La historia de La Valeta empieza con una orden de caballeros sin tierra. Los Caballeros de San Juan de Jerusalén, también llamados Hospitalarios, habían nacido en el siglo XI para cuidar a los peregrinos cristianos en Tierra Santa, y con el tiempo se convirtieron en una orden militar-religiosa que combatía en las Cruzadas. Tras la caída de los últimos bastiones cristianos en Oriente, se replegaron a Chipre y luego a la isla de Rodas, en el Egeo, donde durante dos siglos fueron una potencia naval que hostigaba a los turcos otomanos. En 1522, tras un asedio brutal, el sultán Solimán el Magnífico los expulsó de Rodas.
Durante ocho años, la Orden vagó por Europa sin hogar, hasta que en 1530 el emperador Carlos V —rey de España y señor de Sicilia— les cedió el archipiélago de Malta como feudo. El precio simbólico era pintoresco: un halcón maltés que debían entregar cada año al virrey de Sicilia (de ahí la leyenda del 'halcón maltés'). A cambio, los caballeros debían defender el Mediterráneo central del avance otomano y de los corsarios berberiscos.
Malta no era un premio codiciado. Era una isla árida, sin ríos, con pocos árboles y escasa agua, habitada por unos pocos miles de campesinos y pescadores de habla semítica. Los caballeros, acostumbrados a la fértil Rodas, se instalaron a regañadientes en Birgu (la futura Vittoriosa), junto al Gran Puerto, y fortificaron esa lengua de tierra. Pronto quedaría claro que aquella pequeña roca en mitad del mar era una posición estratégica de primer orden, y que su posesión se decidiría en una de las batallas más célebres de la historia.
En la primavera de 1565, el Imperio otomano lanzó contra Malta una de las mayores operaciones militares de su tiempo. Solimán el Magnífico, el sultán más poderoso de la época, envió una flota de más de 180 barcos y un ejército que las fuentes cifran en torno a los 30.000 o 40.000 hombres, con la misión de arrancar la isla a los caballeros y usarla como trampolín para atacar Sicilia, Italia y el Mediterráneo occidental. Frente a ellos, el gran maestre Jean Parisot de Valette, un veterano de más de setenta años, contaba con apenas unos 500 caballeros y unos pocos miles de soldados y milicianos malteses: quizá 6.000 u 8.000 defensores en total.
El asedio, que se extendió de mayo a septiembre, fue de una ferocidad extrema. Los otomanos concentraron primero su fuego sobre el pequeño Fuerte San Telmo, en la punta de la península donde hoy está La Valeta. Contra todo pronóstico, San Telmo resistió cerca de un mes bajo un bombardeo incesante antes de caer, con casi todos sus defensores muertos; pero esa resistencia desangró al atacante y le hizo perder un tiempo precioso. Cuenta la tradición que el comandante otomano Mustafá Bajá, al ver el costo de tomar aquel fuerte menor, exclamó desesperado preguntándose cuánto costaría entonces la ciudadela principal.
El asalto se trasladó luego a Birgu y Senglea, donde los caballeros y el pueblo maltés lucharon casa por casa. Hubo episodios de crueldad por ambos bandos —decapitaciones, cuerpos usados como mensaje— y una defensa desesperada en la que participaron mujeres, ancianos y niños. Cuando la situación parecía perdida, a comienzos de septiembre llegó por fin el Gran Socorro: una fuerza de refuerzo enviada desde Sicilia por el virrey español. Agotados y diezmados, los otomanos levantaron el asedio y se retiraron. La victoria cristiana, celebrada en toda Europa como un milagro, salvó a Malta y frenó el avance otomano hacia el oeste.
El Gran Asedio dejó una lección clara: si los caballeros querían sobrevivir a un próximo ataque, necesitaban una fortaleza moderna en la posición dominante de la península del monte Sciberras, la lengua de tierra entre el Gran Puerto y el puerto de Marsamxett desde la que los otomanos habían bombardeado a los defensores. El 28 de marzo de 1566, apenas medio año después de la victoria, el gran maestre Jean de Valette colocó la primera piedra de una ciudad completamente nueva que llevaría su nombre: Valletta, La Valeta.
El proyecto fue una hazaña de ingeniería y urbanismo. La Orden contrató al ingeniero militar italiano Francesco Laparelli, enviado por el papa Pío V, que diseñó un plano revolucionario para su época: una cuadrícula regular de calles rectas que se cruzan en ángulo recto, pensada tanto para la circulación como para la defensa, rodeada por un cinturón de murallas, baluartes y fosos excavados en la roca viva. Era una de las primeras ciudades europeas planificadas por completo desde cero según los principios del urbanismo renacentista y de la fortificación 'a la moderna'. Tras la marcha de Laparelli, la obra la continuó su ayudante maltés, el arquitecto Girolamo Cassar, autor de muchos de los edificios emblemáticos.
La construcción avanzó a un ritmo asombroso gracias a miles de obreros y esclavos. En pocos años se levantaron las murallas, la Concatedral de San Juan, el Palacio del Gran Maestre, los albergues (auberges) de las distintas 'lenguas' o naciones de la Orden y un hospital, la Sacra Infermeria, célebre por su enorme sala y su atención avanzada para la época. La Valeta se convirtió así en la nueva capital y el orgullo de la Orden: una ciudad barroca de piedra dorada, concebida a la vez como bastión militar y como escaparate del poder y la fe de los caballeros. Jean de Valette murió en 1568 y fue enterrado en la ciudad que había soñado, sin llegar a verla terminada.
