Cuenta la leyenda budista que el valle de Katmandú fue una vez un enorme lago, y que en medio de sus aguas florecía un loto luminoso. Un bodhisattva llamado Manjushri, venido del norte, cortó con su espada la pared de una colina para drenar el lago; el agua se fue, quedó la fértil llanura del valle y en el lugar del loto surgió la colina de Swayambhunath. El mito, más allá de su belleza, guarda un fondo geológico real: el valle fue efectivamente el fondo de un antiguo lago, y su suelo riquísimo explica que haya sido habitado y cultivado desde hace milenios.
Los primeros pobladores documentados fueron los newar, el pueblo originario del valle, artesanos y comerciantes de una cultura sofisticada que mezcló desde muy temprano el hinduismo y el budismo. Situado en un cruce de rutas entre las llanuras de India y las mesetas del Tíbet, el valle se hizo rico con el comercio: por aquí pasaban la sal, la lana, el arroz y las mercancías que cruzaban el Himalaya.
Entre los siglos IV y IX gobernó la dinastía licchavi, la primera de la que se tienen registros históricos firmes, con inscripciones en piedra que aún se conservan. Los licchavi sembraron el valle de templos, fundaron muchos de los santuarios que todavía se veneran y establecieron las bases del arte y la religión que definirían Katmandú. De aquella época vienen las raíces de sitios tan sagrados como Pashupatinath, Swayambhunath y Changu Narayan. El valle era ya, entonces, un lugar santo tanto para hindúes como para budistas, un rasgo que nunca ha perdido.
Si el valle de Katmandú es hoy uno de los grandes tesoros artísticos de Asia, se lo debe sobre todo a la dinastía malla, que gobernó entre los siglos XIII y XVIII. Fue una época dorada de arte, arquitectura y religión. Los reyes malla, devotos y refinados, compitieron entre sí en mecenazgo y esplendor, y bajo su patrocinio los artesanos newar alcanzaron una maestría legendaria: tallaban la madera como si fuera encaje, fundían el bronce con una delicadeza que llegó a admirarse hasta en la corte del emperador mongol de China, y levantaron las pagodas de varios pisos que son la imagen misma de Nepal.
A partir del siglo XV, el valle se dividió en tres reinos independientes y rivales: Katmandú, Patan (Lalitpur) y Bhaktapur, cada uno con su propia corte y su propia plaza real, la Durbar Square, corazón político y religioso de la ciudad. Esa rivalidad, lejos de empobrecer al valle, lo enriqueció: cada rey quería que su plaza fuera más bella que la de sus vecinos, y el resultado fue una concentración asombrosa de palacios, templos, patios, fuentes y estatuas en un puñado de kilómetros. Muchos de los monumentos que hoy admiramos —los templos de Taleju, las columnas con los reyes arrodillados, la Puerta Dorada de Bhaktapur, la pagoda Nyatapola— datan de esta época.
Fue también el tiempo en que se consolidaron muchas de las tradiciones vivas del valle: el culto a la Kumari, la 'diosa viviente'; los grandes festivales de carros que aún recorren las calles; y la cultura newar en su plenitud, con su lengua, su cocina y sus fiestas. La palabra Katmandú viene, según la tradición, del Kasthamandap, un pabellón de madera de la Durbar Square supuestamente construido con la madera de un solo árbol. La Katmandú monumental que hoy conocemos es, en esencia, la ciudad que dejaron los malla.
A mediados del siglo XVIII, mientras los tres reinos malla del valle se agotaban en rivalidades, un rey ambicioso observaba desde las colinas del oeste. Se llamaba Prithvi Narayan Shah y gobernaba el pequeño principado de Gorkha, uno de los muchos reinos de montaña que salpicaban el Nepal central. Convencido de que solo un Estado unido podría resistir la presión de los británicos que avanzaban por India, emprendió una larga campaña de conquistas y bloqueos económicos para someter, uno a uno, a los reinos vecinos.
El valle de Katmandú, rico y codiciado, era el gran premio. Prithvi Narayan lo asedió durante años, estrangulando su comercio. La caída fue casi teatral: el 25 de septiembre de 1768, mientras la ciudad de Katmandú celebraba la fiesta de Indra Jatra —con la población y los defensores absortos en las procesiones y las danzas—, las tropas de Gorkha entraron y tomaron el palacio real casi sin resistencia. Poco después caían Patan y, en 1769, Bhaktapur, la última en resistir. Con ellas terminaba la era malla y nacía el moderno Reino de Nepal, con Katmandú como capital.
