Cuesta hacerse a la idea. Cuando en Egipto todavía faltaban siglos para que se levantara la primera pirámide, y mucho antes de que en la llanura de Salisbury alguien empezara a alzar Stonehenge, en una pequeña isla del centro del Mediterráneo ya había gente construyendo templos con bloques de piedra de veinte toneladas. Ħaġar Qim, cuyo nombre significa 'piedras de pie' en maltés, se edificó a partir del 3600 a.C., lo que lo convierte en uno de los edificios independientes de piedra más antiguos del mundo que siguen en pie.
Lo asombroso no es solo la edad, sino la ejecución. Los constructores de Ħaġar Qim no conocían el metal: trabajaban la roca con herramientas de piedra, hueso y madera. No tenían la rueda ni animales de tiro. Y sin embargo movieron y colocaron megalitos colosales —el mayor de Ħaġar Qim supera las veinte toneladas y mide varios metros— formando muros, fachadas y cámaras. Se cree que usaron rodillos, palancas, rampas y esferas de piedra para arrastrar y elevar las moles, en un esfuerzo comunitario que debió movilizar a toda la sociedad.
Ħaġar Qim no está solo. A quinientos metros, asomado al mar, se levanta su hermano Mnajdra, y en las islas maltesas hay una veintena de estos santuarios. Juntos forman los Templos Megalíticos de Malta, obra de una civilización singular que floreció durante más de mil años en este archipiélago y que, después, se apagó dejando estas piedras enormes de cara al Mediterráneo como único testimonio de su grandeza.
La historia humana de Malta empieza hacia el 5900 a.C., cuando un grupo de agricultores neolíticos cruzó el mar desde la cercana Sicilia y se instaló en las islas. Trajeron consigo semillas, ganado y el conocimiento de la agricultura, y colonizaron un territorio pequeño, árido y aislado. De aquellos primeros pobladores, que vivieron durante siglos en aldeas y cuevas como la de Għar Dalam, descienden los constructores de los templos.
Hacia el 4000 a.C., esa sociedad empezó a levantar sus primeros santuarios de piedra, y entre el 3600 y el 2500 a.C. desarrolló una auténtica 'cultura de los templos' sin igual en el Mediterráneo. Fue un fenómeno local y extraordinario: aislados en su archipiélago, los malteses prehistóricos concentraron una enorme energía colectiva en construir monumentos religiosos cada vez más grandes y elaborados, mientras seguían siendo un pueblo de campesinos que cultivaban trigo y cebada y criaban ovejas y cabras.
No sabemos cómo se llamaban a sí mismos ni qué lengua hablaban; no dejaron escritura. Pero sus templos, sus estatuillas y sus ajuares hablan de una sociedad organizada, capaz de planificar obras enormes, con una vida espiritual intensa y probablemente con una élite —sacerdotes o jefes— que coordinaba el esfuerzo. Ħaġar Qim y Mnajdra, en la costa sur, fueron dos de los grandes centros de culto de ese mundo, levantados y remodelados a lo largo de generaciones sobre un altozano que domina el mar y la islita de Filfla.
Los templos malteses siguen un mismo esquema, refinado con el tiempo. La planta parte de una fachada cóncava de grandes bloques, con una puerta central formada por dinteles, que da paso a un pasillo empedrado. A los lados se abren cámaras semicirculares —los ábsides— dispuestas en pares, de modo que el conjunto recuerda una hoja de trébol. En Ħaġar Qim, sucesivas ampliaciones dieron lugar a un plano complejo, con varias entradas y un laberinto de cámaras; conserva un célebre altar-pilar decorado con motivos vegetales y una pequeña abertura, la 'ventana oracular', por la que el sol entra en fechas señaladas.
Mnajdra, más abajo, es la joya astronómica. Su Templo Sur está orientado con tal precisión que, en los equinoccios de primavera y otoño, los primeros rayos del sol al amanecer atraviesan la puerta principal e iluminan el eje central del santuario hasta el fondo; y en los solsticios de verano e invierno, la luz cae exactamente sobre los bordes de dos grandes losas laterales. Es una especie de calendario de piedra, prueba de que estos constructores observaban el cielo con atención y sabían marcar el paso de las estaciones, algo vital para una sociedad agrícola.
Levantar todo esto exigió una organización notable. Los megalitos, extraídos de canteras cercanas, se transportaban con rodillos y esferas de piedra y se alzaban con rampas de tierra y palancas. Los interiores se cubrían quizá con techos de vigas y ramas, hoy desaparecidos. Que un pueblo del Neolítico, en una isla pequeña, alcanzara este dominio de la arquitectura y de la astronomía es lo que hace de Ħaġar Qim y Mnajdra un patrimonio único de la humanidad.
