El nombre de Sarangkot guarda su historia más antigua. En nepalí, la palabra kot significa 'fuerte' o 'puesto fortificado', y aparece en los topónimos de muchas colinas del país que en su día albergaron fortalezas: Nagarkot, Simalkot, Gorkha (de gau-rakshya, 'protección'). Sarangkot fue, precisamente, uno de esos fuertes: una atalaya militar en lo alto de la colina que domina el valle de Pokhara.
La lógica es puramente geográfica. La colina de Sarangkot, a unos 1.600 metros, se levanta justo sobre el valle de Pokhara y ofrece un dominio visual completo de la cuenca, del lago Phewa y de los caminos que la atraviesan. Quien controlara esta cima controlaba el valle: podía vigilar los movimientos, avistar la llegada de enemigos y proteger las rutas comerciales de las caravanas que subían y bajaban entre India y el Tíbet por los corredores del Himalaya. En un mundo de pequeños reinos en guerra constante, una posición así valía oro.
Por eso, mucho antes de que llegaran los parapentes y los taxis de madrugada, Sarangkot fue un lugar de soldados y vigías. En su cima se conservan todavía restos de aquel antiguo fuerte —muros y piedras junto al actual mirador—, humildes pero cargados de memoria. Son el testimonio de que esta colina, hoy dedicada por completo a la contemplación de las montañas, tuvo una vez una función bien distinta: defender el valle que se extiende a sus pies.
Para entender el fuerte de Sarangkot hay que mirar el mapa del Nepal anterior a la unificación. Antes de que existiera un país llamado Nepal en el sentido moderno, el territorio de las colinas centrales estaba fragmentado en decenas de pequeños reinos independientes que competían y guerreaban entre sí. Al oeste del valle de Katmandú se agrupaban los llamados Chaubisi Rajya, los 'veinticuatro reinos', un conjunto de principados de montaña de tamaño modesto. Uno de ellos era el reino de Kaski, cuyo territorio incluía el valle de Pokhara y sus colinas.
El reino de Kaski, gobernado por dinastías de origen rajput y ligado por parentesco a otros principados de la región, tuvo su centro de poder en la zona de Pokhara, y fuertes como el de Sarangkot formaban parte de su sistema defensivo. Era una época de alianzas cambiantes, matrimonios políticos y guerras entre vecinos, en la que cada reino intentaba expandirse a costa de los demás. Las colinas del Nepal central estaban salpicadas de estas fortalezas que se vigilaban unas a otras.
Un detalle histórico da a Kaski una relevancia especial: la casa real de Gorkha —la que acabaría unificando Nepal— entroncaba, según las genealogías, con las dinastías de esta región occidental, incluida la de Kaski y la vecina Lamjung. Es decir, que de este mundo de pequeños reinos de montaña, del que Kaski y su fuerte de Sarangkot formaban parte, saldría la estirpe que un día unificaría todo el país. La pequeña historia local de esta colina se conecta así con la gran historia de la nación.
El mundo de los pequeños reinos de las colinas centrales llegó a su fin en el siglo XVIII. Desde el principado de Gorkha, el rey Prithvi Narayan Shah emprendió a partir de 1743 una larga campaña de conquistas para unificar el territorio bajo un solo trono. Primero tomó el valle de Katmandú, con sus tres ricas ciudades malla, y después, sus sucesores y él fueron sometiendo, uno tras otro, a los demás reinos, incluidos los Chaubisi Rajya del oeste, entre ellos Kaski.
Con la incorporación de Kaski al nuevo reino unificado de Nepal, fuertes como el de Sarangkot perdieron su razón de ser. Ya no había pequeños reinos rivales a los que vigilar desde la colina: todo el país quedaba bajo una misma corona. Las viejas fortalezas de montaña, que durante siglos habían sido piezas clave del tablero político, se fueron quedando obsoletas y, poco a poco, cayeron en el abandono y la ruina. El fuerte de Sarangkot corrió esa suerte: sus muros se derrumbaron y la colina volvió a ser, sobre todo, un lugar de campesinos y pastores.
Durante los siglos siguientes, mientras Pokhara seguía siendo un valle agrícola y comercial relativamente aislado, Sarangkot fue simplemente una colina más sobre la ciudad, con sus aldeas, sus terrazas de cultivo y las ruinas de su viejo fuerte asomando entre la hierba. Nadie imaginaba entonces que aquella atalaya militar en desuso estaba destinada a tener una segunda vida, muy distinta, gracias a algo tan simple y tan poderoso como sus vistas.
La transformación de Sarangkot llegó con el turismo. A partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando las carreteras conectaron Pokhara con el resto del país y la región del Annapurna se convirtió en un imán para trekkers y montañeros de todo el mundo, alguien reparó en el extraordinario potencial de aquella vieja colina fortificada: desde su cima se veía, en toda su gloria, el amanecer sobre el macizo del Annapurna, el Dhaulagiri y el sagrado Machapuchare, con el lago Phewa reflejando la luz. La misma posición dominante que la había hecho valiosa como fuerte la hacía ahora insuperable como mirador.
Sarangkot se convirtió así en el gran balcón del amanecer de Pokhara, un imprescindible del circuito turístico de la región. Cada mañana de la temporada seca, decenas de viajeros suben de madrugada a su plataforma para asistir al espectáculo de la luz encendiendo las montañas. Pero la colina tenía todavía otra vocación por descubrir: la del vuelo. A partir de finales del siglo XX y comienzos del XXI, Pokhara se reveló como uno de los mejores lugares del planeta para el parapente, y Sarangkot, por su altura, sus corrientes térmicas y su aterrizaje junto al lago, se convirtió en su rampa de despegue natural.
Hoy, el cielo sobre Sarangkot se llena cada día de buen tiempo de parapentes de colores, y la colina que un día vigiló guerras es escenario de una emoción muy distinta: la de lanzarse al aire y planear sobre el Himalaya. Es un final elocuente para la historia del lugar. La atalaya que servía para otear el peligro sirve ahora para contemplar la belleza; el fuerte desde el que se defendía el valle es hoy el sitio desde el que se vuela sobre él. Sarangkot ha cambiado de función, pero no de esencia: sigue siendo, como siempre fue, el punto más alto desde el que se mira el mundo a los pies del Annapurna.