Su nombre lo dice todo: Lalitpur significa 'la ciudad de la belleza'. Patan —el nombre popular con que se la conoce— es una de las ciudades más antiguas del valle de Katmandú, y varias tradiciones la consideran incluso anterior a la propia capital. Antes de ser una ciudad de reyes, fue una ciudad de fe: la más budista de las tres capitales del valle, sembrada de monasterios y patios sagrados.
Una leyenda muy arraigada cuenta que el gran emperador indio Ashoka, el soberano que en el siglo III a.C. abrazó el budismo y lo difundió por toda Asia, visitó el valle de Katmandú y mandó levantar en Patan cuatro grandes estupas, una en cada extremo de la ciudad, para marcar sus límites y protegerla. Esas cuatro estupas de tierra, los Ashoka Stupas, todavía existen y siguen delimitando la vieja ciudad. Los historiadores dudan de que Ashoka llegara en persona hasta aquí, pero la leyenda revela hasta qué punto el budismo está en la raíz de Patan.
La historia documentada arranca con la dinastía licchavi (siglos IV-IX), la primera que dejó inscripciones en piedra en el valle. Bajo los licchavi, Patan ya era un centro urbano y religioso importante, con templos y monasterios. Desde entonces convivieron en la ciudad, como en todo el valle, el hinduismo y el budismo, entrelazados de una forma tan íntima que a veces resulta difícil separarlos: los mismos artesanos tallaban dioses hindúes y budas, y las mismas familias participaban de ambos cultos. Esa convivencia, milenaria y pacífica, es una de las señas de identidad de Patan.
El esplendor de Patan llegó con la dinastía malla, que gobernó el valle entre los siglos XIII y XVIII. A partir del siglo XV, cuando el valle se fragmentó en tres reinos independientes, Patan se convirtió en una corte propia, rival de Katmandú y Bhaktapur, con sus propios reyes, su palacio y su plaza real. Y en esa competencia de esplendores, Patan brilló como la capital artística del valle.
Bajo el mecenazgo de los reyes malla, los artesanos newar de Patan alcanzaron una maestría que los hizo célebres en toda Asia. Fundían el bronce con la técnica de la cera perdida, tallaban la madera hasta convertirla en encaje, labraban la piedra y pintaban tankas con una delicadeza asombrosa. Sus estatuas de budas y dioses viajaban por todo el mundo himalayo, y su fama era tal que, ya en el siglo XIII, el artista newar Arniko —nacido en el valle— fue reclamado en la corte del emperador mongol Kublai Kan, en China, donde dirigió la construcción de templos y difundió el estilo artístico del valle por el imperio.
De esta edad de oro datan las joyas de Patan: la Durbar Square con su alineación perfecta de templos, el palacio real con sus patios (el Sundari Chowk, con su bellísima fuente tallada; el Mul Chowk; el Keshav Narayan Chowk), el templo de piedra de Krishna Mandir —una filigrana levantada en el siglo XVII por el rey Siddhinarsingh Malla—, el Templo Dorado y decenas de patios-monasterio budistas. Los reyes malla, devotos y refinados, hicieron de Patan un joyero. Todavía hoy, la ciudad conserva la tradición viva de aquellos artesanos: en los talleres de Oku Bahal se siguen fundiendo estatuas sagradas como hace siglos.
El reino independiente de Patan tuvo un final abrupto en el siglo XVIII. Mientras las tres capitales del valle malgastaban energías en rivalidades, el rey Prithvi Narayan Shah, del principado de Gorkha, al oeste, avanzaba con paciencia sobre el valle, estrangulando su comercio con bloqueos. En 1768 cayó Katmandú; ese mismo año, Patan fue tomada por las tropas de Gorkha, y en 1769 se rindió Bhaktapur, la última. Así terminó la era de los tres reinos y nació el moderno Reino de Nepal.
La incorporación al nuevo reino unificado significó el fin de la corte y de la independencia política de Patan, pero no de su vida cultural. La ciudad siguió siendo un gran centro artesanal y religioso, y sus barrios newar conservaron sus tradiciones, sus fiestas y sus oficios. A lo largo de los siglos XIX y XX, sin embargo, el poder y la modernización se concentraron en Katmandú, y Patan quedó en cierto modo a la sombra de su vecina, lo que paradójicamente ayudó a preservar su carácter tradicional.
