Pocas grandes ciudades del mundo tienen una fecha de nacimiento tan precisa y una voluntad fundadora tan clara. San Petersburgo no creció poco a poco de una aldea: nació de golpe, de la obsesión de un solo hombre. El 27 de mayo de 1703, en plena Gran Guerra del Norte contra Suecia, el zar Pedro el Grande fundó la fortaleza de Pedro y Pablo en una isla del delta del río Nevá, en un territorio pantanoso y helado recién arrebatado a los suecos, junto al mar Báltico. Allí decidió construir su nueva capital.
El objetivo de Pedro era estratégico y simbólico a la vez: dotar a Rusia de un puerto y una salida al mar hacia Europa, y crear una 'ventana a Occidente' que sacara al país de lo que él veía como el atraso y el aislamiento de la vieja Moscú. Quería una ciudad europea, moderna, planificada, con canales al estilo de Ámsterdam y palacios al estilo de las cortes occidentales. Trajo arquitectos italianos, franceses y alemanes, y obligó a nobles y comerciantes a mudarse allí.
El precio humano fue terrible. Decenas de miles de siervos y prisioneros fueron llevados a trabajar en condiciones atroces, drenando pantanos, hincando pilotes en el suelo blando y muriendo por miles de fiebres, frío y agotamiento; se dice que San Petersburgo es 'la ciudad construida sobre huesos'. Pero la voluntad del zar se impuso: en 1712 trasladó allí la capital del Imperio, arrebatándosela a Moscú, un rango que San Petersburgo conservaría durante más de dos siglos.
A lo largo del siglo XVIII, San Petersburgo se transformó en una de las capitales más deslumbrantes de Europa. Las emperatrices que sucedieron a Pedro la llenaron de palacios. La zarina Isabel encargó al arquitecto Bartolomeo Rastrelli el Palacio de Invierno, de estilo barroco, y los grandes palacios de los alrededores, como el de Catalina en Tsárskoye Seló. Catalina la Grande (1762-1796), soberana ilustrada y ambiciosa, dio a la ciudad un rostro neoclásico, fundó el museo del Hermitage comprando colecciones enteras de arte europeo y convirtió a Rusia en una potencia cultural.
En el siglo XIX, San Petersburgo fue el corazón político y cultural del Imperio. Se levantaron la enorme catedral de San Isaac y la columnata de Kazán; la avenida Nevski se llenó de vida; y la ciudad fue el escenario de la edad de oro de la literatura y la música rusas: por sus calles y en sus salones vivieron y crearon Pushkin —que murió en un duelo en 1837—, Gógol, Dostoievski, que ambientó aquí 'Crimen y castigo', y más tarde Chaikovski y los grandes del ballet.
Pero bajo el brillo hervía la tensión. En diciembre de 1825, un grupo de oficiales liberales, los 'decembristas', se sublevó en la plaza del Senado pidiendo una constitución; la revuelta fue aplastada y sus líderes ejecutados o desterrados a Siberia. En 1881, un grupo revolucionario asesinó con una bomba al zar Alejandro II —el que había abolido la servidumbre en 1861— junto a un canal del centro; sobre ese lugar se erigió la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada. La contradicción entre una capital fastuosa y una sociedad injusta empujaba hacia la revolución.
San Petersburgo fue el escenario donde se decidió el destino del siglo XX ruso. El 9 de enero de 1905, el 'Domingo Sangriento', la guardia imperial disparó contra una manifestación pacífica de obreros que se dirigían al Palacio de Invierno a entregar una petición al zar; la matanza encendió la Revolución de 1905, que obligó a Nicolás II a conceder un parlamento (la Duma).
La Primera Guerra Mundial hundió al Imperio. En 1914, en un arranque de patriotismo antialemán, la ciudad cambió su nombre germánico de San Petersburgo por el eslavo de Petrogrado. Pero el hambre, las derrotas militares y el descontento estallaron en febrero de 1917: manifestaciones y motines en Petrogrado forzaron la abdicación de Nicolás II y el fin de la monarquía de los Románov, que había reinado desde 1613. En octubre de ese mismo año (según el viejo calendario ruso), los bolcheviques de Lenin dieron un golpe de Estado y tomaron el poder: el asalto simbólico al Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional, se convirtió en el mito fundacional del régimen soviético.
