Mucho antes de que su nombre quedara asociado a la Segunda Guerra Mundial, la región de Kanchanaburi fue durante siglos una zona de frontera y de paso entre los reinos del centro de Tailandia y el mundo birmano, al otro lado de las montañas. Por sus valles y desfiladeros discurrían rutas comerciales y, también, los caminos por los que los ejércitos birmanos y siameses se invadieron mutuamente una y otra vez a lo largo de la historia. Era una tierra estratégica, montañosa y en buena parte cubierta de selva.
Su pasado se remonta aún más atrás. En Prasat Muang Sing, a orillas del río Kwae Noi, se conservan las ruinas de un puesto avanzado del Imperio jemer de Angkor, del siglo XIII, consideradas uno de los vestigios jemeres más occidentales que se conocen: una prueba de hasta dónde llegó la influencia del gran imperio camboyano. La zona tuvo también actividad minera y pequeños asentamientos a lo largo de los siglos.
La Kanchanaburi moderna como ciudad fue reorganizada en el siglo XIX, en tiempos de la dinastía Chakri, por su valor como plaza fronteriza. Pero seguía siendo, hasta mediados del siglo XX, una región remota y poco poblada, de clima duro y selva espesa. Nadie podía imaginar que esas mismas montañas y esa misma selva se convertirían, en apenas unos años, en el escenario de uno de los episodios más trágicos de la guerra en Asia.
Al estallar la guerra del Pacífico, en diciembre de 1941, el ejército imperial japonés avanzó a gran velocidad por el sudeste asiático. Tailandia, en una posición difícil, firmó una alianza con Japón que le permitió a este usar su territorio como base y vía de paso. Japón había conquistado Birmania (la actual Myanmar) y necesitaba abastecer a sus tropas allí, pero la ruta marítima alrededor de la península malaya era larga y quedaba expuesta a los submarinos y la aviación aliada.
La solución que decidió el alto mando japonés fue construir una línea férrea que uniera Tailandia con Birmania a través de las montañas, siguiendo aproximadamente el valle del río Kwae Noi. El proyecto —unos 415 kilómetros de vía a través de selvas, ríos y terreno abrupto— era de una enorme dificultad. Ingenieros británicos habían estudiado antes una ruta parecida y la habían descartado por demasiado costosa en vidas. Japón decidió, sin embargo, llevarla a cabo, y en el menor tiempo posible.
Las obras comenzaron en 1942. Para completarlas a marchas forzadas, el ejército japonés recurrió a dos grandes grupos de mano de obra sometida: por un lado, decenas de miles de prisioneros de guerra aliados capturados en la caída de Singapur, Java y otros frentes; por otro, un número mucho mayor de trabajadores civiles asiáticos reclutados, muchas veces con engaños o por la fuerza, en Malasia, Birmania, Indonesia y otros territorios ocupados. Sobre sus cuerpos se levantaría lo que la historia conocería como el 'Ferrocarril de la Muerte'.
La construcción del ferrocarril, entre 1942 y 1943, se cobró un precio humano terrible. Se calcula que unos 60.000 prisioneros de guerra aliados —británicos, australianos, neerlandeses, algunos estadounidenses y otros— y más de 200.000 trabajadores forzados asiáticos (los llamados 'romusha') fueron obligados a trabajar en la línea. Lo hicieron en condiciones extremas: jornadas agotadoras bajo el sol o la lluvia del monzón, sin herramientas adecuadas, mal alimentados, sin atención médica suficiente y sometidos a castigos y malos tratos.
A la dureza del trabajo se sumaron las enfermedades que asolaban los campamentos de la selva: cólera, disentería, malaria, beriberi y úlceras tropicales, que se propagaban entre cuerpos debilitados por el hambre. Los tramos más difíciles, donde había que excavar la roca a mano para abrir paso a la vía, fueron los más letales. Uno de ellos, un profundo desfiladero, recibió el nombre de Hellfire Pass ('Paso del Fuego del Infierno') por el aspecto espectral que tenía de noche, cuando se obligaba a los prisioneros a trabajar sin descanso a la luz de las antorchas para cumplir los plazos.
