El nombre lo dice todo, si uno sabe leerlo. 'Condamine' viene del latín medieval 'condamina' (o 'condominium'), una palabra que designaba las tierras de cultivo situadas al pie de un castillo, en la parte llana y protegida. En toda la Provenza y la Liguria hay lugares llamados así: las 'condamines' eran las mejores tierras, las del fondo del valle, trabajadas al abrigo de la fortaleza que las dominaba desde lo alto.
En Mónaco, esa fortaleza es la Roca coronada por el castillo de los Grimaldi, y la Condamine es exactamente la franja llana que se extiende a sus pies, alrededor del puerto. Mientras la Roca era el reducto amurallado, defensivo e institucional, la Condamine era la zona de la vida práctica: los huertos, los almacenes, los pescadores, el trajín del puerto. Esa vieja división entre la ciudad alta (el poder) y la ciudad baja (el trabajo y el comercio) sigue siendo perfectamente legible hoy: arriba, el Palacio y los monumentos; abajo, el mercado, las tiendas y los yates.
El corazón de la Condamine fue siempre el agua. Aquí está el único puerto natural profundo de esta parte de la costa, protegido por la propia forma de la Roca, que fue lo que hizo de este punto un lugar habitado desde la Antigüedad. Sin ese fondeadero, probablemente no habría existido Mónaco.
En un pliegue de la Condamine, encajonada entre los edificios modernos y la primera curva del circuito, se esconde la capilla más querida de Mónaco: la de Sainte-Dévote, la santa patrona del Principado. Su historia se hunde en los primeros siglos del cristianismo y ha llegado hasta hoy convertida en la tradición más íntima de los monegasqueses.
Según el relato, Devota (o Dévote) era una joven cristiana de Córcega martirizada hacia el año 303 o 304, durante las persecuciones romanas de Diocleciano. Para salvar su cuerpo de la profanación, unos fieles lo embarcaron en una pequeña nave rumbo a África. Una tempestad amenazó con hundir la barca, pero —dice la leyenda— del cuerpo o de la boca de la santa salió volando una paloma que guió la nave hasta ponerla a salvo en esta orilla de Mónaco, al pie de la Roca, un día de enero. Allí se enterraron sus reliquias y, con el tiempo, se levantó la capilla.
Desde hace siglos, Mónaco honra a su patrona con una ceremonia que recrea la travesía. La noche del 26 de enero, tras una misa, se prende fuego a una barca de pescadores frente a la capilla, en presencia del príncipe y la familia soberana, mientras la ciudad se ilumina; al día siguiente, el 27, se celebra la fiesta patronal con procesión solemne. Santa Devota protege no solo al Principado sino a la propia dinastía Grimaldi, y su capilla, sencilla y recogida, es un recordatorio de que, bajo el brillo de los casinos y los yates, Mónaco conserva un alma antigua y profundamente mediterránea.
El Puerto Hércules es tan antiguo como el propio nombre de Mónaco. Los navegantes griegos y los romanos ya conocían y usaban este 'Portus Herculis Monoeci', el puerto de Hércules, como escala natural en la ruta marítima entre Italia y las Galias. Durante siglos, sin embargo, fue poco más que una dársena natural con muelles rudimentarios, donde fondeaban barcos de pesca y de cabotaje al abrigo de la Roca.
El gran salto llegó a comienzos del siglo XX, de la mano del mismo príncipe que dotó a Mónaco de su museo del mar: Alberto I. Con el Principado en plena transformación gracias a los ingresos del casino, el soberano impulsó la construcción de un puerto moderno, con diques y muelles de fábrica capaces de acoger embarcaciones mayores. Fue una obra clave que ancló definitivamente la vocación marítima de la Condamine.
