hace milenios.
Uno de los capítulos humanos más fascinantes de la bahía es el de sus comunidades pesqueras musulmanas, y en particular el del pueblo flotante de Koh Panyee. La tradición local cuenta que Koh Panyee fue fundado hace más de dos siglos por familias de pescadores de origen malayo-indonesio que llegaron navegando desde el sur en busca de nuevos caladeros. Al encontrar esta isla de roca en el corazón de la bahía, decidieron establecerse a sus pies, construyendo sus casas sobre pilotes en el agua porque apenas había terreno firme donde asentarse.
De aquellas primeras familias surgió, con el tiempo, un pueblo entero levantado sobre el mar, con mezquita, escuela, tiendas y viviendas conectadas por pasarelas de madera. La comunidad, musulmana y de habla mixta, ha vivido durante generaciones de la pesca y, más recientemente, del turismo que llega a la bahía. Es un ejemplo vivo de cómo los seres humanos se adaptan a un entorno tan singular como este, haciendo del agua su calle y su plaza.
Koh Panyee forma parte de un mundo más amplio de comunidades del mar del Andamán: los pueblos pesqueros malayos de la costa y los 'chao ley' (urak lawoi y moken), los gitanos del mar que durante siglos recorrieron estas aguas de forma seminómada. Toda la provincia de Phang Nga, con su importante población musulmana, refleja esa herencia de una región de frontera entre el mundo tailandés budista y el mundo malayo del estrecho de Malaca. La vida sobre el agua de Koh Panyee es, en el fondo, la prolongación moderna de una relación milenaria entre estas gentes y el mar.
Más allá de la bahía y sus islas, la provincia de Phang Nga tuvo durante mucho tiempo otra fuente de riqueza que marcó su historia: la minería del estaño. Como buena parte del sur de Tailandia y de la vecina Malasia, esta región es rica en depósitos de estaño, un metal muy demandado a nivel mundial (para soldaduras, hojalata y conservas, entre otros usos). Desde el siglo XIX, la explotación del estaño atrajo capital, tecnología y trabajadores —muchos de ellos inmigrantes chinos— a las provincias del Andamán, incluida Phang Nga.
La minería, tanto en tierra como con dragas en el mar y los ríos, transformó la economía y el paisaje de la región, y contribuyó a la mezcla de poblaciones (tailandeses, chinos, malayos) que caracteriza al sur. La cercana Phuket debe buena parte de su desarrollo histórico y de su arquitectura sino-portuguesa precisamente a la época dorada del estaño, y Phang Nga participó de ese mismo ciclo económico.
Con el declive del precio del estaño en el mundo durante el siglo XX y el agotamiento de muchos yacimientos, la minería fue perdiendo peso, y el sur del Andamán encontró en el turismo su nueva gran fuente de ingresos. Hoy quedan pocas huellas visibles de aquella actividad para el visitante, pero forma parte del trasfondo histórico que explica por qué esta región, antes remota, se fue integrando en las redes económicas nacionales e internacionales mucho antes de la llegada de los primeros turistas.
El gran salto de la bahía de Phang Nga a la fama mundial llegó en 1974, cuando el equipo de la película 'El hombre de la pistola de oro' ('The Man with the Golden Gun'), de la saga de James Bond protagonizada por Roger Moore, eligió el islote de Ko Tapu y la isla de Khao Phing Kan como escenario de la guarida del villano Scaramanga. Las imágenes de aquel pináculo solitario emergiendo del mar dieron la vuelta al planeta, y desde entonces la 'isla de James Bond' se convirtió en un imán turístico que atrae a multitudes cada día.
Ese mismo éxito trajo, con el tiempo, problemas de conservación: la enorme afluencia de barcos y visitantes empezó a dañar el entorno y a erosionar el propio Ko Tapu. En 1981, para proteger este patrimonio, se creó el parque nacional Ao Phang Nga, que abarca la mayor parte de la bahía, sus islas, sus cuevas y uno de los bosques de manglar mejor conservados de Tailandia. Con los años se han ido aplicando medidas de protección, como la prohibición de acercar los barcos al pináculo de Ko Tapu.
Hoy la bahía de Phang Nga es uno de los grandes atractivos naturales del sur de Tailandia, visitada por multitudes que llegan en tours desde Phuket y Krabi. Convive el turismo masivo de la isla de James Bond con propuestas más pausadas y sostenibles, como el turismo comunitario de Koh Yao Noi o la exploración en kayak de las cuevas. El desafío, como en toda la costa de Andamán, es preservar un paisaje excepcional y las comunidades que lo habitan frente a la presión de su propia popularidad: lograr que la bahía siga asombrando, como lo hace desde hace 300 millones de años, también a las generaciones futuras.