Mucho antes de que existiera Moscú como potencia, en las tierras del Volga medio florecía un Estado próspero y sorprendente: la Bulgaria del Volga. Se trataba de un reino de pueblos túrquicos —emparentados con los búlgaros que dieron nombre a la actual Bulgaria balcánica— que hacia el año 922 adoptaron oficialmente el islam, siglos antes de que Rusia se cristianizara del todo. Aquella Bulgaria del Volga era un cruce de caminos comerciales entre el mundo islámico, el báltico y las estepas, y en su territorio, en un punto estratégico junto al río, nació Kazán.
La tradición sitúa la fundación de la ciudad hacia el año 1005, y en 2005 Kazán celebró oficialmente su milenario con grandes festejos y la inauguración de la mezquita Qolşärif. El nombre 'Kazán' (Qazan en tártaro) suele relacionarse con la palabra túrquica que designa un caldero o marmita, y existen varias leyendas sobre su origen, una de ellas la de un caldero de oro caído al río.
En el siglo XIII, la Bulgaria del Volga fue arrasada por la gran invasión mongola de Batu Kan, nieto de Gengis Kan. Las tierras del Volga quedaron integradas en el vasto imperio mongol y, más concretamente, en el kanato conocido como la Horda de Oro, que durante más de dos siglos dominó y cobró tributo a los principados rusos. Kazán sobrevivió a la catástrofe y, poco a poco, fue ganando importancia como centro de la región.
A lo largo del siglo XV, la Horda de Oro, debilitada por luchas internas, se fragmentó en varios kanatos independientes. Uno de ellos, surgido hacia 1438, tuvo su capital en Kazán: el Kanato de Kazán. Fue un Estado túrquico y musulmán, heredero de la tradición de la Bulgaria del Volga y de la Horda, que dominó el Volga medio y buena parte de la región durante poco más de un siglo.
Kazán se convirtió entonces en una verdadera capital: un centro urbano amurallado, con su fortaleza (el embrión del futuro kremlin), mezquitas, madrasas, mercados y palacios. La ciudad era un nudo comercial de primer orden, donde confluían mercaderes de Rusia, Asia Central, Persia y el mundo báltico. La cultura tártara —lengua túrquica, religión islámica, arte y ciencia— alcanzó allí un notable esplendor.
El kanato mantuvo una relación tensa y cambiante con el creciente poder de Moscovia, el principado ruso que se expandía hacia el este. Hubo periodos de alianza, de vasallaje y de guerra abierta. Para los zares de Moscú, Kazán era a la vez una amenaza militar (sus incursiones llegaban lejos) y un objetivo codiciado: quien controlara Kazán dominaría el Volga y la ruta hacia Siberia y el Caspio. El choque se hizo inevitable.
El destino de Kazán quedó sellado en 1552. El joven zar Iván IV de Rusia, que la historia recordaría como Iván 'el Terrible', decidido a acabar con el kanato, organizó una campaña militar de gran envergadura. Como base logística, hizo construir río arriba una fortaleza de madera desmontable que fue trasladada por el Volga y montada en la isla de Sviyazhsk, a pocos kilómetros de Kazán. Desde allí, un enorme ejército ruso, apoyado por artillería y por zapadores que minaron las murallas, puso sitio a la ciudad.
El asedio culminó en octubre de 1552 con un asalto sangriento. La resistencia tártara fue tenaz: entre los defensores destacó el seid Qolşärif, líder religioso que murió con sus alumnos combatiendo, y cuyo nombre lleva hoy la gran mezquita. La ciudad fue tomada, saqueada y en buena parte destruida, incluidas sus mezquitas. La caída de Kazán supuso el fin del kanato y la incorporación definitiva de todo el Volga medio a Rusia, un hito decisivo en la expansión del Estado ruso hacia el este.
Para conmemorar la victoria, Iván el Terrible ordenó levantar en la Plaza Roja de Moscú la catedral de San Basilio, con sus inconfundibles cúpulas de colores, hoy imagen universal de Rusia. Tras la conquista, se emprendió una política de cristianización y de asentamiento de población rusa, y a los tártaros se les prohibió durante mucho tiempo residir dentro de la ciudad, empujándolos a barrios propios como la Staro-Tatarskaya Sloboda. Pese a ello, la identidad tártara y la fe musulmana sobrevivieron.
