La historia de Gozo empieza mucho antes que la de casi cualquier otro lugar de Europa. Hace más de cinco mil quinientos años, cuando en Egipto todavía no se habían levantado las pirámides y faltaban siglos para Stonehenge, una misteriosa civilización neolítica erigió en una colina de Gozo, junto al actual pueblo de Xagħra, dos enormes templos de piedra: Ġgantija. Construidos entre aproximadamente 3600 y 3200 a.C., son las estructuras autoportantes más antiguas del mundo después de Göbekli Tepe, y los primeros de los Templos Megalíticos de Malta declarados Patrimonio Mundial de la Unesco, en 1980.
Los bloques que forman sus muros son colosales: algunos superan los cinco metros de alto y las cincuenta toneladas de peso, y fueron movidos y colocados sin metal, sin rueda y sin animales de tiro, por una sociedad de agricultores del Neolítico. La hazaña era tan inexplicable para los gozitanos de siglos posteriores que solo encontraron una explicación: los habían construido gigantes. De ahí el nombre, Ġgantija, 'la de los gigantes'. Una leyenda cuenta que fue una giganta, que se alimentaba de habas y miel, quien los alzó con un niño colgado del hombro.
La realidad es igual de fascinante. Aquella civilización de los templos, que floreció en Malta y Gozo durante más de un milenio, construyó una veintena de estos santuarios megalíticos, probablemente dedicados a un culto de la fertilidad y a una diosa madre, y luego desapareció de forma abrupta y todavía no del todo explicada hacia el 2500 a.C. Ġgantija es el testimonio más antiguo y espectacular de esa cultura perdida, y la prueba de que Gozo fue cuna de una de las primeras arquitecturas monumentales de la humanidad.
Tras el enigmático fin de la civilización de los templos, Gozo siguió habitada en la Edad del Bronce y entró de lleno en la historia con la llegada de los grandes navegantes del Mediterráneo. Los fenicios, hacia el siglo VIII a.C., colonizaron el archipiélago maltés, y tras ellos los cartagineses, herederos de su imperio comercial. Gozo, con sus fondeaderos y su posición estratégica en el centro del Mediterráneo, fue una escala más en las rutas que unían Oriente con Occidente.
Con la caída de Cartago, Malta y Gozo pasaron a Roma. Los romanos llamaron a la isla Gaulos o Gaudos (de donde derivaría, andando el tiempo, el nombre actual), y le concedieron cierta autonomía como municipio. De época romana quedan restos de villas, y sobre la colina de la actual Victoria se levantaba la acrópolis, germen de la futura Ciudadela. La tradición cristiana sitúa además en estas aguas el naufragio de san Pablo, en el año 60, que según los Hechos de los Apóstoles evangelizó a los malteses.
Gozo tiene también un lugar en la mitología griega más antigua. Muchos estudiosos, desde la Antigüedad, identificaron la isla con Ogigia, la morada de la ninfa Calipso en la Odisea de Homero: la isla donde la ninfa retuvo al héroe Ulises (Odiseo) durante siete años, enamorada de él, ofreciéndole incluso la inmortalidad. Sobre la playa de arena roja de Ramla Bay, una cueva se señala todavía hoy como la mítica Cueva de Calipso. Real o legendaria, esa asociación con Homero envuelve a Gozo en un aura poética que ha alimentado durante siglos la imaginación de los viajeros.
En el año 870, los árabes conquistaron Malta y Gozo, y su dominio, que se prolongó durante más de dos siglos, dejó una huella profundísima, sobre todo en la lengua: el maltés que se habla hoy es una lengua semítica derivada del árabe (con enorme influencia italiana posterior), caso único en Europa. El propio nombre maltés de Gozo, Għawdex, viene del árabe. Bajo los árabes se desarrollaron la agricultura de regadío, los cultivos y buena parte de la toponimia que aún perdura.
En 1127 los normandos, que ya dominaban Sicilia, incorporaron el archipiélago a su reino, y Gozo pasó luego, como Sicilia, por manos suabas, angevinas y aragonesas. Durante toda la Edad Media, la vida en la isla estuvo marcada por una amenaza constante: los ataques de piratas y corsarios berberiscos y otomanos, que asolaban el Mediterráneo capturando gente para venderla como esclava. Gozo, pequeña y expuesta, era un blanco fácil.
Frente a ese peligro, la vieja acrópolis de la colina de Rabat (la actual Victoria) se convirtió en la Ciudadela, el refugio fortificado de toda la isla. Durante siglos rigió una norma severa: cada atardecer, toda la población de Gozo estaba obligada por ley a retirarse a dormir dentro de las murallas de la Ciudadela, por seguridad, y no podía volver a sus campos y aldeas hasta el amanecer. La Ciudadela no era un lujo defensivo, sino la única garantía de supervivencia de una comunidad que vivía bajo la amenaza permanente del rapto y la esclavitud.
