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Historia de Múrmansk

La última ciudad que fundó el Imperio ruso

Casi todas las ciudades de esta guía hunden sus raíces en la Edad Media o en la Antigüedad. Múrmansk, en cambio, es tan joven que su fundación tiene fecha exacta y hasta protagonistas con nombre: el 4 de octubre de 1916, en plena Primera Guerra Mundial, se colocó la primera piedra de una ciudad nueva en el confín ártico de Rusia, y se la bautizó Románov-na-Múrmane ('Románov sobre el Múrman'), en honor a la dinastía reinante. Fue la última ciudad que fundó el Imperio ruso: apenas unos meses después, la Revolución barrería a los Románov, y la ciudad pasaría a llamarse simplemente Múrmansk.

¿Por qué levantar una ciudad en un lugar tan inhóspito, por encima del Círculo Polar Ártico, donde el suelo es tundra pelada y el invierno dura medio año? Por un motivo estratégico decisivo: su puerto no se congela nunca. Un ramal de la cálida corriente del Atlántico Norte, prolongación de la Corriente del Golfo, templa las aguas de la bahía de Kola y la mantiene navegable todo el año, algo excepcional en estas latitudes. Rusia, atrapada en la Gran Guerra y con sus otros puertos bloqueados o helados, necesitaba desesperadamente una ventana al Atlántico por donde recibir el material de sus aliados.

Así, en tiempo récord, se tendió el ferrocarril de Múrmansk que unía el puerto con Petrogrado (la actual San Petersburgo) y creció alrededor de él un asentamiento de trabajadores. Múrmansk nació, literalmente, como un puerto de guerra y una estación de tren en el fin del mundo. Su historia estaría marcada para siempre por esa doble vocación: el mar que no se hiela y la guerra.

La península de Kola antes de la ciudad: sami y pomores

Que la ciudad sea joven no significa que la tierra estuviera vacía. La península de Kola, ese gran apéndice ártico entre el mar de Barents y el mar Blanco, estaba habitada desde hacía milenios por los sami (antes llamados lapones), un pueblo indígena del norte de Escandinavia y Rusia, tradicionalmente pastores nómadas de renos, pescadores y cazadores, con su propia lengua, sus creencias y una relación íntima con la tundra y sus estaciones extremas. Los sami de Kola siguen siendo hoy una comunidad viva, y visitar sus aldeas y campamentos es una de las experiencias que ofrece la región.

Desde la Edad Media, a estas costas llegaron también los pomores, colonos rusos del entorno del mar Blanco —muchos descendientes de la vieja Nóvgorod— que se especializaron en la pesca, la caza de focas y ballenas y el comercio marítimo por el Ártico, desarrollando una notable cultura de navegantes del norte. Monasterios ortodoxos como el de Pechenga o el gran Solovkí, en el mar Blanco, cristianizaron y colonizaron la región a lo largo de los siglos.

Durante mucho tiempo, sin embargo, Kola fue una periferia remotísima del Estado ruso, con un puñado de aldeas de pescadores y el viejo puesto de Kola —que da nombre a la península— como centro administrativo. La verdadera transformación de esta tierra ártica en un lugar poblado y estratégico llegaría solo en el siglo XX, con el ferrocarril, el puerto de Múrmansk y, después, la industrialización soviética.

La Segunda Guerra Mundial: los convoyes del Ártico

La gran hora de Múrmansk, la que forjó su identidad, llegó con la Segunda Guerra Mundial. Cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética en junio de 1941, el puerto ártico e ineludiblemente libre de hielo de Múrmansk se convirtió en una pieza vital: por él debían entrar los suministros que los aliados británicos y estadounidenses enviaban a la URSS. Nacieron así los convoyes del Ártico, la célebre 'ruta de Múrmansk' (Murmansk Run): flotas de barcos mercantes que, escoltados por buques de guerra, cruzaban desde Islandia y Escocia los mares helados del norte, esquivando a los submarinos, los aviones y los acorazados alemanes con base en la Noruega ocupada.

Fue una de las travesías más mortíferas de toda la guerra. En un mar gélido donde un náufrago moría en minutos, entre tormentas, icebergs y ataques constantes, decenas de barcos y miles de marinos se perdieron. Pero los convoyes llegaron: a lo largo de la guerra, más de cuarenta de ellos descargaron en Múrmansk y Arjánguelsk tanques, aviones, camiones y material que ayudaron a sostener el esfuerzo bélico soviético. La ciudad fue el pulmón por el que Occidente ayudó a la resistencia contra Hitler en el frente oriental.

Por eso mismo, Múrmansk se convirtió en un objetivo prioritario para los alemanes, y su defensa fue heroica. La Wehrmacht lanzó en 1941 la Operación Silberfuchs ('Zorro Plateado') para tomar la ciudad desde Finlandia y Noruega, pero el Ejército Rojo y la Flota del Norte soviética frenaron el avance en el río Litsa y salvaron el puerto y el ferrocarril. Frustrado el asalto terrestre, la aviación alemana se ensañó con la ciudad desde el aire.

