En el centro exacto de Gozo hay una colina que se ve desde casi cualquier punto de la isla. Sobre ella se levanta la Ċittadella, y esa posición dominante explica por qué allí se ha vivido, rezado y combatido durante milenios. La historia de Victoria es, ante todo, la historia de esta colina fortificada, ocupada sin interrupción desde la prehistoria.
Las excavaciones han revelado que ya en la Edad del Bronce, hace unos tres mil años, existía aquí un asentamiento. Más tarde llegaron los fenicios y los cartagineses, que hicieron de la altura una acrópolis, y después los romanos, que gobernaron una ciudad llamada en la antigüedad Gaulos o Glauconis, capital de la pequeña isla que ellos conocían como Gaulos. Sobre esos cimientos antiguos se fue formando, en la Edad Media, un castillo-refugio: el Castello, corazón de Gozo.
Durante siglos, la colina no fue solo la sede del poder, sino literalmente el hogar nocturno de todos los gozitanos. El peligro constante de los corsarios berberiscos y otomanos, que asolaban el Mediterráneo esclavizando a cuanto cristiano encontraban en la costa, obligó a que la población de la isla pasara las noches encerrada dentro de las murallas del Castello. De día se bajaba a trabajar los campos; al caer el sol, había que subir a refugiarse. Aquella vida de miedo permanente definió durante generaciones a la sociedad gozitana, y anticipaba la tragedia que estaba por llegar.
El miedo se hizo realidad en el verano de 1551. En julio de aquel año, una gran flota otomana de unos 145 barcos y unos 10.000 hombres se presentó frente a las islas maltesas. La mandaba el almirante Sinán Bajá, con el temible corsario Dragut (Turgut Reis) como lugarteniente. Tras intentar sin éxito atacar Malta y saquear los alrededores, los otomanos volcaron toda su fuerza contra Gozo, casi indefensa.
La población se refugió, como siempre, en el Castello. Pero sus murallas medievales, viejas y mal artilladas, no podían resistir la artillería otomana. Tras apenas un par de días de bombardeo, el gobernador Galatian de Sesse capituló el 26 de julio. Las condiciones de rendición fueron rechazadas, y lo que siguió fue una catástrofe: casi toda la población que se había refugiado dentro fue hecha prisionera. Entre 5.000 y 7.000 gozitanos —la inmensa mayoría de los habitantes de la isla— fueron cargados en los barcos y llevados como esclavos al norte de África y, muchos, a Constantinopla.
De aquellos cautivos, buena parte de los hombres adultos acabó remando en las galeras otomanas. Los documentos de la época mencionan a esclavos gozitanos en la capital otomana: algunos fueron rescatados o liberados con el tiempo, otros se convirtieron al islam, y muchos murieron en el cautiverio, lejos de su isla. Gozo quedó prácticamente vacía, arrasada y silenciosa. Fue una de las mayores tragedias de la historia maltesa, y su recuerdo, transmitido de generación en generación, sigue vivo en la memoria de los gozitanos.
Tras la deportación de 1551, Gozo era casi un desierto. Los Caballeros de San Juan, que gobernaban Malta desde 1530 y a los que pertenecía también Gozo, tuvieron que repoblar la isla trayendo familias de Malta y de Sicilia para volver a cultivar sus campos y habitar sus pueblos. La recuperación fue lenta y dolorosa; durante décadas, la amenaza corsaria siguió pesando sobre una población escasa y temerosa.
La lección del desastre era evidente: había que reconstruir las defensas. A lo largo de los siglos XVI y XVII, la Orden reforzó y modernizó las murallas del Castello, transformando la vieja fortaleza medieval en una ciudadela artillada 'a la moderna', con bastiones capaces de resistir el cañón. Es en gran parte la Ċittadella que vemos hoy: un cinturón de murallas doradas sobre la colina, adaptado a la guerra de la pólvora.
