Hay algo casi vertiginoso en pararse frente al Marina Bay Sands y pensar que todo ese suelo, hace cincuenta años, estaba bajo el agua. El terreno donde hoy se levantan el hotel-ícono, los Gardens by the Bay, el ArtScience Museum y buena parte del distrito financiero no existía: era mar. Marina Bay es, literalmente, tierra fabricada, uno de los mayores proyectos de relleno costero de la historia de Singapur y el mejor símbolo de cómo esta ciudad-Estado se inventó a sí misma.
Singapur es una isla diminuta —apenas 730 km²— sin recursos naturales, sin espacio y, durante mucho tiempo, sin agua potable propia suficiente. Desde su independencia en 1965, una de sus obsesiones fue ganar terreno al mar para crecer. A lo largo de las décadas, el país amplió su superficie en más de un 20% rellenando costas con arena traída de otros lugares. El plan para la nueva bahía frente al centro empezó a gestarse en los años setenta: se rellenaría el frente marítimo del sur para crear suelo donde expandir el corazón financiero y, con el tiempo, un flamante distrito de ocio, cultura y turismo.
El Merlión, esa criatura mitad león y mitad pez que hoy escupe agua frente al skyline, es más viejo que la bahía misma. Fue diseñado en 1964 como emblema de la naciente industria turística, inspirado en dos ideas: 'Singapura', la 'ciudad del león' del sánscrito, y el antiguo poblado pesquero de Temasek, la 'ciudad del mar'. La estatua original se inauguró en 1972 en la desembocadura del río Singapur y, en 2002, fue trasladada a su ubicación actual, en el Merlion Park, para que mirara hacia la nueva Marina Bay.
Para entender por qué existe Marina Bay hay que remontarse a la desembocadura que tiene a pocos metros: el río Singapur. En 1819, un funcionario de la Compañía Británica de las Indias Orientales llamado Thomas Stamford Raffles desembarcó en la isla, entonces un modesto asentamiento bajo la órbita del sultanato de Johor, y firmó un tratado para establecer un puesto comercial británico. Raffles vio lo que otros no habían visto: la posición estratégica de la isla en el estrecho de Malaca, la ruta marítima por la que pasaba buena parte del comercio entre China, la India y Europa.
Su gran apuesta fue declarar Singapur puerto libre, sin impuestos de aduana, en una época en que casi todos los puertos cobraban gravámenes. La decisión fue un imán: en pocos años, comerciantes chinos, indios, árabes, malayos, bugis y europeos acudieron en masa, y la aldea se transformó en una ciudad portuaria vibrante y multiétnica. Raffles trazó además un plan urbano que separaba la ciudad en barrios según las comunidades —el origen de los actuales Chinatown, Little India y Kampong Glam—, una organización cuyas huellas siguen vivas hoy.
El río Singapur fue durante más de un siglo el corazón económico de la colonia: sus orillas se llenaron de almacenes (godowns), muelles y barcazas cargadas de especias, caucho, estaño y mercancías. La antigua oficina de correos, hoy el lujoso Fullerton Hotel, se levanta junto a esa desembocadura, en el límite mismo de la actual Marina Bay. La bahía moderna es, en cierto sentido, la prolongación natural de aquella vocación portuaria y comercial que Raffles encendió en 1819.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Singapur creció como una de las joyas del Imperio británico en Asia: un puerto cosmopolita y próspero, cabecera de los Asentamientos del Estrecho. Su prosperidad, sin embargo, se apoyaba en un orden colonial rígido y en el trabajo de miles de inmigrantes y trabajadores contratados llegados de China y la India en condiciones muy duras.
La Segunda Guerra Mundial marcó un quiebre traumático. En febrero de 1942, el ejército japonés conquistó Singapur en pocos días, en lo que el primer ministro británico Winston Churchill llamó 'el peor desastre' de la historia militar británica. La ciudad fue rebautizada 'Syonan-to' ('luz del sur') y vivió tres años y medio de ocupación durísima. El episodio más sombrío fue la operación Sook Ching, en la que las fuerzas japonesas ejecutaron a miles de civiles de la comunidad china sospechosos de resistencia. La caída de la 'fortaleza inexpugnable' rompió para siempre el mito de la invencibilidad británica y despertó el sentimiento de que Singapur debía decidir su propio destino.