Ya en el siglo XXI, el puerto dio otro paso espectacular: para poder recibir grandes cruceros sin sacrificar el abrigo de la dársena, se construyó una gigantesca contradársena mediante un dique semiflotante. Esa enorme pieza de hormigón, de unos 350 metros de largo, se fabricó en Algeciras (España) y se remolcó por mar hasta Mónaco en 2002, donde se ancló para ampliar y proteger el puerto. Hoy, el Puerto Hércules es sinónimo de lujo flotante: aquí se amarran algunos de los yates privados más grandes y caros del mundo, y cada septiembre acoge el Monaco Yacht Show, la feria náutica de alta gama más importante del planeta. El viejo fondeadero de los pescadores se convirtió en el escaparate de las mayores fortunas del mar.
La otra gran gloria de la Condamine no viene del mar, sino del asfalto. Fue aquí, en las calles del barrio y las cuestas que suben a Monte Carlo, donde nació uno de los acontecimientos deportivos más famosos del mundo: el Gran Premio de Mónaco de automovilismo.
La afición monegasca por los motores era anterior. En 1911 se había disputado el primer Rally de Montecarlo, que convertía al Principado en meta de una carrera de resistencia por carretera desde distintas ciudades europeas. Pero la idea de correr dentro de Mónaco, por sus propias calles, se le atribuye a Antony Noghès, hijo del presidente del Automobile Club de Monaco (heredero del viejo Sport Vélocipédique fundado en 1890). Noghès quería un gran evento que diera prestigio internacional al club y al Principado, y con el apoyo del piloto local Louis Chiron trazó un circuito urbano aprovechando la topografía única de Mónaco: el puerto, las subidas, el túnel, las curvas cerradas entre los edificios.
El primer Gran Premio de Mónaco se corrió el 14 de abril de 1929. Lo ganó un piloto británico que competía bajo el seudónimo de 'Williams' —su verdadero nombre era William Grover-Williams— al volante de un Bugatti pintado del célebre azul de carreras. Aquel trazado apretado, lento y endiabladamente técnico, donde no hay margen para el error porque los muros están a centímetros de las ruedas, se convirtió en una leyenda. Cuando nació el Campeonato del Mundo de Fórmula 1 en 1950, Mónaco fue una de sus pruebas fundadoras, y desde entonces figura entre las carreras más prestigiosas del calendario: ganar en Mónaco es, para un piloto, casi tan codiciado como ganar el campeonato. El circuito sigue siendo, en lo esencial, el mismo que ideó Noghès, y una de sus curvas lleva hoy su nombre.
De todos los barrios de Mónaco, la Condamine es quizá el que mejor ha conservado su función original: la de zona de vida cotidiana y comercio. Mientras Monte Carlo brilla para los turistas y la Roca guarda la memoria de la dinastía, la Condamine es donde late el pulso diario del Principado.
Su símbolo es el Mercado de la Condamine, en la Place d'Armes, que lleva más de 120 años reuniendo cada mañana a los monegasqueses en torno a los puestos de frutas, verduras, flores y productos frescos. La incorporación de la Halle Gourmande, con sus barras de comida donde se sirven las especialidades locales, lo convirtió además en el mejor lugar del país para comer bien sin arruinarse. Alrededor, las calles peatonales como la Rue Princesse Caroline mantienen el comercio de proximidad, los cafés con terraza y una escala humana que contrasta con el lujo de las vitrinas de Monte Carlo.
El barrio vive al ritmo de sus dos grandes citas anuales, tan distintas entre sí: en junio, el rugido del Gran Premio, cuando las calles se cierran, se montan las tribunas y el mundo entero mira a Mónaco; en septiembre, el desfile silencioso de los megayates del Yacht Show. Y en el corazón del invierno, la ceremonia recogida de Sainte-Dévote recuerda que este barrio del puerto, hoy escaparate de fortunas, sigue siendo el que guarda las tradiciones más antiguas y sentidas del Principado. Entre el mar, el mercado y el circuito, la Condamine es, sencillamente, el Mónaco que vive todos los días del año.