Mucho antes de que el té cubriera sus laderas, las colinas de Ilam formaban parte de una de las regiones más antiguas y con más personalidad de Nepal: el este kirat. Los kirat son un conjunto de pueblos de lengua tibeto-birmana —principalmente los limbu y los rai— que habitan desde tiempos inmemoriales las montañas del este del país, con una cultura, una lengua y una religión propias. La religión tradicional kirat, el mundhum, con sus chamanes y su culto a la naturaleza y a los antepasados, sigue viva en la zona.
Esta parte oriental del Himalaya nepalí era conocida como el Limbuwan, 'la tierra de los limbu', una región de principados y confederaciones tribales que durante siglos gozó de gran autonomía. El Limbuwan estaba, además, culturalmente conectado con las colinas vecinas de lo que hoy son Sikkim y Darjeeling, en la India: los lepchas, un pueblo antiquísimo del Himalaya oriental que también habita Ilam, son primos de los lepchas de Sikkim, y las fronteras políticas modernas cortaron un mundo cultural que era continuo.
Así, Ilam nació y creció como parte de ese mosaico oriental, distinto del Nepal del valle de Katmandú o de las colinas centrales. Aún hoy, esa herencia se nota en la población —limbu, rai, lepcha, junto a otros grupos—, en las lenguas, en las costumbres y en una identidad regional fuerte. Para entender Ilam hay que empezar por aquí: es, antes que la tierra del té, la tierra de los kirat.
En el siglo XVIII, la gran ola expansiva que había partido del reino de Gorkha, bajo la dinastía Shah, llegó también al este. Tras unificar el valle de Katmandú y buena parte del país, los ejércitos gorkha avanzaron hacia las colinas orientales, hacia el Limbuwan de los kirat. Pero la incorporación del este no fue una conquista total al estilo de otras: los limbu ofrecieron resistencia y negociaron su integración en condiciones particulares.
Hacia 1774, los jefes limbu del Limbuwan y el Estado gorkha llegaron a un acuerdo, a menudo recordado como un pacto que reconocía a las comunidades kirat ciertos derechos sobre sus tierras ancestrales bajo un sistema tradicional de tenencia comunal conocido como kipat. A cambio de aceptar la soberanía del rey de Nepal, los limbu conservaban una notable autonomía local y el control colectivo de su tierra. Fue una fórmula de integración negociada, distinta de la simple anexión, que reflejaba la fuerza y la identidad de los pueblos del este.
Ese sistema kipat, que protegía la tierra comunal kirat, fue erosionándose con el tiempo a lo largo de los siglos XIX y XX, a medida que el Estado central extendía su control, llegaban colonos de otras regiones y la tierra pasaba a manos privadas. Pero el recuerdo de aquella autonomía y de aquellos pactos sigue siendo parte importante de la identidad y de las reivindicaciones de las comunidades del Limbuwan, incluida la región de Ilam, hasta hoy. Sobre este trasfondo de colinas kirat integradas en Nepal iba a producirse, en el siglo XIX, el acontecimiento que cambiaría la economía de la zona: la llegada del té.
A mediados del siglo XIX, al otro lado de la frontera, en la India británica, el cultivo del té estaba transformando las colinas de Darjeeling en un emporio mundial. El clima húmedo de montaña, la altitud y las lluvias resultaban perfectos para el té, y las plantaciones de Darjeeling producían una hoja de calidad excepcional que se vendía a precio de oro en Europa. Aquel éxito no pasó desapercibido en la vecina Ilam, que compartía exactamente el mismo tipo de tierra y de clima.
En 1863 se plantó en Ilam el primer jardín de té de Nepal, dando origen a la Ilam Tea Estate, la finca pionera de todo el país. La iniciativa suele atribuirse a Gajraj Singh Thapa, un alto funcionario emparentado con la poderosa familia Rana que entonces gobernaba Nepal, quien, impresionado por lo que había visto en Darjeeling, impulsó la introducción del cultivo en las colinas del este. Poco después se estableció también una fábrica para procesar la hoja. Nepal entraba, así, en el mundo del té, aunque durante mucho tiempo su producción sería modesta comparada con la del gigante indio.
Durante décadas, el té de Ilam creció lentamente, condicionado por el aislamiento del país, la falta de infraestructuras y las limitaciones del régimen Rana. Pero la semilla estaba plantada: las laderas de Ilam se fueron cubriendo de arbustos de té, se formaron generaciones de recolectoras y trabajadores del té, y la región construyó, poco a poco, la identidad que hoy la define. El té ortodoxo de altura de Ilam, aromático y delicado, empezó a ganarse una reputación que, con los años, cruzaría fronteras.
A lo largo del siglo XX, y sobre todo tras la apertura de Nepal a partir de los años cincuenta, la industria del té de Ilam se modernizó y creció. Se ampliaron las plantaciones, se sumaron pequeños productores además de las grandes fincas, y el té de Nepal —de Ilam y de otros distritos del este, como Jhapa— empezó a exportarse y a ganar reconocimiento internacional. Hoy el té es el símbolo y una de las principales fuentes de riqueza de la región, junto con otros cultivos de altura como el cardamomo, muy rentable, y el jengibre.
En las últimas décadas, Ilam ha añadido a su vocación agrícola una nueva: el turismo. Su paisaje de colinas de té neblinosas, tan parecido al de Darjeeling pero mucho más tranquilo y barato, sus amaneceres sobre el Kanchenjunga desde Antu Danda, sus lagos sagrados como Mai Pokhari y su rica diversidad cultural han convertido a la región en un destino cada vez más apreciado, sobre todo por viajeros nepalíes e indios y por quienes buscan un Nepal distinto del de las grandes rutas del Himalaya central. Kanyam, con sus enormes jardines de té, se ha vuelto un lugar de visita muy popular.
Ilam conserva, sin embargo, su ritmo pausado y su carácter auténtico. Es una tierra donde el trabajo del té marca el pulso de los días, donde conviven comunidades kirat, lepcha y de otros orígenes, y donde el verde de las colinas y la niebla crean una atmósfera serena, casi contemplativa. Para el viajero, Ilam ofrece una combinación difícil de encontrar: patrimonio agrícola vivo, naturaleza protegida, culturas fascinantes del este del Himalaya y una hospitalidad sencilla, todo ello lejos del turismo masivo. Es, en el fondo, un rincón donde Nepal se muestra en su versión más verde, tranquila y desconocida.