El nombre engaña. 'Fontvieille' significa 'fuente vieja', un topónimo antiguo que designaba esta parte baja y occidental de Mónaco, al pie del acantilado de la Roca, donde brotaba agua. Pero el barrio que hoy lleva ese nombre es, en realidad, la zona más joven del Principado: casi todo lo que pisa el visitante en Fontvieille es tierra fabricada, ganada al mar hace apenas medio siglo. El nombre es viejo; el suelo, nuevo.
Durante siglos, esta franja occidental fue poco más que una orilla escarpada y un rincón portuario menor, a la sombra de la Roca. Mónaco, encajonado entre las montañas y el Mediterráneo, no tenía dónde crecer, y el problema se agravó en el siglo XX: la población aumentaba, llegaban empresas y residentes atraídos por el régimen fiscal, hacían falta viviendas, oficinas, instalaciones deportivas, y no había ni un metro cuadrado libre en un país de dos kilómetros cuadrados.
La solución fue la misma que Mónaco venía aplicando desde el siglo XIX en Larvotto y en el puerto: robarle espacio al mar. Pero en Fontvieille la operación alcanzó una escala sin precedentes. No se trataba de ensanchar una orilla, sino de crear, desde cero, un barrio entero sobre el agua. Fue la gran obra de un reinado.
El hombre detrás de Fontvieille fue el príncipe Rainiero III, que reinó de 1949 a 2005 y a quien la historia recuerda como 'le prince bâtisseur', el príncipe constructor. Convencido de que la supervivencia y la prosperidad del microestado dependían de darle espacio, Rainiero impulsó a lo largo de su reinado una política sistemática de expansión sobre el mar que llegó a ampliar la superficie de Mónaco en torno a una quinta parte.
Fontvieille fue su proyecto más ambicioso. A partir de finales de los años 1960 y a lo largo de los 70, gigantescas obras de relleno fueron creando, a fuerza de escolleras y toneladas de material, una plataforma nueva de varias hectáreas sobre las aguas del oeste del Principado. Sobre ese suelo inventado se trazó un barrio moderno y planificado, con bloques de viviendas, oficinas, un centro comercial, un puerto deportivo, instalaciones industriales ligeras y —algo fundamental para un país tan denso— amplias zonas verdes y equipamientos públicos.
Rainiero no quiso un barrio solo funcional. Fontvieille se concibió también como escaparate de algunas de sus pasiones personales y como homenaje a su familia. Aquí instalaría su colección de coches, aquí levantaría el gran estadio, y aquí, tras la muerte de su esposa, plantaría un jardín entero de rosas en su memoria. El barrio nacido de la ingeniería se llenó, así, de una dimensión íntima y sentimental.
Fontvieille es, en buena medida, un retrato del príncipe Rainiero III a través de sus aficiones. La más conocida era su amor por los automóviles. A lo largo de décadas reunió una colección extraordinaria de coches antiguos y de competición —desde un De Dion-Bouton de 1903 hasta monoplazas de Fórmula 1 que habían corrido el Gran Premio de Mónaco, junto a Rolls-Royce, Ferrari, Bugatti y los coches de gala de las ceremonias principescas—. Esa Colección de Coches, hoy expuesta en un moderno pabellón junto al estadio, es una de las visitas estrella del barrio y un testimonio de la pasión mecánica del soberano.
La otra gran huella personal de Fontvieille es un homenaje al amor de su vida. En 1982, la princesa Grace (Grace Kelly), esposa de Rainiero desde 1956, murió en un accidente de tráfico que enlutó al Principado y conmovió al mundo. Dos años después, en 1984, el príncipe creó en Fontvieille la Roseraie Princesse Grace, un jardín dedicado por entero a las rosas —las flores que ella amaba—, con cientos de variedades y miles de rosales, presidido por una estatua de la princesa paseando. Es uno de los rincones más emotivos de Mónaco, un monumento vivo y perfumado a la memoria de Grace.
Entre los coches y las rosas, Fontvieille reunió además una serie de museos que reflejan otras facetas del país y de la casa Grimaldi: el Museo de Sellos y Monedas, que exhibe la célebre filatelia y numismática monegascas, o colecciones navales y de historia natural. El barrio de hormigón sobre el mar se convirtió, sin proponérselo del todo, en un mosaico de las pasiones y la memoria de una dinastía.
Uno de los símbolos más reconocibles de Fontvieille —y de todo Mónaco— es el estadio Louis II, con sus nueve arcos blancos recortados contra el cielo. Inaugurado en su forma actual en 1985 sobre el terreno ganado al mar, es una proeza urbanística: está construido sobre una losa que cubre un aparcamiento de varias plantas, encajando un estadio de fútbol de primera división en un país que apenas tiene sitio para respirar.
El estadio es la casa del AS Monaco, el club fundado en 1924 que, pese a representar a un microestado de unas decenas de miles de habitantes, compite en la Ligue 1 francesa y figura entre los clubes más laureados del país, con varios títulos de campeón de Francia en sus vitrinas. El AS Monaco ha vivido grandes noches europeas —llegó a disputar una final de la Liga de Campeones en 2004— y por sus filas han pasado entrenadores y futbolistas que luego triunfaron en todo el mundo. Que un país tan pequeño tenga un club capaz de codearse con los gigantes europeos es una de las rarezas simpáticas del deporte.
El Louis II no es solo fútbol: durante años acogió la Supercopa de Europa, alberga la Salle Gaston Médecin (templo del baloncesto monegasco) y es sede de un prestigioso mitin internacional de atletismo. Fuera de los partidos, sus visitas guiadas permiten recorrer los vestuarios, el túnel de salida al césped y las tribunas. Para un barrio nacido de la nada sobre el mar, tener un estadio así es toda una declaración de ambición.
De todos los barrios del Principado, Fontvieille es quizá el que menos encaja con la imagen tópica de Mónaco. Aquí no hay casino ni palacios de la Belle Époque ni el brillo de Monte Carlo: hay un barrio moderno, planificado y tranquilo, donde la gente vive, trabaja y pasea entre jardines. Es el Mónaco cotidiano, el que funciona lejos de los flashes.
Su equilibrio entre funciones es notable para un espacio tan reducido: viviendas y oficinas conviven con un puerto deportivo apacible, un gran centro comercial, instalaciones deportivas, museos y una sucesión de parques —el Parque Paisajístico, la Roseraie— que hacen de Fontvieille una de las zonas más verdes del país. Los domingos, el mercado de pulgas del puerto llena la explanada de vecinos y curiosos, en una escena de barrio que podría estar en cualquier ciudad mediterránea. La fuerte presencia italiana de Mónaco se nota en sus trattorias y en el ambiente relajado de sus terrazas.
Fontvieille resume, en pequeño, la historia del Mónaco moderno: la de un país que, sin espacio y sin recursos naturales, decidió fabricarse el suelo que la geografía le negaba, y lo llenó no solo de negocios, sino también de deporte, jardines y memoria. Al pie de la Roca milenaria de los Grimaldi, el barrio más joven del Principado demuestra que Mónaco, para seguir existiendo, nunca ha dejado de inventarse a sí mismo. Es, además, la base perfecta para combinar la visita con la Roca histórica y con el Jardín Exótico, ambos justo encima, a un paso en ascensor.