Para entender Rabat hay que imaginar primero una ciudad que ya no existe con esa forma: Melite, la gran capital de la Malta antigua. En época fenicia, púnica y sobre todo romana, Melite ocupaba un perímetro amurallado mucho mayor que la actual Mdina, y se extendía sobre buena parte de lo que hoy es Rabat. Es decir, Rabat y Mdina eran, en origen, una misma ciudad: el corazón político y económico de la isla, situado tierra adentro, en la meseta más alta y defendible, lejos de las incursiones costeras.
La Melite romana era una ciudad próspera, con foros, templos, murallas y residencias aristocráticas ricamente decoradas. El mejor testimonio de aquella opulencia son los restos de la Domus Romana, una lujosa casa del cambio de era descubierta en el límite entre Mdina y Rabat, cuyos mosaicos —entre los más finos del Mediterráneo occidental, con motivos geométricos y la célebre escena de las palomas— revelan el gusto helenístico y la riqueza de las élites locales. Malta, en la órbita de Roma desde el 218 a.C., fue un enclave comercial y estratégico en las rutas del Mediterráneo central.
En esta Melite romana se inserta el episodio que marcaría para siempre la identidad de Rabat y de toda la isla: el naufragio de San Pablo. Según los Hechos de los Apóstoles, hacia el año 60 d.C., el apóstol, prisionero camino de Roma, naufragó en las costas de Malta y permaneció tres meses en la isla. La tradición sitúa su refugio en una gruta de Rabat, desde la que habría predicado el cristianismo, y su encuentro con Publio, el hombre principal de Melite, a quien convirtió y que sería venerado como primer obispo de Malta. Aquel naufragio hizo de Malta una de las primeras comunidades cristianas del mundo, y de Rabat, uno de sus lugares sagrados.
El legado más extraordinario de la Rabat antigua está bajo tierra. Entre los siglos III y V d.C., la comunidad de Melite excavó en la roca caliza del subsuelo de Rabat vastas necrópolis subterráneas, las catacumbas, que constituyen uno de los conjuntos de cementerios paleocristianos más importantes fuera de Roma y el testimonio más elocuente del cristianismo primitivo en el Mediterráneo central. La ley romana prohibía enterrar dentro de las ciudades, así que los muertos se llevaban extramuros, y la roca blanda de Rabat, fácil de tallar, se prestaba a excavar galerías y cámaras funerarias.
Los dos grandes complejos son las Catacumbas de San Pablo y las de Santa Águeda, pero hay muchos otros hipogeos menores repartidos por la zona. Se trata de auténticas ciudades de los muertos: kilómetros de pasadizos, salas y tumbas de distintos tipos —nichos, sarcófagos, tumbas 'de baldaquino'— excavados a mano. Un rasgo muy característico son los agape tables, mesas rituales circulares talladas en la roca, alrededor de las cuales los familiares celebraban banquetes funerarios en memoria de los difuntos, una costumbre que mezclaba tradiciones paganas y cristianas.
Un aspecto fascinante de estas catacumbas es que en ellas convivieron enterramientos cristianos, judíos y paganos, a veces en el mismo complejo, con símbolos propios de cada religión (la menorá judía, los símbolos cristianos). Ello revela una Malta antigua diversa y tolerante en la muerte, donde varias comunidades religiosas compartían el mismo subsuelo. Aunque llevan nombres de santos, las catacumbas no guardan relación directa con ellos: son advocaciones devocionales posteriores. Las de Santa Águeda conservan además valiosos frescos medievales en su cripta, superponiendo capas de culto a lo largo de los siglos.
La fisonomía y el nombre de Rabat, como los de Mdina, se fraguaron con la conquista árabe. Hacia el año 870 d.C., los musulmanes tomaron Malta, y bajo su dominio la antigua Melite fue reorganizada. Los árabes decidieron reducir la ciudad a su núcleo más alto y defendible, que rodearon de nuevas murallas y separaron mediante un foso: ese núcleo pasó a llamarse Mdina, del árabe 'medina', 'la ciudad'. El resto del antiguo perímetro urbano, que quedó fuera de las nuevas murallas, se convirtió en el suburbio o arrabal, y recibió el nombre que aún conserva: Rabat, que en árabe significa precisamente 'arrabal' o 'suburbio'.