Tras la guerra, el camino hacia la autonomía se aceleró. Singapur obtuvo el autogobierno en 1959, se integró brevemente a la Federación de Malasia en 1963 y, tras dos años de tensiones políticas y étnicas, fue expulsada de la federación en 1965. Así, casi por accidente y contra su voluntad, la pequeña isla se convirtió en un país independiente el 9 de agosto de 1965: un Estado diminuto, sin recursos, con vecinos poderosos y un futuro más que incierto.
La historia de la Singapur moderna —y, con ella, la de Marina Bay— es inseparable de un nombre: Lee Kuan Yew. Primer ministro entre 1959 y 1990, fue el arquitecto del extraordinario despegue de la ciudad-Estado, un proceso que él mismo resumió en el título de sus memorias: 'De tercer mundo a primer mundo'. En apenas una generación, Singapur pasó de ser un puerto pobre y superpoblado, con barrios miserables y sin recursos, a convertirse en una de las economías más ricas y ordenadas del planeta.
El modelo combinó una apertura decidida al comercio y la inversión extranjera, una administración pública eficiente y de baja corrupción, fuerte inversión en vivienda social (hoy la enorme mayoría de los singapurenses vive en departamentos del Estado), educación y salud, y una planificación urbana obsesiva. También, un control político y social estricto, con un partido dominante —el PAP— en el poder desde entonces, límites a la libertad de prensa y a la oposición, y un régimen de leyes severas que le valió el apodo, entre elogioso y crítico, de 'la Disney con pena de muerte'.
Otra de las grandes apuestas de Lee fue convertir a Singapur en una 'ciudad-jardín': llenar de árboles y verde una metrópolis densa para hacerla habitable y atractiva. Esa visión, sostenida durante décadas, es la que décadas más tarde daría frutos tan espectaculares como los Supertrees de Gardens by the Bay. Y fue también bajo esa lógica de planificación a largo plazo que, ya en el siglo XXI, el gobierno decidió coronar la nueva bahía ganada al mar con un proyecto que pusiera a Singapur en el mapa mundial del turismo.
A comienzos de los años 2000, Singapur enfrentaba un dilema: era rica y ordenada, pero corría el riesgo de parecer aburrida frente a rivales asiáticos como Hong Kong, Bangkok o Kuala Lumpur. El gobierno decidió jugar fuerte y, tras un intenso debate interno, tomó una medida largamente resistida por razones morales: permitir la construcción de casinos, dentro de grandes complejos de ocio llamados 'integrated resorts'. La condición era que fueran mucho más que casinos: hoteles, centros de convenciones, museos, teatros, tiendas y atracciones que transformaran la ciudad en un destino de talla mundial.
El elegido para coronar la nueva bahía fue el Marina Bay Sands, diseñado por el arquitecto israelí-canadiense Moshe Safdie e inaugurado en 2010: tres torres de 55 pisos unidas en lo alto por el SkyPark, una plataforma con forma de barco de más de 340 metros de largo que aloja la piscina infinita más famosa del planeta. A su lado surgieron el ArtScience Museum con forma de flor de loto y, poco después, los Gardens by the Bay con sus Supertrees. En 2008 se había completado, además, la Marina Barrage, una represa que cerró la desembocadura y convirtió la bahía salada en un embalse de agua dulce, ayudando a resolver el viejo problema del agua.
En apenas unos años, Marina Bay se convirtió en la imagen misma de Singapur: la que aparece en las postales, en las películas y en el imaginario global. Es un escenario perfectamente planificado, tal vez demasiado pulido para algunos, pero también una proeza de ingeniería, diseño y ambición. Cada noche, cuando se encienden las luces y arranca el show Spectra sobre el agua, la bahía cuenta sin palabras la historia de un país minúsculo que, sin tener casi nada, decidió construirse un futuro —y hasta la tierra sobre la que apoyarlo— con sus propias manos.