Con el tiempo, y a medida que el peligro corsario menguaba, la obligación de pernoctar dentro de las murallas se fue relajando, y la población empezó a asentarse de forma permanente en el arrabal a los pies de la colina, el Rabat, que crecería hasta convertirse en la actual Victoria. Dentro del recinto se levantó, entre 1697 y 1711, la nueva catedral barroca, obra del arquitecto Lorenzo Gafà, sobre el solar donde había habido un templo romano dedicado a Juno y luego una iglesia medieval dañada en el asalto de 1551. La ciudadela dejaba de ser solo un refugio para convertirse también en el centro religioso y simbólico de Gozo.
Durante siglos, la capital de Gozo se llamó sencillamente Rabat, que en árabe y maltés significa 'arrabal' o 'suburbio', por haber nacido a los pies del Castello. El cambio de nombre llegó con los británicos. En 1800, Malta y Gozo habían quedado bajo protección británica tras la expulsión de los franceses de Napoleón, y en 1814 se convirtieron formalmente en colonia de la Corona.
En 1897, para celebrar el jubileo de diamante de la reina Victoria —sus sesenta años en el trono—, las autoridades británicas rebautizaron oficialmente la ciudad como Victoria, en honor a la soberana. El nombre se impuso en los documentos y en los mapas, aunque muchos gozitanos, sobre todo los mayores, siguen llamando a su capital Rabat hasta el día de hoy. Así, la ciudad tiene dos nombres que conviven: el oficial y británico, Victoria, y el histórico y popular, Rabat.
Bajo el dominio británico, que duró hasta la independencia de Malta en 1964, Victoria consolidó su papel de capital gozitana. Se construyeron jardines públicos como los de Villa Rundle, se desarrolló el centro comercial en torno a la plaza It-Tokk, y floreció una intensa vida cultural y festiva. Dos grandes parroquias —la de Santa María, en la catedral de la Ċittadella, y la de San Jorge, con su deslumbrante basílica de mármol y oro en el casco— protagonizan desde entonces una célebre rivalidad festiva, con bandas de música, teatros de ópera (el Aurora y el Astra) y espectaculares fiestas patronales de verano que son el orgullo de la ciudad.
Con el paso del tiempo, buena parte de la Ċittadella, sobre todo el sector norte, quedó abandonada y en ruinas, a medida que la vida se trasladaba definitivamente al Rabat de abajo. Durante décadas, la vieja ciudadela fue un conjunto pintoresco pero deteriorado, poblado de casas semiderruidas y aljibes olvidados. Eso cambió en las últimas décadas gracias a un ambicioso proyecto de restauración, financiado en parte con fondos europeos, que consolidó las murallas, recuperó edificios históricos y creó nuevos museos y un moderno centro de visitantes.
Hoy la Ċittadella es de nuevo el corazón simbólico de Gozo y su principal atractivo turístico. Se puede recorrer libremente sus murallas y callejuelas, visitar la catedral con su famosa cúpula pintada en trampantojo, y entrar a un conjunto de museos —arqueología, naturaleza, la conmovedora vieja prisión con sus grafitis de presos y la casa histórica gozitana— que cuentan milenios de historia insular. Desde lo alto, la vista de 360 grados sobre toda Gozo sigue siendo tan sobrecogedora como cuando era el último refugio de la isla.
Gozo, con sus poco más de 30.000 habitantes, mantiene una identidad propia y un ritmo más pausado que Malta: es más verde, más rural y más tranquila, orgullosa de sus tradiciones, su queso, sus fiestas y su historia. Y Victoria, su capital, con la Ċittadella coronando la colina, condensa todo eso: la memoria de la deportación de 1551, la fe barroca, la rivalidad festiva y la vida cotidiana del mercado de It-Tokk. Una ciudad pequeña, en una isla pequeña, con una de las historias más intensas del Mediterráneo grabada en su piedra dorada.