Todo empieza por la piedra. Antes de que existieran los casinos, los yates y los príncipes de cuento, había solo un promontorio de caliza que se adentraba en el mar: un peñón defendible, con un puerto natural al abrigo, en el punto exacto donde los Alpes caen sobre el Mediterráneo. Esa Roca —'le Rocher'— es el origen físico de Mónaco y sigue siendo hoy el corazón del país.
El lugar estuvo habitado y frecuentado desde la Antigüedad. Los ligures, pueblo autóctono de esta costa, ocupaban la región cuando llegaron los navegantes griegos de Marsella (Massalia), que establecieron enclaves a lo largo del litoral. De la Antigüedad viene también el nombre. Una tradición asocia la Roca a Hércules: se decía que el héroe había pasado por aquí en uno de sus viajes y que se le rindió culto en un templo, de modo que el puerto fue conocido en época romana como Portus Herculis Monoeci, el 'puerto de Hércules Monoikos'. Ese epíteto griego, Monoikos —que puede traducirse como 'el que vive solo' o 'casa única', quizá en alusión a un templo aislado—, es el que, deformado por los siglos, terminó dando 'Monaco', 'Mónaco'. Los romanos integraron la costa en su imperio y trazaron la Via Julia Augusta, que pasaba por la vecina La Turbie, donde todavía se alza el Trofeo de los Alpes, monumento romano que conmemoraba la sumisión de los pueblos alpinos.
Con la caída de Roma y los siglos oscuros que siguieron, la costa quedó expuesta a incursiones y despoblamientos. La Roca de Mónaco, sin embargo, no perdió nunca su valor estratégico: quien la controlara dominaba un tramo clave de la ruta marítima entre Italia y Provenza.
La historia documentada del Mónaco medieval arranca en 1215. Ese año, la poderosa República de Génova, que se disputaba con Pisa el dominio del mar Tirreno y de la Liguria, obtuvo el control de la zona y empezó a construir una fortaleza en lo alto de la Roca para proteger la costa y sus intereses comerciales. Alrededor del castillo fue creciendo un pequeño burgo. Aquella fortaleza genovesa es el núcleo del que, transformado y ampliado una y otra vez, nacería el actual Palacio del Príncipe.
Pero Génova no era una ciudad en paz consigo misma. Como buena parte de Italia, estaba desgarrada por el conflicto entre güelfos y gibelinos: los partidarios del Papa (güelfos) y los del emperador del Sacro Imperio (gibelinos). Las grandes familias genovesas se alineaban en uno u otro bando y se hacían la guerra por el poder de la ciudad. Entre esas familias había una, güelfa, que la historia iba a unir para siempre a esta roca: los Grimaldi.
Expulsados de Génova en las luchas de facciones, los Grimaldi güelfos buscaron aliados y refugios a lo largo de la costa. Y pusieron los ojos en Mónaco, controlada por los gibelinos. La toma de la Roca no sería un asedio glorioso, sino un golpe de astucia que se volvería leyenda fundacional.
La fecha fundacional de Mónaco es precisa: el 8 de enero de 1297. Aquella noche de invierno, un genovés güelfo llamado François Grimaldi se presentó ante la puerta de la fortaleza de la Roca, entonces en manos gibelinas, disfrazado de fraile franciscano, pidiendo cobijo para pasar la noche. Los guardias, sin sospechar de un humilde monje, le abrieron. Ya dentro, Grimaldi sacó la espada que ocultaba bajo el hábito, junto con sus hombres escondidos, redujo a la guarnición y abrió las puertas al resto de sus soldados. La Roca cayó por engaño.
Aquel François Grimaldi pasó a la historia con el apodo de 'Malizia' ('el Malicioso', 'el Astuto'), justamente por la treta. El episodio quedó grabado en el imaginario y en la heráldica del Principado: el escudo de armas de Mónaco muestra dos frailes empuñando sendas espadas, en recuerdo de aquella noche, bajo el lema 'Deo Juvante' ('con la ayuda de Dios'). Es difícil encontrar un país cuyo emblema nacional celebre, con tanta franqueza, un acto de astucia militar.
La toma de 1297 no consolidó de inmediato el dominio Grimaldi: la Roca volvió a cambiar de manos varias veces en las décadas siguientes, en el vaivén de las guerras genovesas. La posesión definitiva llegó un siglo más tarde. En 1419, los Grimaldi compraron el señorío de Mónaco a la Corona de Aragón, que entonces tenía derechos sobre la zona, y a partir de ahí su soberanía sobre la Roca ya no se interrumpió. Ese linaje que empezó con un fraile fingido reina todavía hoy, más de setecientos años después: es una de las dinastías gobernantes más antiguas del mundo.
Durante siglos, los Grimaldi gobernaron la Roca como señores, luego como príncipes, en un delicado juego de equilibrios entre las grandes potencias vecinas: Francia, España, el Piamonte-Cerdeña. Mónaco fue sucesivamente aliada y protegida de unos y otros, siempre buscando conservar su independencia por el arte de la diplomacia y por su tamaño insignificante, que lo hacía más útil como tapón neutral que como conquista.