Cuando la línea se terminó, a fines de 1943, había costado la vida de unos 12.000 prisioneros de guerra y de un número mucho mayor de trabajadores asiáticos, cuya cifra exacta nunca se estableció con certeza pero que se cuenta en decenas de miles. La expresión con que se recuerda esta obra es tan sobria como exacta: se dice que murió aproximadamente una persona por cada durmiente de la vía. Detrás de cada cifra hubo vidas concretas, jóvenes en su mayoría, arrancados de sus hogares y sometidos a un sufrimiento extremo.
El ferrocarril funcionó durante los últimos años de la guerra, transportando tropas y suministros hacia el frente birmano, aunque sufrió bombardeos aliados que buscaban cortar la línea; en uno de ellos resultó dañado el puente sobre el río, que luego sería reconstruido. Para los prisioneros que sobrevivieron a la construcción, el suplicio no terminó ahí: muchos siguieron cautivos en condiciones penosas hasta el final del conflicto.
La guerra terminó en agosto de 1945 con la rendición de Japón. Los prisioneros supervivientes fueron liberados, y comenzó la difícil tarea de recuperar y honrar a los muertos. Los restos de los prisioneros de guerra aliados dispersos a lo largo de la línea fueron trasladados a cementerios cuidados, principalmente el de Kanchanaburi (Don Rak) y el de Chungkai, gestionados por la Commonwealth War Graves Commission, donde reposan hoy. Buena parte del trazado del ferrocarril, considerado inservible o demasiado costoso de mantener, fue desmantelado tras la guerra; solo se conserva en uso un tramo desde Kanchanaburi hasta Nam Tok.
Después del conflicto, algunos de los responsables japoneses y de los guardias implicados en malos tratos a los prisioneros fueron juzgados por crímenes de guerra, y varios recibieron condenas. Con el tiempo, el lugar se convirtió también en un espacio de reflexión y, en cierto modo, de reconciliación: supervivientes de distintos bandos regresaron a Kanchanaburi, y la memoria de lo ocurrido pasó a preservarse con un espíritu de respeto a las víctimas y de advertencia sobre los horrores de la guerra.
La imagen de Kanchanaburi llegó al gran público a través de la cultura popular: la novela francesa de Pierre Boulle y, sobre todo, la película 'El puente sobre el río Kwai' (1957), ganadora de varios premios Óscar. Conviene recordar que se trata de una obra de ficción, con una trama y unos personajes en buena parte inventados, y que en su momento generó incluso cierta confusión con el nombre del río. La historia real fue mucho más dura y menos épica que la del cine, y para conocerla de verdad hay que acudir a los testimonios y a los lugares.
Hoy, Kanchanaburi conserva la memoria de aquellos hechos con seriedad y cuidado. El Cementerio de Guerra de Kanchanaburi (Don Rak), con casi 7.000 tumbas, y el de Chungkai son lugares sobrios y conmovedores, mantenidos con esmero. El Thailand-Burma Railway Centre, junto al cementerio principal, documenta con rigor la construcción de la línea y sus consecuencias humanas. Y el memorial de Hellfire Pass, gestionado con apoyo del gobierno australiano, permite recorrer a pie el desfiladero excavado a mano y comprender, con recogimiento, lo que allí ocurrió.
Este peso histórico convive, en la provincia, con la belleza serena de su naturaleza: las cataratas de Erawan, los parques nacionales, los ríos y las montañas. Esa doble condición —lugar de memoria y de paisaje— hace de Kanchanaburi un destino singular, que pide al visitante una actitud doble: la contemplación agradecida de la naturaleza y el respeto silencioso ante el recuerdo de quienes sufrieron y murieron aquí. Visitarla con esa conciencia es la mejor forma de honrar su historia.