En 1918, temiendo un ataque alemán sobre la ciudad, el gobierno bolchevique devolvió la capital a Moscú. Petrogrado perdió así el rango que Pedro le había dado dos siglos antes. En 1924, tras la muerte de Lenin, fue rebautizada Leningrado en su honor, nombre que llevaría durante casi siete décadas.
El episodio más trágico y definitorio de la historia moderna de la ciudad fue el sitio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los asedios más largos y mortíferos de la historia. Tras la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, las tropas de Hitler, con ayuda de las finlandesas, cercaron la ciudad en septiembre de 1941 y la mantuvieron bloqueada casi por completo hasta enero de 1944: unos 900 días.
El plan nazi no era tomar la ciudad al asalto, sino rendirla por hambre y arrasarla. Leningrado quedó aislada, sin apenas alimentos, combustible ni electricidad, bombardeada a diario. El invierno de 1941-1942 fue el más atroz: la ración de pan cayó a poco más de 100 gramos diarios, la gente moría de hambre y de frío por las calles, y se documentaron casos extremos de desesperación. La única vía de suministro y evacuación era la 'Ruta de la Vida', un camino tendido sobre el hielo del lago Ládoga en invierno, por el que entraban víveres y salían civiles bajo el fuego enemigo.
Las estimaciones de víctimas varían, pero se calcula que murieron en torno a un millón de civiles, la inmensa mayoría de hambre, además de los soldados caídos en la defensa. Pese a todo, la ciudad no se rindió: sus habitantes siguieron trabajando en las fábricas, y la Séptima Sinfonía de Shostakóvich, compuesta en parte durante el asedio y estrenada en la ciudad sitiada en 1942, se convirtió en un símbolo de resistencia. El cerco se rompió en enero de 1944. El sufrimiento y la entereza de Leningrado quedaron grabados para siempre en la memoria rusa; el cementerio de Piskariovskoye, donde reposan en fosas comunes cientos de miles de víctimas, es hoy un lugar de duelo nacional. Es una historia que conviene contar sin adornos: el asedio fue una atrocidad deliberada y una tragedia de proporciones inmensas.
Tras la guerra, Leningrado fue reconstruida y condecorada como 'Ciudad Héroe'. Sus palacios de los alrededores, saqueados y devastados por los nazis —Peterhof, el palacio de Catalina, cuya legendaria Sala de Ámbar desapareció durante el expolio—, fueron restaurados con paciencia de orfebre a lo largo de décadas. Durante el resto de la era soviética, la ciudad mantuvo su prestigio cultural, con el Hermitage, el ballet del Kírov (hoy de nuevo Mariinski) y sus universidades, aunque siempre a la sombra política de Moscú.
Con la caída de la Unión Soviética, en 1991 los habitantes votaron en referéndum recuperar el nombre original de la ciudad, y Leningrado volvió a ser San Petersburgo, aunque la provincia que la rodea sigue llamándose óblast de Leningrado. Los años noventa fueron difíciles, pero desde entonces la ciudad ha restaurado su patrimonio y consolidado su papel como capital cultural de Rusia y gran destino turístico.
Hoy San Petersburgo es una metrópolis de más de cinco millones de habitantes, la segunda del país, con su centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: un conjunto único de canales, palacios y avenidas que resume el sueño europeo de Pedro el Grande. Para el viajero es, quizá, la ciudad más bella y 'occidental' de Rusia, cargada de arte y de literatura. Conviene recorrerla, eso sí, con conciencia del presente: como todo el país, vive bajo el peso de las sanciones y el aislamiento derivados de la guerra en Ucrania desde 2022. Entender sus tres siglos de historia —la fundación sobre el barro, el esplendor imperial, las revoluciones, el asedio— es la mejor manera de leer lo que hoy se pasea a orillas del Nevá.