El castillo genovés fue mudando de piel con cada época. Los Grimaldi lo convirtieron en una residencia señorial y luego en un palacio renacentista y barroco, con su patio de honor, su escalinata de mármol de Carrara y sus galerías decoradas con frescos por artistas italianos. En 1543, la plaza resistió un asedio de las flotas franco-otomanas. La Revolución Francesa golpeó duro: entre 1793 y 1814, Mónaco fue anexionada por Francia, los Grimaldi despojados y el palacio convertido en cuartel y hospicio. La caída de Napoleón devolvió el trono a la familia, bajo protectorado primero del Piamonte-Cerdeña y, desde 1861, de Francia, mediante un tratado que fijó las relaciones que aún hoy vinculan a los dos países.
La Roca conservó siempre su condición de sede del poder. Allí estaban —y están— el Palacio, residencia oficial del soberano; la iglesia principal, elevada al rango de catedral cuando Mónaco obtuvo su propia diócesis; el gobierno y las instituciones. Mientras Monte Carlo, del otro lado del puerto, se llenaba de casinos y hoteles en el siglo XIX, la Roca siguió siendo el Mónaco histórico, institucional y religioso, el que guarda la memoria de la dinastía.
Si la Roca tiene hoy uno de los museos más asombrosos del Mediterráneo, se lo debe a un príncipe fuera de lo común: Alberto I (1848-1922). Militar de formación y sabio por vocación, Alberto I fue un auténtico pionero de la oceanografía. Organizó y financió decenas de campañas científicas por el Atlántico, el Mediterráneo y el Ártico a bordo de sus propios yates, sondeando profundidades, cartografiando corrientes y recogiendo especies marinas cuando el fondo del mar era todavía un misterio casi total.
Para albergar y difundir el fruto de esas expediciones, Alberto I hizo construir sobre el flanco sur de la Roca el Museo Oceanográfico, un edificio monumental de estilo neobarroco que se aferra al acantilado con una fachada de casi noventa metros que cae a pico sobre el mar. Se inauguró con gran pompa el 29 de marzo de 1910. El museo fue —y sigue siendo— un templo laico dedicado al conocimiento del océano, con su célebre acuario, sus salas de instrumentos y esqueletos de ballena, y su instituto de investigación. Décadas más tarde, el comandante Jacques Cousteau lo dirigiría durante muchos años, prolongando esa vocación pionera.
Alberto I no fue solo un hombre de ciencia. También impulsó la paleontología y la antropología —fundó institutos y museos—, y se distinguió como pacifista en una Europa que se encaminaba hacia la Primera Guerra Mundial. Bajo su reinado, en 1911, Mónaco se dotó además de su primera Constitución, dando un paso desde la monarquía absoluta hacia una monarquía con reparto de poderes. La estatua del príncipe con impermeable y gorra de marino que hoy vigila los Jardines de Saint-Martin recuerda a este soberano que miró al mar no para exhibir riqueza, sino para comprenderlo.
El siglo XX regaló a la Roca su capítulo más romántico y más triste. En 1956, el príncipe Rainiero III se casó con la actriz estadounidense Grace Kelly, estrella de Hollywood dirigida por Alfred Hitchcock. La ceremonia civil se celebró el 18 de abril en el Salón del Trono del Palacio y la religiosa al día siguiente, el 19 de abril, en la Catedral de la Roca, ante unos 700 invitados —entre ellos Cary Grant, Ava Gardner y Aristóteles Onassis— y seguida por unos 30 millones de personas en todo el mundo por televisión. La prensa la bautizó 'la boda del siglo'. Grace Kelly, convertida en la princesa Grace, dio a Mónaco un aura de glamour que multiplicó su fama y su atractivo turístico.
El cuento de hadas terminó en tragedia. El 13 de septiembre de 1982, mientras conducía por una de las carreteras serpenteantes de las alturas de Mónaco, la princesa Grace sufrió un accidente —al parecer precipitado por un derrame cerebral al volante— y murió al día siguiente. Su funeral, el 18 de septiembre en la misma catedral donde se había casado, conmovió al mundo. Fue enterrada en la cripta de los Grimaldi, donde su tumba, sencilla y siempre florida, sigue siendo uno de los lugares más visitados de la Roca. A su lado descansa hoy Rainiero III, fallecido en 2005, junto a los príncipes de la dinastía.
Desde 2005 reina Alberto II, hijo de ambos y digno heredero de la vena oceanográfica de su bisabuelo Alberto I: se ha volcado en causas ambientales y en la protección de los océanos. Bajo su reinado, Mónaco ha seguido creciendo —incluso ganando tierra al mar, como en el reciente barrio de Mareterra— sin perder su identidad. Y en el centro de todo, inmutable, sigue la Roca: el peñón donde un fraile con espada fundó, una noche de enero de 1297, uno de los Estados más singulares y persistentes de la historia de Europa.