Un punto de inflexión en tiempos recientes fue la restauración del antiguo palacio real. En un proyecto ejemplar de cooperación internacional (con Austria a la cabeza), las salas del palacio se rehabilitaron con enorme cuidado para albergar el Museo de Patan, inaugurado en 1997 y considerado hoy el mejor museo de Nepal. Aquel proyecto marcó el camino de cómo conservar el patrimonio del valle respetando las técnicas y los materiales tradicionales newar, y devolvió a Patan parte de su antiguo prestigio.
Para entender Patan hay que entender el budismo newar, una forma de budismo única en el mundo que se ha conservado en el valle de Katmandú durante más de mil años. A diferencia del budismo tibetano de monasterios y monjes célibes, el budismo newar es tántrico y, sobre todo, laico y hereditario: sus sacerdotes (los vajracharya y shakya) se casan, tienen familia y transmiten su función y su oficio de padres a hijos. Muchos de ellos son, además, los artesanos que funden las estatuas sagradas. Religión y oficio se entrelazan.
Esa es la clave de los cientos de bahals de Patan, los patios-monasterio escondidos entre las casas: pequeños recintos comunitarios, muchos con un santuario budista en el centro, donde durante siglos han vivido y trabajado las familias de artesanos y sacerdotes. El más espléndido es el Templo Dorado (Hiranya Varna Mahavihar), recubierto de metal dorado, pero hay decenas repartidos por la ciudad, cada uno con su historia. Perderse buscándolos es una de las mejores maneras de conocer la Patan auténtica.
La artesanía del metal sigue siendo el corazón económico y cultural de la ciudad. En barrios como Oku Bahal, los talleres continúan produciendo estatuas de budas, bodhisattvas y dioses hindúes que se exportan a monasterios y templos de todo el mundo. Es un patrimonio vivo, no de museo: el mismo arte que asombró a Kublai Kan en el siglo XIII se sigue practicando hoy en los mismos callejones. Junto a los metales, sobreviven la talla de madera y piedra, la pintura de tankas y la orfebrería. Patan es, en ese sentido, mucho más que un conjunto de monumentos: es una ciudad-taller donde el arte sagrado nunca ha dejado de hacerse.
El terremoto del 25 de abril de 2015, de magnitud 7,8, golpeó también a Patan. En su Durbar Square, varios templos históricos se derrumbaron o quedaron gravemente dañados, y por toda la ciudad se vinieron abajo casas y santuarios centenarios. Las imágenes de la plaza real cubierta de ladrillos rotos, junto a las de Katmandú y Bhaktapur, mostraron al mundo la fragilidad de un patrimonio irreemplazable.
Pero Patan tenía una ventaja: sus artesanos. La reconstrucción se apoyó en el conocimiento vivo de las familias newar que aún dominan las técnicas tradicionales de talla de madera, labra de piedra y albañilería en ladrillo. Con ese saber, y con apoyo internacional, los templos caídos se fueron levantando de nuevo, ladrillo a ladrillo y viga a viga, respetando los materiales y los métodos originales. Más de una década después, la Durbar Square ha recuperado en gran medida su esplendor, y el proceso mismo de reconstrucción se convirtió en una lección de cómo mantener vivo un oficio milenario.
La Patan de hoy es una ciudad que combina la tradición con la modernidad. En torno a la Durbar Square y los bahals late la vida newar de siempre, con sus fiestas, sus talleres y su religiosidad; a pocas cuadras, en barrios como Jhamsikhel, florecen cafés modernos, restaurantes cosmopolitas y una comunidad internacional. Muchos viajeros la eligen hoy como base más tranquila y con más carácter que el bullicio de Thamel. Patan sigue siendo lo que su nombre promete: la ciudad de la belleza, un joyero de arte newar que ha sobrevivido a conquistas y terremotos y que continúa, con paciencia de artesano, fundiendo dioses y tallando madera como hace siglos.