Tras la conquista, Kazán se integró plenamente en la Rusia de los zares como capital de una vasta provincia (gubernia) del Volga. La ciudad fue reconstruida en torno al nuevo kremlin de piedra blanca, levantado por orden de Iván el Terrible con maestros llegados de Pskov, y se convirtió en un importante centro administrativo, militar y comercial de la frontera oriental del imperio.
Un punto de inflexión para la población tártara llegó en el siglo XVIII, con la emperatriz Catalina la Grande. Su política de mayor tolerancia religiosa permitió de nuevo la construcción de mezquitas de piedra: la primera fue la mezquita Al-Marjani, en el barrio tártaro, que aún se conserva. Aquella apertura favoreció un renacimiento cultural, religioso y económico tártaro que se prolongaría durante los siglos XVIII y XIX, con una burguesía comercial próspera y una intensa vida intelectual.
Kazán se consolidó además como una gran ciudad del saber. Su universidad, fundada en 1804, es una de las más antiguas de Rusia y dio figuras de talla mundial: allí el matemático Nikolái Lobachevski desarrolló la geometría no euclidiana, y por sus aulas pasó, muy brevemente y de forma tumultuosa, el joven Vladímir Uliánov, el futuro Lenin, expulsado por participar en protestas estudiantiles. En el siglo XIX floreció también la literatura y la prensa en lengua tártara, y figuras como el poeta Ğabdulla Tuqay (Tukái) se convirtieron en símbolos nacionales.
La Revolución de 1917 y la guerra civil rusa sacudieron con fuerza el Volga. En 1918, Kazán fue escenario de duros combates entre el Ejército Rojo y las fuerzas antibolcheviques (blancas y la Legión Checoslovaca), que llegaron a tomar brevemente la ciudad. Tras la victoria bolchevique, y en el marco de la política soviética de nacionalidades, se creó en 1920 la República Socialista Soviética Autónoma Tártara, con capital en Kazán, dando por primera vez un reconocimiento territorial formal a la nación tártara dentro del nuevo Estado.
Durante las décadas soviéticas, Kazán se transformó en una gran ciudad industrial: se instalaron fábricas de aviación, química y maquinaria, y la población creció con fuerza. Como muchas ciudades del interior, durante la Segunda Guerra Mundial acogió industrias, instituciones y evacuados procedentes de las zonas amenazadas por el avance alemán, contribuyendo al esfuerzo de guerra soviético desde la retaguardia.
La era soviética tuvo también su cara sombría para la cultura tártara: la lengua tártara pasó del alfabeto árabe al latino y luego al cirílico, se cerraron mezquitas y se reprimió la vida religiosa, como en todo el país. Pese a ello, la identidad tártara persistió, y Kazán mantuvo su carácter bicultural, con una población mezclada de rusos y tártaros conviviendo en la misma ciudad.
Con la desintegración de la Unión Soviética en 1991, la república tártara vivió un momento de fuerte afirmación identitaria. En 1990 se proclamó la soberanía de la república y, tras años de negociaciones, en 1994 se firmó un tratado con Moscú que otorgó a Tartaristán un amplio grado de autonomía dentro de la Federación Rusa, con su propia constitución, presidencia y dos lenguas oficiales, el ruso y el tártaro. Kazán se convirtió así en la capital de una república que se presenta como puente entre el mundo eslavo y el túrquico, y como modelo de convivencia entre cristianos ortodoxos y musulmanes.
El símbolo de ese renacer fue la celebración del milenario de la ciudad en 2005, para el que se restauró el kremlin, se inauguró la primera línea de metro y, sobre todo, se levantó la nueva mezquita Qolşärif, reconstrucción de la que Iván el Terrible había destruido cuatro siglos y medio antes. La Unesco ya había inscrito el kremlin como Patrimonio de la Humanidad en el año 2000, reconociendo su valor como testimonio único de coexistencia cultural.
Desde entonces, Kazán ha vivido una etapa de prosperidad y proyección. Se ha volcado en el deporte y los grandes eventos (fue una de las sedes del Mundial de fútbol de 2018 y ha acogido campeonatos mundiales de natación y universiadas), ha modernizado su centro histórico y ha potenciado su gastronomía y su cultura tártara como atractivo turístico. Hoy es una de las ciudades más dinámicas, seguras y agradables de Rusia. Conviene recordar, con sobriedad, que en el contexto actual de guerra y sanciones internacionales viajar al país tiene restricciones reales; esta guía se ofrece con voluntad estrictamente informativa y cultural, sin ignorar los avisos oficiales de viaje.