Chinatown no surgió por casualidad, sino de un plano. Cuando el británico Thomas Stamford Raffles fundó el puesto comercial de Singapur en 1819 y lo declaró puerto libre, la aldea de pescadores se convirtió en pocos años en un imán para inmigrantes de toda Asia. Para ordenar aquel crecimiento explosivo, Raffles trazó hacia 1822 un plan urbano que dividía la ciudad en barrios según el origen de cada comunidad: a los europeos les asignó una zona, a los indios otra, a los malayos y árabes otra, y a los chinos —que pronto serían el grupo más numeroso— la orilla suroeste del río Singapur. Ese fue el germen de Chinatown.
La decisión de separar las comunidades respondía a la mentalidad colonial de la época, que buscaba controlar y clasificar a la población. Pero también reconocía una realidad: los inmigrantes tendían a agruparse por origen, dialecto y oficio, en busca de apoyo mutuo en una tierra extraña. Así, Chinatown se organizó desde el principio en torno a los templos, las casas de clan y las sociedades de ayuda de cada grupo dialectal chino: hokkien, teochew, cantoneses, hakka y hainaneses, cada uno con sus calles, sus dioses y sus especialidades.
Curiosamente, los chinos llamaban a la zona 'Niu Che Shui' ('agua del carro de bueyes'), porque el agua potable se transportaba en carretas tiradas por bueyes. El nombre 'Chinatown' es la etiqueta colonial en inglés. Desde el comienzo, entonces, el barrio fue a la vez chino en su población y colonial en su diseño, una mezcla que marcaría toda su historia.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, cientos de miles de inmigrantes chinos llegaron a Singapur huyendo de la pobreza, las hambrunas y las guerras del sur de China. Muchos vinieron como 'culíes', trabajadores contratados que viajaban en condiciones espantosas, hacinados en las bodegas de los barcos, y que llegaban endeudados con quienes les habían pagado el pasaje. En Singapur trabajaban descargando mercancías en los muelles del río, tirando de rickshaws, en la construcción o en las plantaciones, jornadas agotadoras bajo el calor por un salario mínimo.
La vida en Chinatown era durísima. Familias enteras y grupos de hombres solteros se apiñaban en las estrechas shophouses, en cubículos sin ventanas separados por tabiques, compartiendo cocinas y letrinas. Abundaban las casas de opio —una droga entonces legal y muy extendida—, el juego, la prostitución (muchas mujeres eran traídas engañadas o vendidas) y las 'sociedades secretas', mafias chinas que controlaban barrios y oficios y que protagonizaban violentas peleas territoriales.
En medio de esa dureza, las comunidades se organizaron para sobrevivir: crearon 'kongsi' (asociaciones de clan y de dialecto), templos, hospitales y escuelas que daban apoyo, techo, trabajo y un entierro digno a los suyos. El Chinatown Heritage Centre, hoy, recrea con crudeza esa vida cotidiana. Detrás de las bonitas fachadas restauradas que fotografían los turistas hubo generaciones de inmigrantes que dejaron la piel para construir, ladrillo a ladrillo, la ciudad próspera de hoy.
La religión fue el sostén de aquellas comunidades de inmigrantes, y por eso Chinatown está lleno de templos, cada uno con su historia. El más significativo es el Thian Hock Keng, el templo chino más antiguo de la ciudad, levantado por la comunidad hokkien en la década de 1840 en Telok Ayer Street. Hoy esa calle queda tierra adentro, pero en su origen daba directamente al mar: era la línea de costa donde desembarcaban los inmigrantes. Por eso el templo está dedicado a Mazu, la diosa del mar, y era el primer lugar donde los recién llegados iban a agradecer haber sobrevivido a la travesía.
