En el otro sur, el que da al golfo de Tailandia, las islas tienen una historia muy distinta a la de la costa de Andamán. Koh Samui, Koh Phangan y Koh Tao formaron durante siglos un pequeño archipiélago aislado, alejado de las rutas de poder y prácticamente autosuficiente. Se cree que estuvieron habitadas desde antiguo, pero su población moderna se consolidó sobre todo con la llegada de comerciantes y colonos chinos, en particular hainaneses, que se asentaron en Samui a partir del siglo XIX.
Ese aislamiento fue casi total hasta bien entrado el siglo XX. Koh Samui no tuvo una carretera que rodeara la isla hasta la década de 1970; hasta entonces cruzarla podía llevar un día entero por senderos en la selva, y el contacto con el continente se hacía por barco, a merced del monzón. Los isleños vivían de espaldas al Estado, en comunidades pesqueras y agrícolas budistas de vida sencilla.
Esa condición apartada, que durante generaciones fue sinónimo de pobreza y olvido, es hoy parte de su atractivo. Cuando el turismo llegó, primero de la mano de mochileros aventureros y después en forma masiva, encontró unas islas que hasta hacía poco habían vivido en otro tiempo. Entender ese pasado reciente de aislamiento ayuda a explicar el contraste, a veces brutal, entre la vida tradicional y los resorts que hoy conviven en el golfo.
Durante más de un siglo, la economía de Koh Samui giró en torno a un solo producto: el coco. La isla se cubrió de cocoteros, y sus cocos, embarcados hacia Bangkok, fueron su principal fuente de riqueza. Todavía hoy se la apoda la 'isla del coco', y una de sus estampas más curiosas es el uso tradicional de monos amaestrados —macacos— entrenados para trepar a las palmeras y arrancar los frutos, una práctica que se mantuvo durante generaciones.
El giro hacia el turismo empezó en los años setenta, cuando los primeros mochileros llegaron atraídos por sus playas vírgenes de Chaweng y Lamai, y se alojaban en cabañas rústicas por unas pocas monedas. La apertura del aeropuerto de la isla en 1989 —un aeropuerto privado, con arquitectura tropical— aceleró todo: Samui pasó de refugio alternativo a destino de resorts y hoteles de lujo en apenas dos décadas.
Hoy Koh Samui es la isla más desarrollada del golfo, con su Gran Buda dorado, sus templos, su vida nocturna y su aeropuerto propio. La transformación tuvo su costo —urbanización intensa, presión sobre el agua y el medio ambiente—, pero bajo la capa turística sobreviven los cocotales, los pueblos de pescadores y una identidad isleña que precede en mucho a la llegada del primer turista.
La más pequeña de las tres islas principales, Koh Tao —'la isla de la tortuga', por su forma y por las tortugas que anidaban en sus playas—, tiene un pasado sorprendente. Entre los años treinta y cuarenta funcionó como colonia penal: allí se enviaba a presos políticos y comunes desde la prisión de la isla de Tarutao. Aislados, con suministros escasos y rodeados de aguas peligrosas, los reclusos sobrevivían con dificultad. En 1947, tras una amnistía real, todos fueron devueltos al continente y la isla quedó de nuevo casi deshabitada.
Durante décadas, Koh Tao fue poco más que un puñado de familias de pescadores y cultivadores de coco. Su renacimiento llegó por debajo del agua: a partir de los años ochenta y noventa, los buceadores descubrieron que sus aguas cálidas, poco profundas y transparentes eran ideales para aprender submarinismo. La isla se especializó por completo.
Hoy Koh Tao es uno de los lugares del mundo donde más gente saca su título de buceo, con decenas de escuelas y precios bajos que atraen a viajeros de todo el planeta. Es un caso extremo de reinvención: de colonia penal olvidada a una economía enteramente volcada a mostrar el mundo submarino del golfo. Ese éxito trajo también presión turística y episodios que dañaron su imagen, pero no cambiaron su condición de capital del buceo tailandés.
Entre Samui y Koh Tao está Koh Phangan, una isla más selvática y menos urbanizada que su vecina, con calas escondidas y montañas cubiertas de jungla. Pero su fama mundial no le viene de su naturaleza, sino de una fiesta: la Full Moon Party, la celebración nocturna que se hace en la playa de Haad Rin con cada luna llena y que atrae a miles de personas.
Sus orígenes son modestos y algo míticos. La versión más difundida sitúa la primera fiesta hacia 1985, en un grupo de bungalows de Haad Rin; otras versiones la remontan a 1983, como agradecimiento improvisado a un puñado de viajeros. Lo cierto es que, a fines de los años ochenta, pequeños grupos de mochileros empezaron a reunirse en la playa las noches de luna llena, y el boca a boca entre viajeros de todo el sudeste asiático fue transformando aquellos encuentros informales en una tradición nocturna recurrente.
Con el tiempo, la Full Moon Party se convirtió en un fenómeno de masas y en parte central de la economía de la isla, con luces, música y multitudes internacionales. También trajo problemas —seguridad, drogas, basura, tensión con la comunidad local—, y muchos viajeros buscan hoy el otro Koh Phangan, el del norte tranquilo, las playas selváticas y una escena de retiros de yoga y bienestar. La isla vive esa doble identidad: la fiesta más famosa del sudeste asiático y, a pocos kilómetros, la calma que la hizo atractiva en primer lugar.
Las islas del golfo comparten un rasgo que las diferencia de la costa de Andamán: su calendario. El monzón funciona al revés en las dos costas del sur, de modo que cuando Andamán recibe lluvias y mar de fondo, el golfo suele estar más calmo, y viceversa. La mejor temporada de una es la peor de la otra, algo que marcó siempre la vida de pescadores y agricultores y que hoy organiza también las temporadas turísticas.
A diferencia del extremo sur peninsular, de mayoría malaya y musulmana, estas islas y su provincia continental, Surat Thani, son de mayoría budista y de cultura tai, con grandes templos y una fuerte tradición religiosa. En tierra firme, la ciudad de Chaiya conserva vestigios del reino de Srivijaya, la gran talasocracia malayo-budista que dominó el comercio marítimo del sudeste asiático entre los siglos VII y XIII, recordatorio de que estas aguas fueron rutas comerciales mucho antes que destinos de playa.
Frente a las islas se extiende además el parque nacional marino de Ang Thong, un archipiélago de más de cuarenta islotes de piedra caliza, lagunas escondidas y aguas protegidas que inspiró en parte la novela en la que se basó la película 'La Playa'. Entre el monzón, los templos y los parques marinos, el golfo ofrece una cara del sur tailandés distinta a la de Andamán: igual de bella, pero con su propio ritmo y su propia historia.