El nombre con el que el mundo conoce a esta ciudad, Bangkok, probablemente derive de 'Bang Makok', que en tailandés significa algo así como 'la aldea de las ciruelas silvestres' (o de los olivos de agua): un modesto poblado a orillas del río Chao Phraya. Los propios tailandeses, en cambio, la llaman Krung Thep, abreviatura de un nombre ceremonial larguísimo que suele traducirse como 'la ciudad de los ángeles'. Antes de convertirse en capital, este recodo del río era apenas un puesto aduanero y comercial, protegido por un pequeño fuerte, en la ruta que subía desde el golfo de Tailandia hacia el interior.
Durante siglos, el corazón del reino de Siam no estuvo aquí, sino más al norte, en la deslumbrante Ayutthaya, una de las mayores y más ricas ciudades del mundo en su apogeo. Pero en 1767, tras años de guerras, el ejército del reino birmano tomó y arrasó Ayutthaya: la saquearon, incendiaron sus templos y palacios y deportaron a buena parte de su población. La caída de la vieja capital fue una catástrofe que dejó al reino descabezado y al borde de la desintegración.
De ese desastre surgió un líder militar, Taksin, que reunió a las fuerzas siamesas, expulsó a los birmanos y reunificó el país en pocos años. Taksin estableció una nueva capital en Thonburi, en la orilla oeste del Chao Phraya, justo enfrente de donde hoy está el centro histórico de Bangkok. Su reinado fue breve y turbulento, y terminó en 1782 con su derrocamiento. Con él se cerró un capítulo y se abrió otro: el de la ciudad que cambiaría para siempre el mapa de Siam.
En 1782, un general llamado Chao Phraya Chakri se hizo con el poder tras la caída de Taksin y se coronó como rey con el nombre de Rama I, fundando la dinastía Chakri, que reina en Tailandia hasta el día de hoy. Una de sus primeras grandes decisiones fue trasladar la capital de la orilla oeste (Thonburi) a la orilla este del Chao Phraya, un terreno que consideró más defendible y con mejor futuro. Allí, sobre lo que sería la isla de Rattanakosin —rodeada por el río y por canales excavados a propósito—, mandó levantar una ciudad a la altura del prestigio perdido de Ayutthaya.
Rama I quiso que la nueva Bangkok fuera una recreación de la esplendorosa Ayutthaya. Ordenó construir el Gran Palacio y, dentro de él, el Wat Phra Kaew, el templo destinado a albergar el Buda Esmeralda, la imagen más venerada del país, que se convirtió en el corazón espiritual del reino. Se cavaron canales concéntricos que rodeaban la ciudad como fosos defensivos y servían de vías de transporte, y la población se movía en barcas: por eso los viajeros europeos la bautizaron 'la Venecia de Oriente'.
Bangkok nació, así, como capital de un reino que se estaba reconstruyendo tras el trauma de la invasión birmana. Los reyes Chakri de esta primera etapa —Rama I, II y III— consolidaron el territorio, restauraron el arte, la literatura y las leyes, reconstruyeron los templos y sentaron las bases de la ciudad-Estado que llegaría al siglo XIX como una de las potencias del sudeste asiático.
El siglo XIX fue la época en que las potencias europeas se repartieron casi todo el sudeste asiático: los británicos tomaron Birmania y Malasia, los franceses la Indochina (Vietnam, Camboya, Laos). Siam quedó en el medio, rodeado de colonias. Y sin embargo —caso único en la región— nunca fue colonizado. Esa supervivencia se debió en buena parte a la hábil diplomacia de dos reyes excepcionales que gobernaron desde Bangkok.
El primero fue Mongkut (Rama IV, que reinó entre 1851 y 1868), un rey culto que antes de subir al trono había pasado décadas como monje budista, hablaba latín e inglés y se interesaba por la ciencia occidental. Abrió Siam al comercio y a la diplomacia con Occidente, firmando tratados que evitaron el enfrentamiento directo con las potencias. Su figura, deformada y romantizada, inspiró el musical y la película 'El rey y yo', una versión que en Tailandia se considera irrespetuosa y está prohibida.