La diversidad del barrio se refleja en que, a pocos metros de los templos chinos, conviven lugares de culto de otras religiones. El Sri Mariamman, fundado en 1827, es el templo hindú más antiguo de Singapur, con su torre 'gopuram' cubierta de dioses de colores. Cerca, en Telok Ayer, están la mezquita Al-Abrar y la Nagore Dargah, santuario de la comunidad musulmana del sur de la India. Que hindúes, musulmanes y chinos de distintos credos rezaran a pocos metros unos de otros, en pleno barrio chino, dice mucho sobre la Singapur multicultural que se estaba formando.
Ya en el siglo XXI se sumó el monumental Buddha Tooth Relic Temple, inaugurado en 2007 en estilo Tang, que guarda lo que se venera como un diente de Buda en una estupa de oro. Entre todos, los templos de Chinatown componen un mapa espiritual único, donde la fe fue a la vez consuelo, identidad y red de apoyo para quienes lo habían dejado todo atrás.
El siglo XX golpeó duro a Chinatown. Durante la ocupación japonesa (1942-1945), la comunidad china de Singapur sufrió especialmente: la operación Sook Ching, en la que las fuerzas japonesas ejecutaron a miles de civiles chinos sospechosos de resistencia, dejó una herida profunda en el barrio, que había sido un foco de apoyo a China frente a la invasión japonesa de su país de origen.
Tras la guerra y la independencia de 1965, el nuevo Estado singapurense emprendió una modernización acelerada. Muchos habitantes de las shophouses hacinadas de Chinatown fueron reubicados en los nuevos y modernos bloques de vivienda pública que el gobierno construía por toda la isla, con mejores condiciones. Fue un avance social enorme, pero vació al barrio de buena parte de su población original y de su vida callejera tradicional. Las viejas shophouses, degradadas, quedaron en el limbo, y durante un tiempo se pensó seriamente en demolerlas para levantar torres modernas, como se hizo en tantas otras zonas.
En los años ochenta, sin embargo, prevaleció otra idea: conservar. El gobierno declaró Chinatown zona de conservación y emprendió la restauración de sus shophouses y templos, reconociendo su valor histórico y turístico. Las fachadas de colores, los aleros, las contraventanas y los detalles ornamentales se recuperaron, y el barrio se reinventó como atracción cultural y gastronómica. Se salvó así un patrimonio único, aunque a costa de convertir buena parte del barrio en un escaparate para visitantes más que en un lugar de vida cotidiana.
El Chinatown de hoy es un barrio de contrastes fascinantes. En una misma cuadra conviven templos centenarios y bares de cócteles de moda, puestos de hierbas medicinales chinas y cafés de especialidad, hawker centres con platos de S$4 que tienen estrella Michelin y las torres de cristal del distrito financiero asomando por encima de los tejados. Es, a la vez, un museo vivo de la inmigración china, una de las mecas gastronómicas de Singapur y una zona de moda para salir.
La comunidad china es hoy la mayoritaria en Singapur (alrededor de tres cuartas partes de la población), pero pocos viven ya en Chinatown: el barrio es más un símbolo y un destino que un lugar de residencia masiva. Aun así, conserva una intensa vida propia en sus templos activos, sus mercados, sus casas de clan y, sobre todo, sus hawker centres, donde generaciones de cocineros mantienen vivos los sabores tradicionales. Cada Año Nuevo Chino, el barrio estalla en decoración roja y dorada y se convierte en el epicentro de las celebraciones de toda la ciudad.
Recorrer Chinatown es, en el fondo, recorrer los cimientos de Singapur. Aquí llegaron, sufrieron y prosperaron los inmigrantes que, con su trabajo, hicieron posible la próspera ciudad-Estado de hoy. Detrás de cada fachada de colores hay una historia de travesías, sacrificio y comunidad. Comer un plato de arroz con pollo en el Maxwell, encender un incienso en el Thian Hock Keng o mirar los cuartos diminutos del Heritage Centre es asomarse a esa historia: la de la gente común que construyó, sin saberlo, una de las ciudades más ricas del planeta.