¿Qué se hacía dentro de estos templos? No hay textos que lo cuenten, pero los objetos hallados en Ħaġar Qim dan pistas elocuentes. Entre los muros aparecieron varias estatuillas de figuras femeninas de cuerpos exageradamente voluminosos, conocidas popularmente como las 'Fat Ladies' o 'Damas gordas'. Su abundancia de formas suele interpretarse como un símbolo de fertilidad, de la abundancia de las cosechas y de la fecundidad de la tierra y de las mujeres, en el corazón de la religión de aquella sociedad agrícola. De Ħaġar Qim procede también la delicada figura conocida como la 'Venus de Malta'.
En los templos se han encontrado altares, cuencos, cuchillos de pedernal y huesos de animales que sugieren sacrificios y ofrendas; canales para verter líquidos, y espacios reservados a los que quizá solo accedían ciertos oficiantes. La 'ventana oracular' y las alineaciones solares apuntan a ceremonias ligadas al ciclo del año. Todo dibuja un culto centrado en la vida, la muerte y la regeneración: la tierra que da fruto, el ganado que se multiplica, los muertos que vuelven a la madre.
Ese mundo espiritual tenía su contrapartida funeraria en lugares como el Hipogeo de Ħal Saflieni, un santuario subterráneo excavado en la roca donde se enterraron miles de personas y de donde procede la exquisita 'Dama Durmiente'. Los grandes tesoros de esta civilización —las 'Fat Ladies' de Ħaġar Qim, la Venus, la Dama Durmiente— se conservan hoy en el Museo Nacional de Arqueología de La Valeta; en el sitio se ven réplicas y el lugar exacto donde el pasado emergió de la tierra.
Hacia el 2500 a.C., después de más de mil años de esplendor, la civilización de los templos se apagó. Y lo hizo de forma sorprendentemente abrupta: se dejaron de construir y de usar los santuarios, la población pareció disminuir de golpe y la cultura que había levantado Ħaġar Qim y Mnajdra desapareció del registro arqueológico casi sin dejar transición. Es uno de los grandes enigmas de la prehistoria del Mediterráneo.
No hay una explicación única. Los especialistas barajan varias causas, probablemente combinadas: el agotamiento de una tierra frágil por la deforestación y el cultivo intensivo; sequías o cambios climáticos que arruinaron las cosechas; hambrunas y epidemias; conflictos internos por los recursos; o la llegada de gentes nuevas. Sea cual fuere el detonante, lo cierto es que la sociedad que había concentrado tanta energía en sus templos colapsó, y con ella se perdió el conocimiento que los había hecho posibles.
Malta no quedó vacía para siempre. Siglos después, hacia el 2400-2000 a.C., llegaron a las islas nuevos pobladores de la Edad del Bronce, gente muy distinta: guerrera, que trabajaba el metal, incineraba a sus muertos y levantaba poblados fortificados como el de Borġ in-Nadur. Esos recién llegados no entendían ya el sentido de los viejos templos; algunos, como Tarxien, los reutilizaron incluso como cementerios de cenizas. Las 'piedras de pie' de Ħaġar Qim quedaron entonces mudas, expuestas al sol y al viento, mientras la memoria de sus constructores se disolvía por completo.
Durante milenios, las piedras de Ħaġar Qim asomaron a medias entre la tierra del sur de Malta, conocidas por los campesinos pero sin que nadie comprendiera su antigüedad. Fue en el siglo XIX cuando el interés anticuario y luego la arqueología moderna pusieron el foco en ellas. En 1839 se emprendieron las primeras excavaciones, que sacaron a la luz los muros, los altares y las estatuillas, revelando que aquello no era una ruina cualquiera, sino un santuario prehistórico de importancia excepcional. A lo largo del siglo XX, arqueólogos como Themistocles Zammit estudiaron a fondo los templos malteses y establecieron su cronología.
El reconocimiento internacional llegó en 1980, cuando la Unesco inscribió Ħaġar Qim y sus vecinos en la lista del Patrimonio Mundial; en 1992 la declaración se amplió para abarcar el conjunto de los principales Templos Megalíticos de Malta. Con la fama llegó también la preocupación por la conservación: la caliza globigerina con que están hechos es blanda y, tras milenios a la intemperie, sufría una erosión y un descamado alarmantes. Por eso, en 2009 se completó la instalación de grandes carpas protectoras sobre Ħaġar Qim y Mnajdra, que resguardan las piedras de la lluvia, el sol y el viento.
Hoy, gestionados por Heritage Malta, los templos reciben a visitantes de todo el mundo, con un centro interpretativo, un audiovisual envolvente y visitas especiales al amanecer en los equinoccios y solsticios para ver en vivo el juego de la luz. Frente al Mediterráneo y a Filfla, Ħaġar Qim sigue en pie, más de cinco mil años después, como un mensaje mudo pero elocuente de aquel pueblo de agricultores que aprendió a mover montañas de piedra y a leer el cielo, y que luego se desvaneció en el misterio.