Su hijo, Chulalongkorn (Rama V, 1868-1910), es recordado como uno de los grandes reyes reformadores. Abolió la esclavitud de forma gradual, modernizó la administración, el ejército, las finanzas y la educación, construyó ferrocarriles y trajo la electricidad y los tranvías a Bangkok. Viajó a Europa, negoció con firmeza y cedió algunos territorios periféricos para preservar la independencia del núcleo del reino. Bajo su reinado, Bangkok se transformó: se abrieron amplias avenidas, se levantaron palacios de estilo europeo y la ciudad empezó a dejar atrás su imagen exclusivamente fluvial. El culto a Chulalongkorn sigue vivo: cada 23 de octubre, aniversario de su muerte, los tailandeses le rinden homenaje.
El siglo XX cambió profundamente a Bangkok y a todo el país. En 1932, un golpe pacífico protagonizado por un grupo de militares y civiles formados en Occidente puso fin a siglos de monarquía absoluta y estableció una monarquía constitucional: el rey pasó a reinar sin gobernar. En 1939, el país cambió oficialmente su nombre de Siam a Tailandia ('tierra de los libres'). A partir de entonces, la política tailandesa quedó marcada por una larga sucesión de gobiernos civiles y golpes militares que se repitieron a lo largo de todo el siglo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Tailandia quedó bajo la influencia del Japón imperial, que la usó como base y ruta hacia Birmania (fue en la provincia de Kanchanaburi donde los prisioneros aliados construyeron, en condiciones terribles, el tristemente célebre 'ferrocarril de la muerte'). Tras la guerra, y durante la Guerra Fría, Bangkok se convirtió en un aliado clave de Estados Unidos en la región, sobre todo durante la guerra de Vietnam, cuando la ciudad recibió a miles de soldados estadounidenses de permiso, lo que impulsó tanto su economía como algunos de los aspectos más sombríos de su vida nocturna.
A partir de los años sesenta y setenta, Bangkok vivió una explosión de crecimiento. Los canales que le habían dado su fama de 'Venecia de Oriente' se fueron rellenando para construir avenidas y dar paso al automóvil; la ciudad se llenó de rascacielos, fábricas y barrios que crecían sin planificación. La población se multiplicó con la llegada de gente del campo en busca de trabajo, y con ella llegaron también los problemas de una megaciudad: el tránsito caótico, la contaminación y las inundaciones.
La Bangkok del siglo XXI es una de las grandes megaciudades del planeta y uno de los destinos turísticos más visitados del mundo, que en varios rankings ha llegado a encabezar la lista de ciudades con más llegadas internacionales. Es el motor económico de Tailandia —concentra buena parte del PIB del país— y un centro financiero, comercial y cultural de todo el sudeste asiático. Sus rascacielos, sus shopping malls gigantescos, su tren elevado (BTS) y su subte (MRT) conviven con los templos dorados, los monjes de túnica azafrán que salen al amanecer a pedir limosna y las ofrendas de flores y comida en las 'casas de los espíritus' que hay en cada esquina.
Esa mezcla es, quizá, lo más fascinante de la ciudad: la modernidad más frenética junto a una religiosidad budista profundamente arraigada. La monarquía sigue siendo una institución central y muy respetada —protegida, además, por severas leyes de 'lesa majestad'—, y la figura del rey ocupa un lugar simbólico enorme en la vida del país. La política tailandesa del siglo XXI ha seguido siendo turbulenta, con protestas masivas, golpes militares y tensiones que a menudo tuvieron a las calles de Bangkok como escenario.
Hoy Bangkok combina, con una naturalidad desconcertante, la pobreza y la riqueza, la tradición y el neón, la espiritualidad y el hedonismo. Es una ciudad que puede resultar agotadora, pero que atrapa: por su comida callejera reconocida entre las mejores del mundo, por la amabilidad de su gente (el famoso 'país de las sonrisas'), por sus templos y por esa energía inagotable a orillas del Chao Phraya. Sigue siendo, dos siglos y medio después de Rama I, el corazón palpitante de Tailandia.