La presencia india en Singapur es tan antigua como la propia ciudad colonial. Cuando Stamford Raffles desembarcó en 1819 para fundar el puesto comercial británico, lo acompañaban ya soldados 'sepoys' indios y asistentes del subcontinente, porque Singapur dependía administrativamente de la India británica, gobernada desde Calcuta. Desde el primer momento, entonces, los indios formaron parte de la historia de la ciudad, y su comunidad crecería hasta convertirse en una de las tres grandes que definen la identidad multicultural de Singapur, junto a la china y la malaya.
Durante el siglo XIX llegaron indios de muy distintos orígenes y por distintas vías. Muchos vinieron como trabajadores contratados ('indentured labourers') para la construcción de caminos, edificios, canales y el puerto; otros como comerciantes, prestamistas (los 'chettiars'), soldados, policías o funcionarios de la administración colonial. Los británicos también trajeron a Singapur presidiarios indios, cuyo trabajo forzado levantó muchos de los edificios emblemáticos de la ciudad, incluida la catedral de St Andrew. La mayoría de los inmigrantes procedían del sur de la India y eran tamiles, lo que explica por qué el tamil es hoy uno de los idiomas oficiales de Singapur y por qué la cultura del sur domina en Little India.
Aquellos primeros indios se dispersaron por varias zonas de la ciudad, cerca de sus trabajos. Little India, tal como lo conocemos, tardaría aún unas décadas en tomar forma alrededor de un negocio muy concreto: el ganado.
A diferencia de Chinatown, que Raffles asignó de entrada a la comunidad china en su plano, Little India se formó de manera más orgánica, y por una razón muy práctica: el ganado. Hacia mediados del siglo XIX, la zona de Serangoon Road, entonces en las afueras de la ciudad, se convirtió en el centro de la cría y el comercio de vacas y del negocio relacionado. Los corrales, los mataderos y los hornos de cal (que usaban huesos y conchas) atrajeron a numerosos trabajadores indios, muchos de ellos tamiles, expertos en el manejo del ganado.
Alrededor de esa actividad fue creciendo una comunidad: los trabajadores necesitaban viviendas, comercios, lugares de culto y comida de su tierra, y así surgieron las tiendas, los templos hindúes, los puestos de especias y las casas que dieron forma al barrio. Serangoon Road se convirtió en su columna vertebral. Con el tiempo, la actividad ganadera se trasladó a otras zonas por razones sanitarias y de espacio, pero la comunidad india ya había echado raíces firmes, y el barrio siguió siendo su corazón.
Durante décadas, Little India fue un barrio de trabajadores, con sus shophouses, sus corrales convertidos en comercios y su intensa vida callejera. Templos como el Sri Veeramakaliamman, dedicado a la feroz diosa Kali, se levantaron para dar consuelo y cohesión a una comunidad de inmigrantes lejos de casa. El barrio conservó siempre un aire más popular y bullicioso que otras zonas de la ciudad, una identidad que mantiene hasta hoy.
La religión fue, como en Chinatown, el eje de la vida de la comunidad. Little India se organizó alrededor de sus templos hindúes, que eran mucho más que lugares de culto: puntos de encuentro, ayuda mutua y afirmación de identidad para los inmigrantes. El Sri Veeramakaliamman, uno de los más antiguos, dedicado a Kali, fue fundado por trabajadores tamiles a mediados del siglo XIX y sirvió de refugio incluso durante la Segunda Guerra Mundial. El Sri Srinivasa Perumal, dedicado a Vishnu y declarado monumento nacional, es otro de los grandes templos del barrio.
La diversidad religiosa de la comunidad india se refleja en el barrio: junto a los templos hindúes hay mezquitas como la bellísima Abdul Gafoor (de la comunidad musulmana india), templos budistas como el Sakya Muni Buddha Gaya ('el templo de las mil luces') e iglesias, testimonio de que 'indio' nunca significó una sola religión. Esa convivencia de credos, en pocas cuadras, es una constante de los barrios de Singapur.
Los grandes festivales marcan el calendario de Little India y lo convierten en el epicentro de las celebraciones de toda la ciudad. Deepavali, el festival hindú de las luces (entre octubre y noviembre), llena Serangoon Road de arcos luminosos espectaculares y mercados especiales. Thaipusam (enero-febrero) trae una de las procesiones más sobrecogedoras que pueden verse en Singapur, con devotos que cargan 'kavadis' sujetos al cuerpo con ganchos, en cumplimiento de promesas, recorriendo kilómetros en una impresionante demostración de fe. En esos días, el barrio muestra su alma más intensa.
Como el resto de Singapur, Little India atravesó las grandes sacudidas del siglo XX: la colonia próspera, la traumática ocupación japonesa de 1942-1945 y la independencia de 1965, seguida de una modernización acelerada bajo Lee Kuan Yew. Muchas de las shophouses del barrio se degradaron con el tiempo y, como en Chinatown, estuvieron en riesgo de demolición durante las décadas de furia renovadora.
En los años ochenta prevaleció la decisión de conservar: Little India fue declarado zona de conservación y sus shophouses y templos fueron restaurados, reconociendo su valor histórico y cultural. El barrio mantuvo así su carácter, aunque con el inevitable componente turístico. A diferencia de otras zonas más 'aburguesadas', Little India conservó su función como centro real de la vida de la comunidad india y, sobre todo, como punto de reunión de los cientos de miles de trabajadores migrantes del sur de Asia que sostienen la construcción y los servicios de Singapur, que cada domingo llenan sus calles en su día libre.
Esa realidad social salió a la luz en diciembre de 2013, cuando el barrio fue escenario del primer gran disturbio en Singapur en más de cuarenta años: la muerte de un trabajador indio atropellado por un autobús desató una noche de violencia con centenares de trabajadores migrantes involucrados. El episodio, excepcional en un país acostumbrado al orden, obligó a Singapur a mirar de frente las condiciones y tensiones de su enorme mano de obra extranjera, un debate que sigue vigente y del que Little India, como su gran punto de encuentro, es escenario central.
El Little India de hoy es, para muchos, el barrio más auténtico y vibrante de Singapur: el que conserva mejor una vida propia, más allá del turismo. Sus calles siguen oliendo a especias y a guirnaldas de flores, sus templos siguen llenos de fieles, su mercado del Tekka sigue siendo un hervidero, y el Mustafa Centre sigue vendiendo de todo a cualquier hora del día o de la noche. En una ciudad famosa por su orden impecable, Little India ofrece una dosis bienvenida de caos, color y espontaneidad.
Es también un espejo de la Singapur multicultural. La comunidad india representa alrededor de un 9% de la población del país, una minoría relativamente pequeña pero central en la identidad nacional: el tamil es idioma oficial, Deepavali es feriado nacional y figuras de origen indio han ocupado los más altos cargos del Estado, incluida la presidencia. Little India es el corazón visible de esa comunidad y el lugar donde su cultura se vive con más intensidad.
Recorrer Little India es asomarse a esa parte esencial de Singapur que a veces queda eclipsada por los rascacielos y los centros comerciales: la de los inmigrantes que, generación tras generación, aportaron su trabajo, su fe y su cultura a la construcción del país. Comer un thali sobre hoja de banano, ver el gopuram de un templo estallar en colores o pasear entre saris y guirnaldas al atardecer es una de las experiencias más genuinas y memorables que ofrece la ciudad-Estado.