La peor pesadilla de Gozo se hizo realidad en julio de 1551. Aquel verano, una gran fuerza otomana al mando del almirante Sinan Pasha y del temible corsario Dragut (Turgut Reis), tras un intento fallido de tomar Malta, se abalanzó sobre la indefensa Gozo. La población entera, unas cinco mil a seis mil personas, se refugió como siempre dentro de las murallas de la Ciudadela, confiando en su protección.
Pero las defensas medievales de la Ciudadela ya no bastaban contra la artillería otomana. Tras un breve asedio, la fortaleza cayó con escasa resistencia. Lo que siguió fue una catástrofe que quedó grabada a fuego en la memoria colectiva de Gozo: los otomanos capturaron a prácticamente toda la población de la isla —hombres, mujeres y niños— y la embarcaron para venderla como esclava en los mercados de Trípoli y el norte de África. Solo un puñado de personas, unas trescientas, logró escapar descolgándose de noche por las murallas o escondiéndose. Gozo quedó, literalmente, despoblada de la noche a la mañana.
El cautiverio de 1551 fue uno de los mayores desastres de la historia de Malta y una herida que tardó generaciones en cicatrizar. La isla hubo de ser repoblada lentamente en las décadas siguientes con colonos traídos de Malta y Sicilia. El trauma llevó también a reforzar las defensas: los Caballeros de San Juan, que gobernaban el archipiélago desde 1530, reconstruyeron entre 1599 y 1603 los muros meridionales de la Ciudadela con las poderosas fortificaciones abaluartadas que hoy admiramos, para que una tragedia semejante no volviera a repetirse. Aquella catástrofe explica por qué, todavía hoy, la Ciudadela domina Gozo como su símbolo más cargado de historia.
Bajo el gobierno de los Caballeros de San Juan (1530-1798), Gozo se fue recuperando y repoblando. Se reforzó la Ciudadela, se levantaron torres costeras de vigilancia y baterías por toda la isla, y la vida rural volvió a florecer en torno a los pueblos y sus iglesias. Cuando en 1798 Napoleón expulsó a los Caballeros de Malta, los gozitanos, hartos enseguida del dominio francés, se sublevaron con notable rapidez y, con ayuda de una fuerza naval, expulsaron a la guarnición francesa de Gozo ya en 1798, antes incluso de que Malta se librara de los franceses. Durante un breve período, Gozo funcionó casi como un pequeño estado independiente bajo protección británica y del rey de Sicilia.
En 1800, todo el archipiélago pasó a la órbita del Imperio británico, que gobernaría Malta y Gozo durante más de siglo y medio. Bajo administración británica, la capital de Gozo, hasta entonces conocida simplemente como Rabat (palabra árabe para 'arrabal' o 'suburbio', la ciudad crecida a los pies de la Ciudadela), recibió un nuevo nombre. El 10 de junio de 1887, con motivo del Jubileo de Oro de la reina Victoria —sus cincuenta años de reinado— y a petición del obispo de Gozo, monseñor Pietro Pace, la ciudad fue elevada a la categoría de ciudad y rebautizada oficialmente Victoria, en honor a la soberana.
El nuevo nombre nunca terminó de calar del todo entre los gozitanos: muchos, sobre todo los mayores, siguen llamando a su capital Rabat, como siempre, y en la isla conviven los dos nombres con naturalidad. Esa doble denominación —Victoria para lo oficial, Rabat para el corazón— resume el carácter de Gozo: una isla profundamente apegada a sus tradiciones y a su identidad, que absorbe los cambios de imperio sin renunciar a lo suyo.
Malta obtuvo la independencia del Reino Unido en 1964, se convirtió en república en 1974 y hoy es miembro de la Unión Europea (desde 2004) y de la eurozona (desde 2008). En todo ese camino, Gozo mantuvo su personalidad propia y diferenciada. Mientras la isla principal se llenaba de turismo de masas, cemento y prisa, Gozo eligió —en parte por naturaleza, en parte por decisión— un ritmo más lento y una escala más humana.
La Gozo de hoy es un contraste deliberado con su hermana mayor: campos verdes con muretes de piedra seca, pueblos tradicionales dominados por iglesias monumentales, calas de agua turquesa, acantilados para el senderismo y una vida social que todavía gira en torno a la parroquia, la festa y la familia. La agricultura, la pesca y el vino conviven con un turismo más pausado y de calidad, que busca justamente esa autenticidad: casas de campo restauradas, agroturismo, buceo, caminatas. Los gozitanos tienen fama de cálidos, apegados a sus tradiciones y orgullosos de su isla.
De los templos de Ġgantija, cuna de una civilización de hace cinco mil años, a la Ciudadela que guardó a toda una población del cautiverio; del mito de Calipso al Jubileo de la reina Victoria; del cautiverio de 1551 a la calma verde de hoy: Gozo condensa, en un puñado de kilómetros, una historia larguísima y una identidad tenaz. Es la Malta más antigua y, a la vez, la más serena; la isla que, en el corazón del Mediterráneo, decidió no correr. Por eso muchos viajeros dicen que, de todo el archipiélago, Gozo es lo que más se les queda en el recuerdo.