En lo más alto del Khumbu, a la sombra del Cho Oyu (8.188 m), la sexta montaña más alta del planeta, se esconde uno de los paisajes más asombrosos del Himalaya: una cadena de seis lagos de un turquesa imposible engarzados entre glaciares y morrenas, por encima de los 4.700 metros de altura. Son los lagos de Gokyo, los lagos de agua dulce permanentes más altos del mundo, y no existirían sin el hielo que los rodea.
El protagonista de este paisaje es el glaciar Ngozumpa, el más largo de Nepal, unos 36 kilómetros de hielo, roca y morrena que descienden desde las faldas del Cho Oyu. Los lagos de Gokyo se alimentan de varias fuentes: la filtración de agua del propio Ngozumpa, un arroyo que baja del paso de Renjo La al noroeste y otro que nace del glaciar al este. El agua de deshielo, cargada de finísimo polvo de roca que las lenguas glaciares muelen a su paso, es la que da a los lagos ese color turquesa lechoso tan característico, que cambia de tono según la luz y la estación.
Todo el valle es, en realidad, una obra del hielo: los circos glaciares, las morrenas que represan los lagos, los valles en forma de U. Y sigue cambiando ante nuestros ojos. Con el calentamiento global, los glaciares del Himalaya, incluido el Ngozumpa, retroceden y forman lagunas de deshielo cada vez mayores sobre el hielo, un fenómeno que los científicos vigilan con preocupación por el riesgo de desbordes glaciares (los llamados GLOF) que pueden arrasar los valles de abajo. Gokyo es, así, un lugar de belleza sobrecogedora y, a la vez, un termómetro del cambio climático en el techo del mundo.
Mucho antes de que llegara el primer trekker, los lagos de Gokyo ya eran un lugar sagrado. Tanto para los hindúes como para los budistas, sus aguas heladas tienen un carácter purificador, y en la orilla occidental del tercer lago, el mayor, se levanta un pequeño templo dedicado al dios Vishnú (y también venerado en relación con Shivá). Los lagos son considerados morada de las divinidades acuáticas (los nagas), y bañarse en ellos, un acto de purificación espiritual.
Cada año, durante la fiesta hindú de Janai Purnima, que cae en la luna llena del mes de agosto, cientos de peregrinos —unos quinientos, según las estimaciones— suben hasta Gokyo, pese a la altura extrema y al frío, para darse un baño ritual en las aguas sagradas. Janai Purnima es la festividad en la que los hombres hindúes de casta alta renuevan el janai, el cordón sagrado que llevan cruzado sobre el torso, y en la que se atan en la muñeca el rakshabandhan, un hilo protector. Que una peregrinación así llegue hasta un lugar tan remoto y elevado dice mucho de la fuerza del vínculo entre los pueblos del subcontinente y las montañas sagradas.
Por eso, para el viajero, los lagos de Gokyo no son solo un espectáculo natural: son un santuario. Lo apropiado es contemplarlos y fotografiarlos con respeto, sin bañarse por diversión, sin meter los pies y, por supuesto, sin dejar basura ni contaminar sus orillas. En 2007, además, Gokyo y sus humedales asociados —unas 7.770 hectáreas— fueron declarados sitio Ramsar, es decir, humedal de importancia internacional, un reconocimiento a su valor ecológico único en tan gran altitud.
El valle de Gokyo forma parte del Khumbu, la tierra de los sherpa, ese pueblo de origen tibetano que hace unos cinco siglos cruzó los altos pasos del Himalaya desde la región de Kham, en el este del Tíbet, para asentarse en los valles altos del actual Nepal. Trajeron consigo el budismo tibetano de la escuela nyingma, que impregna todo el paisaje del Khumbu: chörtens, muros mani grabados con mantras, banderas de oración que flamean en los collados.
Durante siglos, los pueblos altos del valle de Gokyo —Dole, Machhermo, la propia Gokyo— no fueron aldeas permanentes, sino asentamientos de verano (los llamados yersa), lugares a los que los sherpa subían con sus yaks para aprovechar los ricos pastos de altura durante los meses cálidos, antes de bajar a los pueblos más abajo con la llegada del invierno. El pastoreo de yaks, junto con el cultivo de papa y cebada en terrazas y, sobre todo, el comercio con el Tíbet, era la base de la vida sherpa.
