La ciudad que el mundo conocería como Stalingrado y hoy como Volgogrado nació en 1589 con el nombre de Tsaritsyn. Fue fundada como una fortaleza en la orilla del bajo Volga, en la frontera meridional del Estado ruso, para proteger la ruta fluvial y las tierras del sur frente a las incursiones de los pueblos nómadas de la estepa. Su nombre no tenía relación con los zares: derivaba probablemente de un topónimo túrquico local ('Sary-su', 'agua amarilla', o similar), aunque el parecido con la palabra rusa para 'zarina' dio lugar a confusiones.
Situada en un punto donde el Volga se acerca al río Don, Tsaritsyn ocupaba un lugar estratégico para el comercio y las comunicaciones entre el Caspio, el Cáucaso y el corazón de Rusia. Durante los siglos XVII y XVIII fue escenario de las grandes revueltas cosacas y campesinas que sacudieron el sur del país, como las de Stenka Razin y Yemelián Pugachov, que llegaron a asediar o tomar la ciudad.
En el siglo XIX, con la llegada del ferrocarril y el auge de la navegación a vapor por el Volga, Tsaritsyn se transformó en una pujante ciudad comercial e industrial: puerto de grano, petróleo y madera, con fábricas metalúrgicas y aserraderos. A comienzos del siglo XX era ya un importante nudo de transporte y una de las ciudades de más rápido crecimiento del sur de Rusia.
La Revolución de 1917 y la guerra civil rusa golpearon con fuerza el bajo Volga. Tsaritsyn, por su valor estratégico como nudo de transporte y puerta hacia el Cáucaso y sus recursos, fue escenario de duros combates entre el Ejército Rojo y las fuerzas blancas entre 1918 y 1919. En la defensa bolchevique de la ciudad tuvo un papel destacado Iósif Stalin, entonces un dirigente en ascenso, encargado del abastecimiento y de la organización militar en la región.
Aquel protagonismo sería recordado años después: en 1925, ya consolidado el poder soviético y en pleno ascenso de Stalin dentro del Partido, la ciudad fue rebautizada Stalingrado ('ciudad de Stalin') en su honor. Fue una de las muchas localidades del país que adoptaron el nombre del líder durante el periodo del culto a la personalidad.
Bajo el nombre de Stalingrado, la ciudad se convirtió en un gran centro industrial del primer plan quinquenal soviético. Se levantaron enormes complejos fabriles, como la fábrica de tractores Dzerzhinski (que en tiempo de guerra produciría tanques), plantas metalúrgicas y químicas, y la población creció rápidamente con la llegada de obreros de todo el país. Stalingrado era, a comienzos de los años cuarenta, un símbolo de la industrialización soviética y una pieza clave de la economía del sur, extendida a lo largo de la orilla del Volga.
El nombre de Stalingrado quedó grabado para siempre en la historia universal por la batalla que se libró en la ciudad entre el 23 de agosto de 1942 y el 2 de febrero de 1943, uno de los enfrentamientos más largos, sangrientos y decisivos de la Segunda Guerra Mundial. Este relato se ofrece con sobriedad y sin sensacionalismo, por la magnitud de lo que representa.
En el verano de 1942, en su ofensiva hacia el Cáucaso y sus yacimientos de petróleo, la Alemania nazi lanzó al 6.º Ejército, al mando del general Friedrich Paulus, contra Stalingrado. La ciudad fue primero devastada por bombardeos aéreos que causaron enormes bajas civiles, y después convertida en un campo de batalla urbano. Durante meses se combatió calle por calle, casa por casa, e incluso planta por planta, en una lucha atroz por cada ruina, en la que edificios como la casa de Pávlov o la colina de Mamáyev Kurgán cambiaron de manos una y otra vez. Los defensores soviéticos, al mando de generales como Vasili Chuikov, resistieron aferrados a una estrecha franja junto a la orilla del Volga, abastecidos a duras penas cruzando el río bajo el fuego.
En noviembre de 1942, el Ejército Rojo lanzó la Operación Urano, una contraofensiva que rompió los flancos, más débiles, defendidos por tropas rumanas y otras del Eje, y cercó por completo al 6.º Ejército alemán dentro de la ciudad. Atrapadas, sin abastecimiento suficiente y en pleno invierno, las fuerzas cercadas se rindieron finalmente a principios de febrero de 1943; el propio Paulus, recién ascendido a mariscal, cayó prisionero. Las cifras de víctimas fueron colosales —cientos de miles de muertos, heridos y prisioneros en ambos bandos, además de la población civil—, lo que convierte a Stalingrado en una de las batallas más mortíferas de la historia.