Arrasada pero nunca rendida: la Ciudad Héroe

Al no poder tomarla por tierra, la Luftwaffe intentó destruir Múrmansk desde el cielo. La ciudad, construida en buena parte de madera, sufrió bombardeos incesantes: hubo días con quince o dieciocho ataques aéreos, y a lo largo de la guerra cayeron sobre ella decenas de miles de bombas —se han citado cifras del orden de 185.000 artefactos incendiarios y explosivos—. A finales de 1945, apenas una quinta parte de los edificios seguía en pie. En proporción al daño recibido, Múrmansk fue una de las ciudades más castigadas de la Unión Soviética, comparada a menudo con Stalingrado.

Y sin embargo, nunca se rindió ni dejó de funcionar. Entre las ruinas, los estibadores siguieron descargando los convoyes, los ferroviarios mantuvieron abierta la línea y la Flota del Norte defendió las aguas. Esa combinación de sufrimiento y resistencia obstinada es lo que la ciudad conmemora y lo que le valió, en 1985, el título honorífico de 'Ciudad Héroe' (Górod-Guerói), la máxima distinción soviética a las urbes que resistieron heroicamente la guerra, que comparte con Leningrado, Stalingrado, Moscú, Sebastopol y unas pocas más.

El símbolo de esa memoria es el monumento a los Defensores del Ártico soviético, el gigantesco soldado de hormigón de 35,5 metros que los murmanenses llaman 'Alyosha', inaugurado en 1974 sobre una colina que domina la bahía. Con la llama eterna a sus pies y la mirada puesta en el fiordo, resume en una sola imagen lo que significó para esta ciudad la guerra: el precio de mantener abierta, contra todo, la puerta ártica de Rusia. En la reconstrucción de posguerra, Múrmansk resurgió en poco más de una década, ahora en piedra y hormigón.

El puerto atómico de la Guerra Fría

Tras la guerra, la Unión Soviética convirtió Múrmansk en el gran centro de su poder ártico y naval. La ciudad creció hasta rozar el medio millón de habitantes en los años ochenta —una cifra enorme para el Ártico— sobre la base de la pesca de altura (una de las mayores flotas pesqueras del país), el comercio marítimo y, sobre todo, la marina. La península de Kola y sus alrededores se llenaron de bases de la Flota del Norte, incluidas las de submarinos nucleares en lugares como Severomorsk, convirtiendo la región en una de las zonas más militarizadas y estratégicas de la URSS, en primera línea frente a la OTAN durante la Guerra Fría.

Múrmansk fue también la capital de la conquista soviética del Ártico. De su puerto partían las expediciones polares y, sobre todo, la flota de rompehielos que mantenía abierta la Ruta Marítima del Norte, el paso por el océano Ártico que une el Atlántico con el Pacífico bordeando Siberia. En 1959 se botó el Lenin, el primer buque de superficie del mundo propulsado por energía nuclear, capaz de romper el hielo durante meses sin repostar; hoy, jubilado y convertido en museo en el puerto de Múrmansk, es el gran orgullo tecnológico de la ciudad y el emblema de esa epopeya ártica.

Con el fin de la URSS en 1991, la ciudad vivió tiempos difíciles: la crisis económica, el declive de la flota pesquera y una fuerte emigración redujeron su población. En estas aguas ocurrió además una de las grandes tragedias de la Rusia postsoviética: el hundimiento del submarino nuclear Kursk en el año 2000, con sus 118 tripulantes, recordado en un monumento del frente marítimo con un fragmento del propio submarino.

Múrmansk hoy: bajo las luces del norte

Hoy Múrmansk sigue siendo la capital indiscutible del Ártico ruso: el mayor puerto del norte, sede de la Flota del Norte y base de la flota de rompehielos nucleares que mantiene abierta la Ruta Marítima del Norte, una vía cada vez más importante a medida que el cambio climático abre los hielos del Ártico. Es una ciudad de trabajo, mar y frío, con sus bloques de colores trepando por las colinas peladas en torno al fiordo, poco monumental pero llena de carácter.

En las últimas décadas ha descubierto además una vocación nueva: el turismo. Su posición, justo bajo el óvalo auroral, la ha convertido en uno de los grandes destinos del mundo para ver auroras boreales, y cada invierno atrae a viajeros de toda Rusia y del extranjero que salen a la tundra a cazar las luces del norte, visitan aldeas sami, prueban los trineos de perros y se asoman al océano Ártico en Teriberka. El sol de medianoche del verano y los paisajes extremos de la península de Kola completan el atractivo.

Como todo el país, Múrmansk se visita hoy en un contexto complicado: desde 2022, la guerra en Ucrania, las sanciones y el fin de los vuelos directos desde Occidente han hecho más difícil el viaje, y su carácter de gran base naval en una región fronteriza la hace especialmente sensible; conviene informarse bien antes de ir y llevar efectivo, ya que las tarjetas extranjeras no funcionan. Pero para quien alcanza este rincón del Ártico, Múrmansk ofrece algo irrepetible: la mayor ciudad del mundo sobre el Círculo Polar, un puerto que desafía al hielo y un cielo que, en las noches de invierno, se enciende en cortinas de luz.

📚 Bibliografía

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