Ese comercio era vital. A través de altos pasos fronterizos como el Nangpa La —un collado glaciar de más de 5.700 metros, no lejos de Gokyo—, las caravanas de yaks intercambiaban sal, lana y animales del altiplano tibetano por grano, arroz y manufacturas del sur. Namche Bazaar, más abajo, era el gran mercado donde confluía todo ese tráfico. Esa economía tradicional entró en crisis a mediados del siglo XX, con el cierre de la frontera tibetana tras la ocupación china del Tíbet en 1950, y terminó de transformarse cuando el trekking se convirtió en la nueva fuente de vida de la región.
El valle de Gokyo se abrió al mundo exterior de la mano de la exploración montañera. La gran montaña que lo domina, el Cho Oyu (8.188 m), fue una de las primeras cumbres de ochomil metros en ser conquistada: el 19 de octubre de 1954, una pequeña y ligera expedición austríaca dirigida por Herbert Tichy, junto al célebre sherpa Pasang Dawa Lama y el austríaco Joseph Jöchler, alcanzó su cima. Fue una hazaña notable por lo austera de la expedición, muy distinta de los grandes despliegues de la época, y convirtió al Cho Oyu en una de las montañas de ochomil metros más 'accesibles' para los alpinistas de altura.
Los valles del Khumbu, incluido el de Gokyo, fueron explorados y cartografiados en esos años por montañeros y geógrafos que buscaban rutas hacia el Everest y sus satélites. El propio Edmund Hillary, tras la conquista del Everest en 1953, recorrió y ayudó a desarrollar la región. La zona de Gokyo, con su glaciar y sus lagos, quedó registrada en los mapas y empezó a atraer a los primeros trekkers occidentales a partir de los años sesenta y setenta, cuando Nepal se abrió al turismo de montaña.
La creación del Parque Nacional Sagarmatha en 1976 —Patrimonio de la Humanidad desde 1979— incluyó todo el valle de Gokyo dentro de una figura de protección que buscaba preservar tanto los frágiles ecosistemas de alta montaña (con especies como el leopardo de las nieves y el tar del Himalaya) como la cultura sherpa. A partir de entonces, los antiguos asentamientos de pastores de verano fueron convirtiéndose en pueblos de tea houses, y el goteo de trekkers que subían a ver los lagos turquesa y la vista del Gokyo Ri se transformó, década tras década, en un flujo constante.
En el mapa turístico del Everest de hoy, Gokyo ocupa un lugar especial: es la alternativa serena. Mientras la ruta clásica al Campo Base del Everest recibe cada temporada a decenas de miles de trekkers y sus lodges se llenan hasta rebosar, el valle de Gokyo conserva un ambiente más tranquilo, más íntimo, con menos gente y una naturaleza espectacular. Para muchos caminantes que han hecho las dos rutas, la vista desde el Gokyo Ri —con el Everest, el Lhotse, el Makalu y el Cho Oyu alineados sobre los lagos turquesa— es incluso superior a la del propio campo base.
Esa relativa tranquilidad convive con los mismos desafíos que afectan a todo el Khumbu. La región depende cada vez más del trekking, con lo que eso trae de bueno (ingresos, escuelas, salud, oportunidades para las familias sherpa) y de problemático (presión sobre unos recursos escasos, gestión de residuos, dependencia de un turismo sensible a cualquier crisis). El agua, la leña y la comida son bienes preciados a esas alturas, y el visitante responsable procura no malgastarlos.
Sobre todo, Gokyo es hoy un observatorio privilegiado de la crisis climática en las montañas más altas del mundo. El retroceso del glaciar Ngozumpa, el crecimiento de las lagunas de deshielo y la incertidumbre sobre el futuro del hielo del Himalaya —del que dependen los ríos que dan de beber a cientos de millones de personas río abajo— hacen de este valle remoto algo más que un destino de postal. Caminar hasta los lagos sagrados de Gokyo, contemplar el amanecer sobre los ochomiles desde el Gokyo Ri y pisar el borde de un glaciar que se derrite es, además de una de las grandes experiencias del planeta, una lección de humildad y de respeto por un paisaje tan bello como frágil.