Al terminar la batalla, Stalingrado era un océano de ruinas. Prácticamente ningún edificio había quedado en pie, y la población, que antes de la guerra rondaba el medio millón de habitantes, había quedado diezmada y dispersa. La reconstrucción de la ciudad se convirtió en una empresa gigantesca y simbólica: Stalingrado, junto a Coventry en Inglaterra, fue una de las primeras ciudades del mundo en establecer un hermanamiento internacional, precisamente como gesto de reconciliación entre pueblos que habían sufrido la destrucción de la guerra.
Durante los años cuarenta y cincuenta, la ciudad renació con la monumental arquitectura estalinista de posguerra: amplias avenidas, edificios con columnatas, la escalinata del malecón del Volga, la plaza de los Caídos. Se levantaron nuevas fábricas y barrios, y la población volvió a crecer. La ciudad se extendió, alargada, a lo largo de decenas de kilómetros junto al río.
En 1961, en el marco de la desestalinización impulsada por Nikita Jrushchov —el proceso de crítica y desmontaje del culto a Stalin iniciado tras la muerte del dictador en 1953—, la ciudad dejó de llevar su nombre. Pasó a llamarse Volgogrado, 'ciudad del Volga', un nombre geográfico y neutral. El cambio fue lógico dentro de aquella política, pero dejó una cierta incomodidad emocional: para muchos, sobre todo veteranos, el heroísmo y el sacrificio estaban ligados al nombre de Stalingrado, no al de la persona de Stalin.
La memoria de la batalla se materializó en uno de los conjuntos monumentales más impresionantes del mundo. Entre 1959 y 1967 se levantó en la colina de Mamáyev Kurgán —uno de los puntos más disputados de los combates— el gran complejo memorial 'A los héroes de la batalla de Stalingrado', obra del escultor Yevgueni Vuchétich y del ingeniero Nikolái Nikitin. El visitante asciende por una vía procesional jalonada de conjuntos escultóricos, muros con relieves, la plaza de los Héroes y la sala del honor militar con la llama eterna, hasta la cima.
Allí corona el conjunto 'La Madre Patria llama' (Ródina-mat zovyot), una figura femenina de 85 metros de altura que blande una espada y vuelve el rostro para llamar a sus hijos a la defensa de la patria. En el momento de su inauguración, en 1967, era la estatua exenta más alta del mundo, y sigue figurando entre las mayores; es también la escultura de una figura femenina más alta jamás construida. En la colina reposan los restos de decenas de miles de soldados, y allí está enterrado el mariscal Chuikov, uno de los defensores de la ciudad.
Otros lugares completan esta geografía de la memoria: el Museo-Panorama de la Batalla de Stalingrado, con su gran pintura circular; la casa de Pávlov, símbolo de la resistencia; y las ruinas conservadas del molino Guérhardt, dejadas a propósito tal como quedaron. Todo el centro de la ciudad es, en cierto modo, un memorial. Estos espacios se visitan con respeto y recogimiento, como corresponde a la magnitud de la tragedia que evocan.
La Volgogrado actual es una gran capital industrial y de transporte del sur de Rusia, con cerca de un millón de habitantes extendidos a lo largo de más de 80 kilómetros junto al Volga. Conserva su potente base industrial (metalurgia, química, maquinaria) y su papel como nudo entre el corazón ruso, el Cáucaso y el Caspio, reforzado por el canal Volga-Don, la obra hidráulica que en 1952 conectó por fin ambos ríos.
Su identidad, sin embargo, sigue girando en torno a la batalla. La ciudad es un destino de memoria histórica al que acuden visitantes de toda Rusia y del extranjero, y donde cada 2 de febrero (aniversario de la victoria en la batalla) y cada 9 de mayo (Día de la Victoria) se celebran solemnes conmemoraciones. Existe además un recurrente debate público sobre la posibilidad de devolver a la ciudad el nombre de Stalingrado, al menos de forma simbólica: en la práctica, en ciertas fechas conmemorativas la ciudad recupera oficialmente ese nombre durante unos días, una decisión que despierta emociones y polémicas dentro de la propia sociedad rusa, por la carga histórica del personaje de Stalin.
Para el viajero, Volgogrado es un lugar sobrio y sobrecogedor, que ayuda a comprender la escala del sufrimiento de la Segunda Guerra Mundial en el frente oriental y el modo en que Rusia recuerda aquella tragedia. Conviene reiterar, con la misma sobriedad, que en el contexto actual de guerra y sanciones internacionales viajar al país tiene restricciones reales, y que Volgogrado, en el sur, está relativamente cerca de la zona del conflicto; esta guía se ofrece con una intención estrictamente informativa e histórica, y sin desatender los avisos oficiales de viaje.