Así, una decisión urbanística de hace más de mil años partió en dos la vieja capital y creó la relación que perdura hasta hoy: Mdina, la ciudad amurallada e intramuros; Rabat, el arrabal extramuros. Los grandes cementerios subterráneos paleocristianos, que en época romana estaban fuera de las murallas de Melite, quedaron ahora en el territorio de Rabat, lo que explica por qué las principales catacumbas de la isla se encuentran precisamente aquí.
Durante el período árabe, que se prolongó hasta la conquista normanda de 1091, la zona mantuvo población y actividad, y la huella de aquella etapa fue profunda: además de los nombres de Mdina y Rabat, el árabe implantado entonces es el origen de la lengua maltesa, que todavía se habla. Curiosamente, en la Domus Romana los arqueólogos hallaron tumbas musulmanas excavadas sobre los restos de la casa romana, lo que muestra que la zona siguió usándose como cementerio también en época islámica, superponiendo culturas y creencias en un mismo suelo.
A lo largo de la Edad Media, mientras Mdina era la capital aristocrática, Rabat creció como pueblo estrechamente ligado a ella, con su propia vida religiosa y comunitaria. La devoción a San Pablo, padre espiritual del cristianismo maltés, dio a Rabat un papel central en la fe de la isla: la Gruta de San Pablo y los lugares asociados a su estancia se convirtieron en centros de peregrinación, y en torno a ellos se levantaron capillas, iglesias y conventos. Órdenes religiosas como los franciscanos, dominicos, agustinos y capuchinos se establecieron en Rabat, que se llenó de templos.
Con la llegada de la Orden de San Juan en 1530 y, sobre todo, tras la fundación de La Valeta, la zona de Mdina y Rabat quedó apartada del poder político, pero conservó su prestigio religioso. En el siglo XVII, el gran maestre francés Alof de Wignacourt —el mismo que dotó a Malta de acueductos y fortificaciones— impulsó la construcción del gran complejo religioso sobre la Gruta de San Pablo: la iglesia de San Pablo, la gruta acondicionada como santuario y un colegio para los capellanes de la Orden, que hoy alberga el Museo Wignacourt. Aquel patrocinio consolidó a Rabat como el gran centro de culto paulino de la isla.
La vida de Rabat siguió girando en torno a sus iglesias, sus fiestas patronales y su condición de pueblo agrícola y artesano del interior. La religiosidad popular, tan característica de Malta, encontró aquí uno de sus focos más intensos, con procesiones, cofradías y la conmemoración cada 10 de febrero del naufragio de San Pablo, fiesta nacional que recuerda el origen del cristianismo maltés en estas mismas tierras.
El Rabat contemporáneo es un pueblo maltés vivo que carga sobre sus hombros —y bajo sus calles— un patrimonio de casi tres mil años. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Malta sufrió uno de los bombardeos más intensos de la historia, los vecinos de Rabat encontraron refugio en el mismo subsuelo que sus antepasados habían horadado: se excavaron o reutilizaron túneles y galerías como refugios antiaéreos, algunos de los cuales, como los que se visitan desde el Museo Wignacourt, se conservan hoy junto a las catacumbas y la gruta, superponiendo la guerra del siglo XX a la Roma del siglo I.
En la Malta independiente y moderna, Rabat ha sabido conservar su carácter sin convertirse en un decorado. Sigue siendo un pueblo de vecinos, con su plaza de Saqqajja, sus iglesias, sus fiestas patronales ruidosas y coloridas, y sus célebres pastizzerías, donde se hornean algunos de los mejores pastizzi de la isla, esas empanaditas de hojaldre que son casi un emblema nacional. Ese contraste entre la solemnidad histórica y la vida cotidiana es parte de su encanto: se puede pasar de recorrer una catacumba de dieciséis siglos a comer un pastizzi caliente en la calle en cuestión de minutos.
Gestionadas por Heritage Malta y por fundaciones religiosas, las catacumbas de San Pablo y de Santa Águeda, la Domus Romana y el Museo Wignacourt hacen de Rabat, junto a la vecina Mdina, el gran polo del turismo histórico del interior de Malta. Menos fotogénica que la 'ciudad del silencio' pero más profunda en su legado, Rabat premia a quien se detiene a mirar hacia abajo y descubre que buena parte de la historia más antigua de Malta —la romana, la paleocristiana, la de San Pablo— sigue aquí, escondida bajo un pueblo cualquiera del centro de la isla.