Durante los siglos XVII y XVIII, La Valeta vivió su época de mayor esplendor como capital de un Estado próspero y cosmopolita gobernado por la Orden. Los caballeros, procedentes de la nobleza de toda Europa católica, hicieron de Malta una encrucijada del Mediterráneo: base de una flota que combatía a los corsarios, refugio de comercio y centro artístico donde confluían influencias italianas, francesas y españolas. La riqueza acumulada se volcó en embellecer la ciudad con el lenguaje exuberante del barroco.
El símbolo de ese esplendor es la Concatedral de San Juan. Por fuera es austera, casi una fortaleza; por dentro, un estallido de oro, mármoles policromados y pintura. El gran maestre Rafael Cotoner encargó al pintor calabrés Mattia Preti la decoración de la bóveda con escenas de la vida de San Juan Bautista, y cada 'lengua' de la Orden compitió por adornar su capilla con la mayor magnificencia. El suelo es un mosaico de casi cuatrocientas lápidas de mármol bajo las que reposan los caballeros. Y en su oratorio cuelga la joya absoluta: 'La decapitación de San Juan Bautista', de Caravaggio, la única obra que el genio italiano firmó, pintada durante su estancia en Malta como caballero, poco antes de huir de la isla tras un violento incidente.
La Orden también dejó su marca científica y humanitaria. La Sacra Infermeria era uno de los hospitales más avanzados de Europa, donde se atendía a los enfermos —incluidos peregrinos y esclavos— en platos de plata. Se fundó una universidad, se construyeron bibliotecas, teatros y palacios, y La Valeta se llenó de fuentes, iglesias y jardines. Aquel mundo brillante, sin embargo, se apoyaba en una economía que incluía el corso y la esclavitud, y en una aristocracia que, con el paso de las generaciones, fue perdiendo el fervor guerrero de sus fundadores. A finales del siglo XVIII, la Orden estaba en decadencia, debilitada por la pérdida de sus rentas en la Europa revolucionaria.
El fin de la Orden en Malta llegó de golpe. En junio de 1798, camino de su campaña de Egipto, Napoleón Bonaparte se presentó con su flota frente a La Valeta y exigió la rendición. El gran maestre Ferdinand von Hompesch, sin voluntad de resistir y con una Orden dividida y decadente, entregó la isla casi sin lucha. En pocos días, los franceses saquearon iglesias y tesoros —incluida buena parte de la plata de la Orden— y abolieron el viejo régimen. Pero el saqueo y las reformas anticlericales enfurecieron a los malteses, que se sublevaron contra la guarnición francesa y la sitiaron dentro de las murallas de La Valeta.
Los malteses pidieron ayuda a Gran Bretaña, cuya flota bloqueó el puerto. En 1800, los franceses hambrientos capitularon y Malta quedó bajo protección británica, algo que el Tratado de París de 1814 confirmó de forma definitiva: la isla se convirtió en colonia de la Corona. Para el Imperio británico, Malta era una joya estratégica: su Gran Puerto, profundo y abrigado, se transformó en una de las principales bases navales del Mediterráneo, escala clave en la ruta hacia la India y, tras la apertura del canal de Suez en 1869, punto vital del comercio y del poder imperial.
Bajo dominio británico, que se prolongó siglo y medio, La Valeta siguió siendo la capital y el centro administrativo. La ciudad se modernizó con nuevas obras, se construyeron astilleros y fortificaciones, y creció una identidad maltesa que combinaba la herencia católica y latina con la lengua inglesa y las instituciones británicas. El maltés y el inglés convivirían como idiomas, y el país adoptaría la conducción por la izquierda, herencia que perdura. A comienzos del siglo XX empezó a crecer también un movimiento por el autogobierno, que reclamaba más voz para los malteses en el destino de su isla.
El siglo XX puso a La Valeta y a toda Malta en primera línea de fuego. Durante la Segunda Guerra Mundial, la posición de la isla —a mitad de camino entre Europa y África, junto a las rutas de abastecimiento del Eje hacia el norte de África— la convirtió en un objetivo prioritario. Entre 1940 y 1942, la aviación alemana e italiana sometió a Malta a uno de los bombardeos más intensos y sostenidos de la historia: miles de incursiones aéreas descargaron un tonelaje de bombas descomunal sobre una isla diminuta, arrasando parte de La Valeta, los astilleros y las Tres Ciudades, y empujando a la población a refugiarse en túneles y refugios excavados en la roca.
Malta resistió al borde de la hambruna, con la población y la guarnición dependiendo de convoyes que cruzaban un mar dominado por el enemigo. El más famoso fue la Operación Pedestal, en agosto de 1942, cuando un convoy castigadísimo logró llevar suministros y combustible que salvaron a la isla de la rendición. En reconocimiento a la entereza de los malteses bajo el fuego, en abril de 1942 el rey Jorge VI concedió a toda la isla la Cruz de Jorge, la más alta condecoración civil británica al valor: un honor sin precedentes otorgado a un pueblo entero, cuya cruz figura hoy en la bandera de Malta. Desde los Lascaris War Rooms, excavados bajo La Valeta, se dirigió la defensa aérea y, en 1943, se ayudó a planificar el desembarco aliado en Sicilia.
Tras la guerra, el movimiento por la autonomía se aceleró. Malta alcanzó la independencia dentro de la Commonwealth en 1964 y se proclamó república en 1974; las últimas fuerzas militares británicas se retiraron en 1979. En 2004, el país ingresó en la Unión Europea, y en 2008 adoptó el euro. La Valeta, reconocida como Patrimonio Mundial por la Unesco en 1980, fue restaurada y revitalizada, con hitos como el nuevo Parlamento y la remodelación de la entrada a la ciudad diseñados por Renzo Piano. En 2018 fue Capital Europea de la Cultura. Hoy, aquella ciudad-fortaleza levantada tras el Gran Asedio sigue en pie, dorada y viva, como capital de una república mediterránea y como uno de los conjuntos barrocos mejor conservados del mundo.