La dinastía Shah gobernaría Nepal —con un largo paréntesis en el que el poder real estuvo en manos de los primeros ministros de la familia Rana, en el siglo XIX y buena parte del XX— hasta bien entrado el siglo XXI. Prithvi Narayan Shah es recordado hoy como el padre de la nación nepalí, el hombre que forjó de un puñado de reinos de montaña el país que existe hoy. Pero su unificación también significó el fin de la independencia de las viejas ciudades newar del valle, cuya cultura, sin embargo, sobrevivió y sigue latiendo en cada plaza y cada templo.
Durante gran parte del siglo XIX y hasta 1951, el poder efectivo en Nepal no estuvo en manos de los reyes Shah, sino de los Rana, una dinastía de primeros ministros hereditarios que mantuvo a los monarcas como figuras casi decorativas y al país cerrado al mundo exterior. Los Rana levantaron en Katmandú enormes palacios blancos de estilo europeo —neoclásicos, con columnas y salones de espejos— que contrastaban con las pagodas newar y que aún hoy salpican la ciudad; también dejaron rincones como el Jardín de los Sueños. Nepal permaneció durante esos años prácticamente aislado, sin apenas carreteras ni presencia extranjera.
En 1951, una revolución acabó con el régimen Rana y devolvió el poder a la corona. Nepal empezó a abrirse: llegaron los primeros turistas, los montañeros que soñaban con el Everest —conquistado en 1953— y, en los años sesenta y setenta, las oleadas de viajeros hippies que hicieron de Katmandú una parada mítica del 'camino hacia Oriente'. La célebre Freak Street, junto a la Durbar Square, fue el epicentro de aquella época de músicos, buscadores espirituales y mochileros, antes de que el testigo pasara a Thamel.
El final del siglo XX y el comienzo del XXI fueron turbulentos. Entre 1996 y 2006, Nepal vivió una sangrienta guerra civil maoísta. En 2001, una tragedia estremeció al país: casi toda la familia real fue asesinada en una matanza dentro del palacio de Narayanhiti, en Katmandú, en circunstancias nunca del todo aclaradas. La monarquía, ya debilitada, no se recuperó: en 2008, tras un proceso de paz, Nepal abolió la monarquía y se proclamó república. El último rey abandonó el palacio, que hoy es un museo. Así terminaban casi 240 años de dinastía Shah iniciados por el conquistador de Gorkha.
El 25 de abril de 2015, a mediodía, un terremoto de magnitud 7,8 sacudió Nepal con epicentro al noroeste de Katmandú. Fue la peor catástrofe natural del país en más de ochenta años: cerca de 9.000 personas murieron, cientos de miles de casas quedaron destruidas y el patrimonio del valle sufrió un golpe durísimo. En las Durbar Squares de Katmandú, Patan y Bhaktapur, templos centenarios se derrumbaron en segundos: el histórico pabellón Kasthamandap, que da nombre a la ciudad, quedó reducido a escombros, y monumentos como la torre Dharahara se vinieron abajo con visitantes dentro. Las imágenes de las plazas reales cubiertas de ladrillos rotos dieron la vuelta al mundo.
La reconstrucción fue lenta pero constante, con apoyo internacional y, sobre todo, con el trabajo de los artesanos newar, herederos de las mismas técnicas que habían levantado los templos siglos atrás. Hoy, más de una década después, la mayoría de los monumentos han sido restaurados o están en fases avanzadas de obra: el Kasthamandap ha vuelto a levantarse, muchas pagodas han recuperado su silueta y las plazas han renacido. Verlas hoy es también ver un patrimonio que se ha negado a morir.
La Katmandú del siglo XXI es una ciudad de más de un millón de habitantes que crece a toda velocidad, con todos los desafíos de una capital asiática moderna: tráfico caótico, contaminación del aire, urbanización descontrolada y una fuerte presión sobre su casco histórico. Y sin embargo, su esencia permanece intacta. En la misma mañana se puede ver a un peregrino girar un molino de oración en Bodnath, a un sadhu meditar en Pashupatinath, a un artesano tallar madera como hace quinientos años y a un mochilero regatear una mochila en Thamel. Pocas capitales del mundo concentran tanta historia, tanta espiritualidad y tanto caos en tan pocos kilómetros. Katmandú sigue siendo, como lo fue siempre, la puerta del Himalaya y el corazón vivo de Nepal.